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  Jadiya Una Noble Familia

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nadia hmaidi

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MensajeTema: Jadiya Una Noble Familia   Vie 25 Jun 2010 - 13:53



«¡No temas! Sin duda alguna Dios te protegerá y cuidará de ti. Pues te ocupas de tus parientes, ayudas a los débiles, y arropas a los necesitados. Eres siempre generoso con los huéspedes; buscas continuamente la Verdad, y te has dedicado por completo a los caminos virtuosos…»

Éstas son las palabras que Jadiya le dirigió a su marido Muhammad, el Mensajero de Dios, a su regreso a La Meca desde Hira —la cueva en la cima del monte en las cercanías de La Meca, lugar en donde recibió la primera revelación del Corán por medio del Arcángel Gabriel—. Se había apresurado hacia su querida esposa para recibir su consuelo después de la experiencia intensa de la primera visita por el Ángel de la Revelación.

Así pues, ¿quién era Jadiya, esa mujer que podía mostrar tal resuelto poder de convicción inmediatamente al oír estas nuevas? ¿Quién era esta persona que apoyaba y tranquilizaba al Profeta cuando él confió en ella, y le recordaba sus actos pasados como confirmación de que su conmovedora experiencia era verdaderamente de Dios, y a continuación recomendaba buscar el consejo del erudito, Waraqa ibn Nawfal, de modo que él pueda afirmar lo que ella le había dicho? ¿Cuáles fueron las fuentes de las que se nutría y tomaba consejo, y qué virtudes alcanzó por medio de la resolución?

La bendita Jadiya, que Dios esté complacido con ella, nació alrededor del año 556 d. de C., quince años antes de que Abraha, el soberano abisinio de Yemen, y su ejército atacaran la Kaba, un acontecimiento que es empleado como fecha clave en la historia árabe[1]. Su padre era Juwaylid ibn Asad, y su madre Fátima bint Zaida.

Juwaylid se hallaba entre los miembros más honrados de la tribu Quraish, y los habitantes de La Meca consultaban sus opiniones en relación con asuntos importantes. Junto con el abuelo del Profeta, Abdul Muttalib, fue uno de los miembros de la delegación enviada para prevenir un peligro que fue presentido desde Yemen.

Asimismo ella compartió linaje con Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él: Qusayy ibn Kilab vinculó el linaje cinco generaciones atrás. Se daba asimismo un vínculo similar por parte de su madre Fátima, con sus antepasados Luayy y Abdi Manaf que enlazaba a Jadiya con la familia de Muhammad.


El Matrimonio
Ella se había casado en dos ocasiones con anterioridad y desde entonces se había negado a todas las propuestas, ya que había alcanzado una edad madura, y no necesitaba la ayuda de nadie para valerse por sí misma. En términos de hoy en día, sería definida como una mujer de negocios a nivel internacional; había muchas personas que trabajaban para ella en naciones distintas, como los imperios bizantino y persa, así como en las regiones de Gassasina, Hira y Damasco.

Era una mujer adinerada; fue una mujer madura capaz, inteligente y atractiva, que todo el mundo tenía en alta estima. En aquellos días, no había nadie que no hubiese querido casarse con una persona así. Sólo Dios sabe cuántas personas llegaron ante su puerta con tales propuestas y cuántas veces ella cerró la puerta al matrimonio para nunca abrirla de nuevo.

De hecho, Amr ibn Hisham, que más tarde sería recordado como Abu Yahl («Padre de la Ignorancia»), fue uno de los hombres que le había propuesto en matrimonio a ella. Pero Jadiya también le había rechazado sin vacilar. De hecho, se dice que uno de los motivos por los que Abu Yahl posteriormente se opuso al Profeta fue que éste se casara con Jadiya. Cuando el matrimonio se celebró, Abu Yahl, lleno de odio y venganza, se diría a sí mismo, «¿No podría haber podido encontrar a ninguna otra persona que no sea el hijo adoptado de Abu Talib, el huérfano de los quraishíes?».

Pero esta vez, la situación era diferente. Jadiya, que no había pensado en matrimonio durante tanto tiempo, había tomado una decisión. Sin embargo, no sabía cómo iba a afrontar dicha cuestión.

Nafisa bint Munya, su amiga íntima, percibió en ella el cambio y un día le preguntó la razón: «¿Qué te ocurre? ¿Qué es lo que te abruma, Jadiya? Te conozco desde hace mucho tiempo, pero nunca te he visto así de preocupada».

Al principio, Jadiya tenía dudas en cuanto a si debería revelar sus pensamientos o no. Durante un tiempo se mantuvo en silencio. Sin embargo, no había manera de que su situación desembocara en algo bueno, a no ser que se diera el primer paso. Así que le dijo a su amiga lo que rondaba en su mente. En primer lugar, señaló lo siguiente:

«¡Oh Nafisa! No cabe duda de que veo una superioridad en Muhammad, hijo de Abd Allah, que no he visto antes. Él es honesto, digno de confianza, honorable y puro. Es la mejor persona con la que una podría esperar reunirse. Por encima de todo esto, existen buenas y sorprendentes noticias que le atañen. ¡Esta es una situación extraña! Mi corazón casi se detuvo cuando me enteré de lo que mi sirviente, Maysara, me dijo, cuando he escuchado lo que el sacerdote tenía que decir, y cuando me enteré de las nubes que lo siguieron a su regreso de Damasco. ¡Creo que no es otro que el esperado Profeta!».

Nafisa estaba todavía tratando de comprender la situación: «Sí, pero ¿qué tiene todo esto que ver con el hecho de que te halles en profunda reflexión día y noche?».

Jadiya se dio cuenta de que tenía que hablar más abiertamente. Se volvió a su amiga y le dijo: «Espero que nuestros caminos se encuentren a través del matrimonio, pero no sé cómo llevarlo a cabo».

Esta vez, el asunto fue entendido. Nafisa dijo, «Si me lo permites, voy a descubrir más acerca de la situación para ti».

Esta fue la respuesta que Jadiya había estado esperando. Encantada, le contestó, «¡Si puedes, Nafisa, hazlo de inmediato!».

Al poco tiempo, Nafisa la dejó para ir y encontrar la residencia de Muhammad. Después de un tiempo, se hallaba en presencia de Muhammad. En primer lugar, ella le saludó, y luego comenzó: «¡Oh Muhammad! ¿Qué te impide casarte? ¿Por qué no contraes matrimonio?».

Se trataba de una cuestión que no se esperaba. Él contestó, «No tengo los medios para casarme». Hizo referencia a los medios financieros necesarios para contraer matrimonio. Una persona que asumiría las responsabilidades del matrimonio debía tener los medios para mantener una familia.

Nafisa le dijo que esto no importaba. Mientras que cosas como el dinero y los bienes son productos básicos que podrían fácilmente perderse, cosas como el honor, la integridad, la fidelidad y el carácter no se pierden tan fácilmente.

Ya que la oportunidad se le había presentado, no quería perderla. Por lo tanto, añadió, «Supongamos que ya no fuera un problema para ti, y hubiera alguien que se te asemejara en bondad, la propiedad y honor, ¿le darías una respuesta favorable?».

Ella estaba señalando el hecho de que tal candidata existía, y él le preguntó: «¿Quién es esta persona?».

Nafisa respondió: «Jadiya». Era imposible que no supiera de ella. Había dirigido su caravana a Damasco y, después de haber llevado a cabo con éxito sus negocios, entregó de nuevo dicha caravana a su dueña hace sólo unos días. Sin embargo, el matrimonio no era tan fácil como hacer negocios. Y esa es la razón por la que preguntó «¿Cómo podría ser?».

Nafisa no se preocupaba acerca de cómo podría ser. Ella tan sólo quería una aceptación, y esta frase fue una señal de tal aceptación, por lo que tan pronto como oyó esto, respiro tranquila. Esta reacción fue esencialmente, «No hay ningún problema por mi parte, pero ¿cómo podría tener lugar este matrimonio?». A partir de este momento, todo sería más fácil para Nafisa. Así que ella le dijo: «Déjamelo a mí, yo me ocuparé de ello».

El silencio indicó su aceptación y Nafisa rápidamente se fue de su lado, queriendo dar la buena nueva a Jadiya por sí misma.

Como cabría esperar, en esa época no se trataba de una norma social muy extendida el que una mujer propusiera en matrimonio a un hombre. Normalmente, en estas circunstancias, eran los líderes de la tribu los que asumían la responsabilidad de crear el marco idóneo para los candidatos que desean contraer matrimonio y construir un hogar juntos.

Las nuevas que trajo Nafisa hicieron a Jadiya suspirar de alivio. Habiéndose enterado que consideraba la propuesta favorablemente, le envió un mensaje en relación con el siguiente paso: las condiciones del matrimonio. Ella escribió:

«¡Oh Muhammad! No cabe duda de que te estoy pidiendo que contraigas matrimonio conmigo debido a que compartimos linaje, tu incomparable posición en nuestra tribu, tu buena moralidad y lealtad, y tu honradez y honestidad. Comunica a los tuyos que intercedan para llevar a buen fin el asunto».

Es evidente que estas palabras expresaban su admiración de un modo sincero. Sin embargo, Muhammad no quiso pronunciarse sobre un asunto tan importante sin consultar a sus mayores. Después de recibir la propuesta, se marchó junto a su tío Abu Talib y le dijo lo que había dicho Nafisa y la propuesta que había seguido a sus palabras.

Sí, él valoraba enormemente a su sobrino, Muhammad, y no conocía a ningún otro con dicha valía. Sin embargo Jadiya tampoco era una mujer ante la que se pudiera ser indiferente. Ella había llevado una vida repleta de honor y dignidad. En términos de linaje y de honor, se hallaba entre las mejores. Percibió a su vez que su sobrino parecía favorable ante esto, y no veía ninguna razón para no dar permiso para seguir adelante.

El momento de la feliz unión que seguiría en los próximos años había llegado. Al poco tiempo, los hijos de Abdul Muttalib, a saber, Abu Talib, Abbas y Hamza, salieron a pedir oficialmente la mano de Jadiya en matrimonio. Aunque las partes habían dado el «sí», la ceremonia en sí era necesario que se celebrara entre las familias, y la unión tendría que ser anunciada públicamente. Abu Talib comenzó:

«Todas las alabanzas son para Dios Quien nos ha creado del linaje de Abraham y de Ismael. No cabe duda de que es Él Quien nos ha permitido servir a la humanidad, nos ha honrado y confiado con el privilegio de cuidar la Sagrada Casa, y nos ha permitido convertirnos en líderes de esta comunidad».

El estilo y el tono de este discurso indican la seriedad de la ceremonia, así como su sincero agradecimiento a Dios. Posteriormente, comunicó a la reunión familiar:

«Cuando se trata del hijo de mi hermano, Muhammad, hijo de Abd Allah, él se halla por encima de toda comparación. A pesar de que éste pueda no tener los medios financieros y bienes, está por encima de todos los demás en cuanto a honor, dignidad, valentía, coraje, inteligencia y virtud. La riqueza es una sombra que desaparece, se nos confía la misma durante un tiempo, mas no es eterna sino más bien una cosa caprichosa. Sin embargo, las nuevas de lo que está a punto de serle concedido a él sólo aumentará la admiración de los demás por su persona. Él os pide la mano de vuestra hija Jadiya. En cuanto a su dote, concede quinientos dirhams, la mitad por adelantado, y la otra mitad a entregar en una fecha posterior»[1].

En respuesta a la petición de la familia del novio, la familia de la novia tenía cosas que decir. Después de Abu Talib, el tío de Jadiya, Amr ibn Asad[2], se levantó y habló de las virtudes de Jadiya, porque en aquel entonces, el padre de Jadiya no estaba presente, su padre había muerto en las guerras Fiyar, y, al igual que el Profeta, había crecido huérfana. Esto es lo que dijo:

«Todas las alabanzas son para Dios Quien nos ha creado tal y como has mencionado, y nos ha dado preferencia sobre aquellos que has indicado, ya que nosotros, en verdad, somos los más destacados de los árabes, como lo sois vosotros. Nadie puede negar tu virtud entre los árabes. Contigo como mi testigo, Oh pueblo de Quraish, por el nombre honorable que ambos compartimos, yo desposo a Jadiya, hija de Juwaylid, con Muhammad, hijo de Abd Allah, y acepto la cantidad mencionada como la dote».

Abu Talib, como responsable de este deber, quería escuchar la aprobación de los otros parientes que estaban presentes. Por lo tanto, dijo, «también quiero que los otros tíos tomen parte en esto». Tras esto, uno de los tíos que se hallaba presente dijo:

«Oh Quraish, atestiguad, también, que desposamos a Muhammad, hijo de Abd Allah, con Jadiya, hija de Juwaylid», confirmando lo que se ha indicado anteriormente[3].

Las ceremonias adecuadas habían tenido lugar y había llegado el momento de la celebración. En poco tiempo, las ovejas y los camellos fueron sacrificados, y la celebración de la boda comenzó.

La rica y noble Jadiya era la mujer más feliz del mundo. Por mucho que trató de contenerse, su felicidad era evidente. Ella había abierto las puertas de par en par a todos sus amigos y familiares para celebrarlo. La casa de Jadiya resplandecía de alegría y felicidad por sus cuatro costados aquel día. Las panderetas se tocaban, y las mujeres bailaban entre sí con alegría.

Por supuesto, no sólo Abu Talib estaba feliz; los habitantes de La Meca habían aprobado el matrimonio de todo corazón y expresaron sus sentimientos con la poesía, afirmando cuán excelente casamiento había sido.

Sin embargo, la felicidad de ninguna persona se podría comparar con la de Jadiya. Había investigado la vida de su marido tan de cerca que invitó a su boda a su nodriza, Halima as-Sa’diya, por lo que la mujer pudo regocijarse en la felicidad del niño huérfano que una vez había criado.

Su júbilo no eclipsó su generosidad o dejó que olvidara su sentido del deber. Cuando ella salió por la mañana, Halima tenía consigo 40 ovejas otorgadas por Jadiya, en agradecimiento por amamantar en su día a Muhammad, hijo de Abd Allah.

Ese día, Muhammad tenía 25 años de edad. Este fue el comienzo de 25 años de sereno matrimonio, a pesar de las dificultades que tendrían que hacer frente juntos.

Después de permanecer en la casa de Abu Talib durante unos pocos días, se trasladaron a una casa comprada a Hakim ibn Hizam y vivieron allí una vida ejemplar durante 15 años, hasta que las Revelaciones empezaron.

Jadiya, a diferencia de otros adinerados, no dejó las labores domesticas en manos de sirvientes contratados. Por el contrario, prefirió atender personalmente las necesidades de su marido, y lo hizo diligentemente. Se hallaba tan dedicada a su felicidad que podía sentir la más mínima incomodidad por parte del Profeta y con entusiasmo trató de evitarlo.

[1] Según algunas fuentes, el Profeta también prometió 20 camellos, que es el equivalente a quinientos dirhams.

[2] En algunas narraciones, en lugar de su tío se registra que fue Waraqa ibn Nawfal.

[3] Yamani, Ibíd., 65.

Al mismo tiempo, el círculo familiar de Jadiya desempeñó un papel importante en su preparación para los días por venir. Merece la pena describir brevemente a aquellos más cercanos a su persona para entender el ambiente en el cual se crió.

Su tío, Amr ibn Asad, que asumió las obligaciones del padre de Jadiya después de que éste muriera en las guerras de Fiyar[2], era uno de los hombres más destacados de La Meca.

Su hermana, Hala, se casó con Rabi’ ibn Abdul Uzza y tuvieron un niño, Abu al-As, que fue conocido como «el digno de confianza». Después de recibir el consentimiento del Profeta, Jadiya casó a su hija Zaynab con este sobrino, conocido por su honradez.

Hakim ibn Hizam era otro sobrino de Jadiya. Hakim, conocido como el primer niño nacido en la Kaba, era un gran apoyo para su tía en sus asuntos comerciales. Hakim nació tres años antes del Año del Elefante, y fue también uno de los amigos íntimos de Muhammad antes de su Misión Profética. Él asumió el deber de ayudar a los peregrinos que venían a La Meca; este cargo fue transmitido por parte de su antepasado Qusayy.

Fue él quien compró a Zayd —quien llegaría a ser uno de los más grandes ayudantes del profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, en los primeros tiempos del Islam— en la Feria de Ukaz para Jadiya. (Zayd fue emancipado por el Profeta y éste se convirtió en su tutor). Hakim también llevó a cabo un gran esfuerzo en ayudar a la nueva comunidad musulmana a encontrar recursos durante los años del Boicot.

Después de la Batalla de Hunayn entre los creyentes y los politeístas quraishíes, el profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, concedió a Hakim doscientos camellos de los botines de guerra después de la victoria musulmana, pues deseó ganarse el corazón de esta persona de gran valía. Años más tarde, cuando él se hizo musulmán después de que La Meca fuera conquistada, el Profeta lo felicitó diciéndole, «En verdad, te hiciste musulmán con tus buenos actos anteriores» refiriéndose a su beneficencia anterior[3].

Dar‘un-Nadwa («Casa de Nadwa») era un lugar de reuniones donde las decisiones importantes fueron tomadas. Fue heredada por Hakim, quien la vendió a Muawiya, donando todos los ingresos para la causa de Dios. Murió 54 años después de la Hégira (la emigración del profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, y de sus seguidores a la ciudad de Medina en 622 d. de C.)[4]

Hakim ibn Hizam era comerciante. Cuando entraba en La Meca el profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, lo incluyó en sus saludos, y declaró que era seguro buscar refugio en la residencia de Hakim ibn Hizam. Hakim demostró una gran abnegación al compensar el tiempo durante el cual no había aceptado el Islam aun cuando éste había estado tan cerca. En una ocasión, decidió llevar a cabo la peregrinación mayor, el Hayy, y antes de partir, donó 100 camellos y 1.000 ovejas, y liberó 100 esclavos. Después de hacer una promesa a Dios y al Profeta en el día de Hunayn, no solicitó jamás nada de ninguna persona ni aceptó incluso aquello que era legítimamente suyo después de la guerra. Tenía 120 años cuando falleció; había vivido 60 años en la Época de la Ignorancia anterior al Islam, y otros 60 años como musulmán.

Waraqa ibn Nawfal era un primo de Jadiya y, durante su juventud, su fuente más importante de información. Él había llegado a alcanzar suficiente conocimiento como para leer y entender la Tora y el Evangelio en hebreo, y buscaba el camino verdadero, puesto que abominaba la adoración de los ídolos. Su búsqueda le condujo a la información sobre la venida del Último Profeta, y comenzó a esperar con anhelo.

Él solía narrarle a su prima Jadiya sus experiencias y así la preparaba para los días futuros. Es debido a esto que ella solía transmitirle cualquier información nueva, y él la interpretaría y explicaría de una forma que ella pudiera entender.

En esos días, la poesía era una importante herramienta comunicativa y Waraqa, de vez en cuando, expresaría sus intenciones con poesía. Un día, cuando Jadiya le había visitado para hacerle algunas preguntas, sus versos transmitieron cosas maravillosas. Aunque había afirmado que el futuro se hallaba oculto para él, sabía que el Arcángel Gabriel traería la revelación a alguien llamado Ahmad (el Corán también hace referencia a Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, como Ahmad, significando «más loable»[5]), que sería designado como Profeta, enviado con el mensaje de Dios de la salvación para la humanidad.

Años más tarde, preguntaron al profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, acerca de Waraqa ibn Nawfal, que estudió las escrituras y rechazó el politeísmo de La Meca en el período pre-islámico. Jadiya, que estaba presente, dijo: «No hay duda que él dio testimonio de ti, aunque murió antes de que tu Misión Profética fuera declarada». A esto, el Profeta agregó lo siguiente sobre él: «Estoy seguro de que lo vi envuelto en blanco. Si hubiera sido uno de los habitantes del Infierno, lo habría visto con otra ropa»[6].

Otro día, después de que oyera a alguien hablar acerca de él, el Profeta dio las buenas nuevas de que Waraqa se hallaba en los Cielos (lo cual le había sido mostrado)[7].

Un día, Waraqa se acercó a Bilal, esclavo que creía en el Profeta, mientras lo torturaban horrendamente para que abandonara su religión. Contemplando esta persecución insoportable y esta crueldad terrible de los quraishíes hacia Bilal, él dijo: «¡Uno! ¡Uno! (Refiriéndose a Dios.) Juro por Dios que si le matan hoy, en verdad lo consideraré una gracia»[8].

Debido a éstas y otras declaraciones que el Profeta realizó sobre su persona, algunos eruditos afirman que Waraqa ibn Nawfal fue musulmán y lo incluyen junto a los Compañeros. Puesto que murió justo después de que la primera revelación le fuese revelada a Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, marchó al otro mundo sin la oportunidad de tomar parte en la vida y misión del Último Profeta.

Zubayr ibn Awwam, que llegaría a ser célebre como apóstol del Profeta, fue otro de los sobrinos de Jadiya. Al mismo tiempo, la madre de Zubayr, Safiyya, era la tía por parte paterna de Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él.

Zubayr llegó a ser musulmán a la edad de doce años y emigró en primer lugar a Abisinia (la actual Etiopía) y a continuación a Medina. Zubayr fue el primer musulmán en empuñar su espada valientemente en defensa contra la violencia de los incrédulos. El profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, dijo que en el día de la Batalla de Badr, los ángeles descendieron a imagen y semejanza de Zubayr[9]. Asimismo, el Mensajero de Dios afirmó en la Campaña de Qurayza que, «cada Profeta tiene un apóstol, y mi apóstol es Zubayr»[10]. Él fue uno de los diez Compañeros que fueron bendecidos con las buenas nuevas del Paraíso mientras todavía se hallaban con vida. Durante la época posterior a la muerte del Profeta, pasó a ser un dirigente de la comunidad musulmana, siendo uno de los seis miembros del comité que ‘Umar constituyó, y desempeñó un papel predominante en la elección del siguiente Califa.

[1] Dado que los invasores habían traído consigo algunos elefantes, el año de su campaña llegó a ser conocido como el «Año del Elefante», que coincide con el año 571 d. de C. y también es el año del nacimiento de Muhammad, el futuro Profeta, la paz y las bendiciones sean con él.

[2] Las guerras de Fiyar son una serie de batallas entabladas entre las tribus Quraish y Hawazin aproximadamente entre 580-590 d. de C.

[3] Bujari, Sahih Bujari, 2/521 (1369).

[4] Ibn Azir, Usd‘ul Gaba, 2/58.

[5] As-Saff, 61:6.

[6] Tirmizi, Sunan, 4/540 (2288).

[7] Ibn Azir, Usd‘ul Gaba, 5/417.

[8] Zahabi, Siyaru A’lami’n-Nubala, 1/129.

[9] Ibn Azir, Usd‘ul Gaba, 2/308.

[10] Bujari, ibíd., 3/1047 (2692); Muslim, Sahih Muslim, 4/1879 (2425).



La Hermana de la Casa Sagrada


La casa del abuelo de Jadiya, Asad ibn Abdul Uzza, se hallaba aproximadamente a 3 metros al oeste de la Kaba, la Casa Sagrada . Al amanecer, su casa se hallaba a la sombra de la Casa Sagrada, y por la tarde, en la puesta de sol, la Casa Sagrada se encontraba a la sombra de su casa. Es debido a esta proximidad que su hogar era conocido como la «Hermana de la Casa Sagrada».

De hecho, una rama de uno de los árboles del jardín de esta casa se había extendido hacia la Casa Sagrada, y aquellos que venían a circunvalar se hallaban con problemas ante la rama que llegaba hasta allí. ‘Umar finalmente cortó este árbol, ofreciendo una vaca como indemnización, y asimismo sugirió una solución final al problema comprando el terreno e incluyéndolo en el Haram, el Recinto Sagrado.

Antes de su matrimonio con el profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, Jadiya residió en la zona de Achyad, un lugar también conocido como «la Montaña del Castillo». Más tarde, ella ofrecería esta casa como presente a su hija Zaynab cuando se casó con Abu al-As. Y Umama, quien sería esposa de ‘Ali después de la muerte de Fátima, nació en esta casa. Después de la emigración de Abu al-As a Medina, esta casa sería confiscada por sus primos, tal y como todos los otros Emigrantes perdieron sus propiedades en La Meca, y el legado de la casa llegaría a su término.

Tras su matrimonio con el Profeta, Jadiya se mudó a la casa que compraron a Hakim ibn Hizam, y sus hijos nacerían en esta residencia. Tras la Emigración, esta casa sería vendida por uno de los hijos de Abu Talib, Uqayl, y el hogar que fue testigo de numerosas revelaciones y fue la residencia en la cual se convocó a la gente al Islam durante trece años cayó así en manos de otros. De hecho, antes de la Emigración, esta casa se había convertido en un lugar al cual vino con frecuencia toda clase de gente, no sólo los musulmanes. Por ejemplo, algunas personalidades importantes de La Meca, como Abu Yahl, Abu Sufyan y Ajnas ibn Shariq, visitaban en secreto las inmediaciones de esta casa y escucharían la recitación del Corán[1].

[1] Abduh Yamani, Umm al-Mu’minin Jadiya bint Juwaylid Sayyidatun fi Qalb al-Mustafa, pág. 37.



Las Buenas Nuevas


En la época en que Jadiya nació, Hijaz se hallaba viviendo, en todos los sentidos, una época de ignorancia. Sin embargo, seguía siendo posible encontrar rosas en medio de tal ciénaga, personas incólumes ante la suciedad y la inmundicia de la ignorancia. Gente como Wa ra qa ibn Naw fal, Ubaydullah ibn Yahsh, Quss ibn Saida, Aksam ibn Sayfi, Zuhayr ibn Abi Sulma, 'Uzman ibn al-Huwayriz y Zayd ibn 'Amr se hallaban entre esta pequeña minoría; buscaron la verdad intentando seguir los fundamentos del camino de Abraham, esperando atraer la curiosidad de otras personas a estos principios y valores.

De hecho, los hogares de esta gente, que habían alcanzado el más elevado grado de conocimiento verdadero disponible en aquellos tiempos, se convirtieron en centros que atraían a otros que, como ellos, buscaban la verdad. De vez en cuando, ofrecieron consejo a las personas, y en otras ocasiones emplearon el poder de la poesía para expresar mensajes duraderos.

En suma, Jadiya fue una de esas pocas personas que no fue afectada por la sordidez y la inmundicia de esa Época de la Ignorancia. A su vez confió en Waraqa, el cual no era sólo un pariente cercano sino también una fuente importante del conocimiento que solucionó todos sus problemas.

Ella había llevado siempre una vida honrada e integra. Su castidad, dignidad, y elegancia eran virtudes ampliamente conocidas y tratadas. Esta es la razón por la cual solían llamarle Tahira, que significa «pura», incluso en aquellos días en los que los valores más elevados se habían perdido. Entre las mujeres de la tribu del Quraish fue llamada Sayyida, una forma respetuosa que significa «una gran señora». También la conocían como Yayyida, refiriéndose a su ingenio agudo al comprender las cosas con profunda penetración y rápida comprensión.

La Casa Sagrada era un lugar sagrado con anterioridad al Islam; debido a que los ritos de peregrinación habían sido alterados, la gente venía en peregrinaje a la misma para circunvalarla desnudos. Ya que el politeísmo se expandió por toda Arabia, le fue asignada santidad colocando en ella los ídolos, cada uno representando una tribu. Mantener el lugar sagrado y cuidar de las necesidades de los peregrinos que vinieron a la Casa Sagrada eran motivo de orgullo en esos días como lo es hoy en día; y este deber importante pasaría como legado de generación a la generación, de modo que los Guardianes eran altamente estimados. Qusayy ibn Kilab, que formaba parte del linaje del profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, y era pariente de Jadiya de la cuarta generación, fue una de las excepcionales personas que ocupó un lugar destacado en el desempeño de este deber prestigioso.

De este modo, Jadiya fue criada en este ambiente, donde las tradiciones Abrahamicas fueron continuadas y las conversaciones de naturaleza religiosa siempre acontecían, impregnándose de todas éstas. En concreto Waraqa, respetado ampliamente por su piedad, se hallaba muy bien informado sobre las creencias judías y cristianas y hablaba de un Profeta que todavía se hallaba por venir. Tal y como él sabía, cada Profeta que había surgido con anterioridad dio las buenas nuevas de la llegada de este Profeta. La Tora y el Evangelio también hicieron mención de él.

En realidad, esta llegada largamente esperada era el asunto más hablado no sólo de Waraqa sino también de todo Hiyaz[1], e incluso de la Península Arábiga al completo. La mayoría de los árabes parecían competir por ver quién podría hablar más de él, y discutían acerca de las descripciones de su persona o de sus cualidades, como si aguardaran el nacimiento de su propio hijo. Hablaron del ambiente en el cual él emergería y de todas las señales que auguraban su venida.

Jadiya, había escuchado a su vez las buenas nuevas y esperaba la llegada de este Profeta con fe genuina. Todas las conversaciones alrededor suyo acerca de él se repetían en sus oídos, y debe haber sentido su presencia que se acerca como un sueño evasivo, como si escuchara de ellos hablar de cada uno de sus aspectos, desde su altura a su voz, desde sus hábitos a su nobleza.

Los eruditos y estudiosos trataron acerca de las predicciones del advenimiento del Profeta Esperado. Y las señales comenzaron, una por una, a resultar ciertas. Era posible sentir la luz del «Profeta Predicho» por todas partes. A lo largo y ancho de la región parecía haber un creciente ambiente de preparación para la celebración que estaba a punto de acontecer.

[1] Hiyaz es la región noroeste de la Península Arábiga que incluye las tierras santas de La Meca y Medina.



Hijos de Tahira


escrito por Reşit Haylamaz

Cuando alcanzó la mayoría de edad, Jadiya pasó a ser una muchacha casadera con la que numerosos jóvenes nobles deseaban contraer matrimonio. En verdad ¿quién no desearía casarse con alguien como ella? Con respecto a su ascendencia, procedía de un clan noble y honrado y en cuanto a su estatus social, pertenecía a una familia acomodada y respetada. Ella era también atractiva e inteligente, y su comportamiento demostró madurez y ponderación. Su primer marido fue Abu Hala Hind ibn Zara. Sin embargo, esta unión se interrumpió ya que Abu Hala murió, dejando a Jadiya una gran fortuna. Como fruto de su unión tuvieron dos hijos llamados Hind y Hala.

Su hijo Hind permaneció al lado de su madre todo el tiempo, incluso cuando ella se casó con el profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él. Así pues, fue criado bajo la guía del profeta Muhammad y le fue otorgado el sobrenombre de, Rabib ar-Rasullilah («Instruido por el Profeta»).

Hind combatió en las batallas de Uhud y Badr junto al Profeta. Después de la muerte del Profeta, se halló también entre las filas del cuarto Califa Ali ibn Abi Talib en la Batalla del Yamal, siendo finalmente martirizado en su lucha por la restauración de la justicia.

Hind, que tuvo una vida ejemplar en cada aspecto, preservó y transmitió memorias preciadas: recordó y describió con detalle el aspecto físico del Profeta, su moralidad ejemplar, y su comportamiento hacia Hasan, el hijo de su hermana Fátima, cuando Hasan deseó oír hablar acerca de su abuelo, el Profeta[1]. De hecho, ya que Hind había convivido con el Profeta, no tenía ningún problema en describirle ya fuera con anterioridad a su muerte, o tiempo después, mientras que a la gente le fue imposible mirar directamente a Muhammad debido a su santidad y grandeza.

Tras la muerte de Abu Hala, Jadiya se casó con Atiq ibn Ayiz, del linaje de los Banu Majzum. Sin embargo, esa unión, tampoco estuvo destinada a durar demasiado. Atiq ibn Ayiz murió poco después, dejando tras de sí una hija llamada Hind fruto de su unión con Jadiya.

Hind fue confiada a Jadiya, y de este modo permaneció con su madre hasta su mayoría de edad, cuando se casó con Safiyy ibn Umayya, de la familia Banu Majzum. De esta unión, Jadiya tendría un nieto llamado Muhammad. A partir de entonces, recordarían a Muhammad, hijo de Hind, y a sus descendientes como los «Hijos de Tahira(la Pura)».

[1] Ibn Azir, ibíd., 5/390; Ibn Jayar, Isaba, 6/557.



Guía Divina

Los sueños son una fuente importante de información que honra el hogar de la Misión Profética. Habitualmente, son un medio para la revelación y una de las formas de la guía Divina. Según la bendita ‘Aisha, los sueños del profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, eran tan claros como la luz de la mañana, y ocurrirían de una manera que no dejaban lugar a la interpretación.

Se puede deducir que esto es también válido para todos los habitantes del hogar de un Profeta, de acuerdo con su rol y posición excelsos. Con la intención de conceder alimento espiritual a aquellos que se hallarían cerca del Profeta venidero, Dios los preparaba para todo lo que estaba por venir. Incluso antes de que sus caminos se cruzaran, Jadiya tenía sueños en los que podía apreciar las señales del Profeta que se hallaba a punto de ser designado.

En una ocasión, vio una luz poderosa, como la de la Luna o el Sol, entrar en su casa y en su pecho, irradiando hacia fuera e iluminando el Universo entero.

Ella despertó temerosa y nerviosa. Creyó que debía tener un significado porque algo como la «coincidencia» no se daba en este mundo. Se dirigió a su mentor y confidente espiritual, su primo, a narrarle del sueño.

Waraqa, en aquel entonces ya anciano, sabía que ocurría algo tan pronto como Jadiya llegó ante él; y cuando él oyó lo que ella le dijo, quedó estupefacto. Naturalmente sus comentarios y pensamientos no fueron diferentes de lo que él había afirmado antes, porque era uno de esos seres únicos que podían contemplar la dimensión metafísica de los acontecimientos. Dijo con gran emoción:

«¡Buenas nuevas, Oh prima! ¡Buenas nuevas para ti! Este sueño es indudablemente un regalo de la generosidad de Dios para ti. Pronto Dios concederá a tu hogar la Luz Divina. Por supuesto, Dios es Quien sabe mejor, pero pienso que puede ser la luz del Profeta»[1].

Aunque le había agradado mucho la interpretación, ella sabía que no podría quedar satisfecha con esto; deseaba oír más. Se quedó parada allí durante algún tiempo. Waraqa, viéndola en este estado, decidió explicar su predicción, y realizó la siguiente declaración asombrosa:

«El Último Profeta ha llegado al mundo. Pasarás a ser su familia. Durante tu vida, él recibirá la Revelación Divina, y su religión va a abarcar el Universo entero. Serás la primera de sus creyentes. Este Profeta surgirá entre los quraishíes, de la familia de Hashim».

Su predicción, tan inequívoca y específica, demostraría ser acertada. Ninguna duda se percibe en las palabras de Waraqa. No sólo estaba seguro de la llegada del Profeta, también era consciente del hecho de que iba a casarse con Jadiya. A través de él, la última religión sería presentada a la humanidad, abarcando el Universo entero. Incluso vio que este Profeta surgiría de entre los quraishíes y el linaje de Hashim. Parece claro que, al mismo tiempo que él interpretaba el sueño, Waraqa percibió la realidad de los acontecimientos que iban a acontecer uno tras otro.

Por descontado que Jadiya tuvo muchos otros sueños también. Asimismo, ese mismo día, además de su sueño y de la interpretación de Waraqa, otros imprevistos y extraordinarios acontecimientos ocurrieron a su vez en otros lugares de La Meca e Hiyaz, como ella pronto descubriría.

En la mañana de una festividad, las señoras de La Meca estaban sentadas juntas en celebración. Jadiya había concluido su circunvalación de la Kaba y probablemente rezaba para que su sueño se hiciera realidad. Después de la circunvalación, se incorporó junto a las mujeres que estaban sentadas. Poco después, un hombre desconocido apareció[2]. Cuando se acercó, alzó su voz diciendo: «¡Oh mujeres de La Meca!».

Desde luego que todos los rostros se giraron hacia el lugar donde la voz procedía. Se preguntaban qué era aquello que este forastero tenía que decir. Y, en cualquier caso, ¿por qué se había acercado a las mujeres y había hablado con ellas precisamente?

En el momento en que estas cuestiones surgían en sus mentes, él continuó con excitación: «No hay duda de que un Mensajero surgirá en vuestra tierra. Su nombre es Ahmad. Quien tenga la posibilidad de casarse con él debería decirle «sí» a él sin pensárselo dos veces»[3].

La mayoría de las mujeres que lo escucharon pensaron que el hombre deliraba. Por lo tanto, continuaron con lo que estaban haciendo, diciéndole que «dejara de decir tonterías», y otras le arrojaron piedras, llamándolo «loco»[4].

Pero aquella a la que estas palabras iban dirigidas, Jadiya, fue la única que las tomó en serio. Cada día que pasaba las partes se unían y se formaba el fondo sobre el cual surgiría la gran imagen.

Como puede verse, el destino había preparado un camino para Jadiya, y ella estaba caminando este camino, paso a paso, con santas bendiciones. Todo apuntaba a su venida. El momento en el que se unirían sus caminos estaba a punto de cumplirse. Tal y como el Profeta dijo una vez, las personas son similares a una mina que aún no se ha descubierto; si tienen valor, finalmente serán descubiertos, otorgándoles la valía que merecen. Al mismo tiempo, las almas que son compatibles se atraerán entre sí y se encontrarán en un terreno común.

Pero, en realidad, no era necesario siquiera pensar en ello, sólo había un puñado de personas buenas y decentes en aquellos tiempos cuando la humanidad estaba moralmente en bancarrota. Así que ella no tenía muchos problemas para encontrar la dirección correcta. En La Meca de su tiempo, hubo sólo una persona que coincidía con todas las descripciones que había escuchado, y la semejanza entre él y el esperado fue sorprendente. La cualidad más importante en esa comunidad fue la veracidad, y el más perfecto ejemplo de esta cualidad sólo pudo ser encontrado en Muhammad «el Digno de Confianza», hijo de Abd Allah. Jadiya comenzó a examinar cada paso suyo, descubriendo todo lo que pudiera sobre él y su vida.

[1] Abduh Yamani, Umm al-Mu’minin Jadiya bint Juwaylid Sayyidatun fi Qalb al-Mustafa, pág. 37.

[2] Véase Yamani, Ibíd., 27. En algunas narraciones, se informa de que se trataba de un erudito judío de la Tora.

[3] Ibn Jayar, Isaba, 7/601.

[4] Zurqani, Sharhu’l-Mawahib, 1/200.

Un Paso más Cerca


Jadiya no tuvo parangón en cuanto a su riqueza y fue un tesoro único en relación con su honor y nobleza. Durante los meses del verano y el invierno dirigía las caravanas a Damasco y Yemen, llevando a cabo negocios con personas en las que confiaba. En aquellos tiempos de ignorancia, cuando las mujeres eran subestimadas y despreciadas, tuvo un gran valor para una mujer el hecho que organizara las caravanas y llevara a cabo transacciones comerciales internacionales, ya que no era una tarea fácil. Fue a través de este negocio que ella tuvo la oportunidad de conocer en persona al Último Profeta, cuya imagen ya se había formado en su mente.

Fue en busca de personal al que contratar para la caravana a Damasco, y también a alguien de confianza que pudiera hacer negocios en su nombre. Con este fin, envió a sus hombres para comenzar la búsqueda. Ella elegiría entre los candidatos y, a continuación, realizaría su negocio como hacía antes.

Abu Talib fue uno de los que escucharon este anuncio. De este modo, los acontecimientos que llevaron al encuentro se habían puesto en marcha. Abu Talib llegó ante su sobrino para exponerle esta oportunidad:

«¡Oh, hijo de mi hermano! Soy un hombre al que no le queda ninguna propiedad. Como has atestiguado, el tiempo se ha puesto en nuestra contra, y estos años no han sido prósperos. No tenemos ni propiedad ni negocios. Pero hay una caravana dispuesta a ir a Damasco, y Jadiya está buscando hombres que puedan llevar a cabo negocios. No tengo elección, por mucho que no quiera que te dirijas a Damasco, no sea que alguien pueda hacerte daño. Si te presentas ante ella, estoy seguro de que te elegiría debido a tu impecable buen carácter». Abu Talib no quería que fuese a Damasco porque en su primer viaje a esta ciudad con su sobrino, tras la advertencia de un monje, habían regresado a La Meca por miedo a que la gente de allí se enterase de los signos de la Misión Profética que se manifiestan en Muhammad y por ello le dañasen.

Para Abu Talib fue fácil decir esto, pero llevarlo a la práctica resultó un poco más difícil. Es por ello que no podía dejarse al azar. Con este fin, Atika bint Abdul Muttalib, la tía del profeta Muhammad, entró en escena, indicando que no debería tener que explicarse a sí mismo. Su tía, de hecho, estaba casada con el hermano de Jadiya (que también era el padre de Zubayr ibn al-Awwam), Awwam ibn Juwaylid. Ella se encontraba en una situación en la que conocía ambas partes y quería ser una guía para llevar el asunto a buen fin.

Así, la mayor parte de la tarea recaía sobre Abu Talib. Pero antes de que él pudiera ponerse manos a la obra en este asunto, necesitaba la aprobación de Muhammad «el Digno de Confianza», que dio su consentimiento. Abu Talib fue a ver Jadiya tan pronto como obtuvo la autorización. A su juicio, necesitaba hablarle acerca de su sobrino personalmente. Él era la persona de más confianza en La Meca. Por lo tanto, piensa, esto debe tenerse en cuenta a la hora de contratarle, y su salario debía ser diferente al de los demás. Él sabía cuánto pagaba Jadiya por este tipo de trabajo, e iba a solicitar el doble de lo que normalmente se pagaba por lo mismo.

En poco tiempo, Abu Talib se halló en presencia de Jadiya. Tras los habituales saludos de cortesía, sacó a relucir el tema de las caravanas y comenzó a hablar de las virtudes de su sobrino, Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él.

¡Qué bendición fue ello! Jadiya experimentó la emoción de una persona que encuentra lo que está buscando justo ante sí. Sintió esta felicidad en su alma y sabía que, incluso antes de que la caravana partiera en su camino, ella ya había ganado el mayor premio. Estaba aturdida por la alegría porque el momento que había estado esperando toda su vida estaba a punto de ocurrir. Fue sorprendida en dichos pensamientos cuando las palabras de Abu Talib resonaron diciendo: «¡Oh Jadiya! He recibido noticia de que por este trabajo, vas a dar dos camellos como salario. Mi sobrino es Muhammad «el Digno de Confianza», y te pido el doble para él».

Durante un tiempo, ella consideró esta propuesta. ¡Podría darse negociación alguna para obtener tal ganancia! ¡Cómo se puede hablar de camellos cuando las puertas de la felicidad en este mundo y el próximo están abiertas! Así que respondió: «¡Oh Abu Talib! En verdad pides una factible y grata cantidad. Incluso si hubieras pedido mucho más que eso, juro que lo habría concedido también»[1].

Ella destinó al mejor de sus sirvientes, Maysara, para acompañar a Muhammad en el viaje. Advirtió en repetidas ocasiones a Maysara, y obtuvo garantías de que haría todo lo que le dijera. Él estaría a su servicio e informaría de todo a Jadiya sin falta. Sabía que debería tomar ventaja de estar tan cerca de Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, y por lo tanto, le dijo a Maysara repetidamente la importancia de su papel, haciéndole prometer que iba a informar a ella de todo lo que atestiguara, sin omitir ni un solo detalle.

[1] Zuhri, Tabaqat al-Kubra, 1/156; Isbahani, Dalail an-Nubuwwa, 1/178.

Viaje a Damasco

Por fin, las caravanas comenzaron su viaje, que duraría tres meses. Durante este viaje, sus integrantes se conocieron entre sí y tuvieron la oportunidad de conocer al «Más Digno de Confianza» más de cerca. Después de un largo y arduo viaje, finalmente llegaron a Damasco. Todo el mundo estaba en el bazar y las tiendas, ansiosos de vender lo que habían traído y comprar nuevas mercancías.

En cierto momento, Maysara vislumbró una acalorada charla entre Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, y otra persona. Tenía que saber lo que estaba sucediendo ya que habría de informar a Jadiya a su regreso. Cuando llegó hasta ellos, se dio cuenta de que se trataba de una cuestión de negocios. El hombre estaba solicitando a Muhammad que jurara por los más importantes ídolos de esa época, Lat y Uzza. Pero, ¿cómo podía jurar por estos desdichados ídolos hechos por el hombre, ídolos que había rechazado toda su vida? Por supuesto, el futuro Profeta se oponía a esa petición, diciendo: «Yo nunca juraré por sus nombres, ya que no hay nada que me parezca tan desagradable como esto».

Maysara no interfirió en absoluto. Estaba feliz por haber sido testigo de otra cosa que podría informar a su señora. El hombre, que vio la determinación de Muhammad, cambió su opinión acerca de jurar sobre los nombres de Lat y Uzza, finalizando el negocio en los términos propuestos por Muhammad, la paz y las bendiciones con él[1].

El hombre entonces se acercó furtivamente hasta Maysara, después de que Muhammad, la paz y las bendiciones con él, se marchara, y le preguntó por este hombre que no quería jurar sobre los nombres de Lat y Uzza. Preguntó con excitación, «¿Lo conoces? ¿Quién es este hombre?».

Entonces, incluso antes de que Maysara tuviera la oportunidad de responder, expresó su opinión indicando: «No le abandones, sin duda, él es el Profeta»[2].

Por último, sus actividades comerciales en Damasco llegaron a su fin, y se pusieron en camino de regreso. Se había vendido la mercancía que habían traído con ellos, y después de haber completado su comercio, se dirigían a La Meca. Se detuvieron cuando se hizo demasiado difícil caminar. Cada uno encontró un rincón para sentarse, haciendo sus cuentas y tratando de relajarse. Muhammad, la paz y las bendiciones con él, fue a sentarse bajo la sombra de un viejo árbol.

Al poco tiempo, Maysara vio a alguien corriendo hacia ellos en la distancia. Este no fue otro que un famoso monje cristiano, que les estaba observando desde lejos. Llegó hasta Maysara sin aliento y preguntó: «¿Quién es aquel que se refresca bajo ese árbol?».

Para Maysara se trataba de una pregunta fácil de responder. Sin vacilar respondió: «Aquel es Muhammad, hijo de Abd Allah. Él es un joven de la familia de Hashim».

En un primer momento, el hombre sacudió la cabeza, como si no estuviera satisfecho con la respuesta y el estilo. Empezó a parecer que su pregunta había sido retórica. Su conducta mostró la respuesta, «No lo sabes», y dijo de manera categórica a Maysara: «¡Juro que ningún otro sino un Profeta está sentado debajo de ese árbol!»[3].

Él siguió preguntando a Maysara sobre las señales más comunes, y cuando recibió respuestas positivas a sus preguntas, dijo confiadamente: «No hay duda de que él es el Profeta que espera esta nación. Y él es el último de todos los Profetas»[4].

El sacerdote, sin embargo, no podía abandonar el lugar. Era obvio que después de haber comprobado que aquello que estaba buscando se hallaba cercano, quería obtener más información sobre él. Esa es la razón por la cual continuó preguntando a Maysara sobre el futuro Profeta que descansaba bajo el árbol, y quería que le dijera a él todos los acontecimientos que habían presenciado a lo largo del camino. Así pues, Maysara se dispuso a narrarle al sacerdote el evento que tuvo lugar en el mercado, cuando Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, no juró en nombre de los ídolos. El entusiasmo del sacerdote se redobló. Es evidente que no podía contenerse por más tiempo. El juicio que había emitido pasó a ser aún más certero y dijo lo siguiente con absoluta certeza: «Juro que él es el Profeta que esperabamos. ¡Cuídale bien!»[5].

Después de haber dicho esto, corrió en presencia de Muhammad, en primer lugar le besó con cuidado en su frente, y luego se inclinó a sus pies y dijo: «Atestiguo que eres aquel a quien Dios mencionó en la Tora»[6].

A medida que continuaban juntos, el clima pasaba a ser más caluroso y Maysara quedó sorprendido al ver a dos ángeles con forma de nubes protegiendo y dando sombra al futuro Profeta. Dos nubes con tal calor… Y dos nubes que continuamente le siguieron. Dos nubes que se dirigían hacia donde él iba y se detenían cuando así lo hacía…

Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, por otra parte, continuaba en su camino con determinación, como si no se diera nada fuera de lo común.

Por supuesto, para Maysara, este viaje fue diferente de los demás; no había sido testigo de ninguna maldad ni había experimentado ningún recelo. Aquello que se transportó a Damasco fue vendido al mejor precio, y lo que se trajo de vuelta fue vendido a un precio dos veces superior a su inversión. Es evidente que Jadiya ha obtenido finalmente la calidad que estaba buscando. Ella había realizado negocios con muchos otros, sin embargo, tratar con «el Más Digno de Confianza de la Humanidad» fue muy diferente.

No obstante, en verdad Jadiya no iba realmente tras las mercancías o pretendía acumular beneficio sobre beneficio. Ella estaba esperando con expectación a que regresara Maysara para que pudiera escuchar todo lo que había presenciado. Maysara primero relató las palabras del sacerdote a ella. A continuación le comentó acerca de las dos nubes que los habían seguido. También le narró acerca del incidente de su juramento en Damasco, la reacción del Profeta, y de lo que el hombre le había dicho a él después. Informó en gran medida de Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él, comunicando con todo detalle todo lo que había experimentado en el viaje. No podía comunicar lo suficiente acerca de la extraordinaria tenacidad y confianza de Muhammad.

Estas palabras fueron lo que Jadiya había estado, sin duda, esperando escuchar. Ella estaba tratando de contener la esperanza que aumentaba en su alma. ¿Cómo no podría ser así? ¡Todos los caminos y las señales señalaban a él!

Ella se levantó y se dirigió a su mentor espiritual, Waraqa. Iba a compartir lo que Maysara le había dicho con su primo.

Waraqa también se entusiasmó por lo que escuchaba. A su vez tenía la certeza de que había encontrado lo que estaba buscando. Le dijo a Jadiya, que esperaba su respuesta, «Si lo que dices es verdad, Oh Jadiya, no hay duda de que Muhammad es el Profeta de esta nación. Yo también sabía que esta nación tenía un Profeta esperado. Y esta vez es su momento»[7].

Waraqa se encontraba en un estado de constante espera, a menudo preguntándose a sí mismo, «¿Cuándo?» y ansiaba el día en que este Profeta vendría. A menudo escribió poesía sobre esta esperanza, describiendo su decepción por el retraso de la llegada del Profeta.

Todo señalaba a él; todo lo que había oído Waraqa hasta ahora, todo lo que La Meca ha sido testigo, y lo que Maysara había dicho, todo esto señalaba el lugar donde se cruzaban los caminos, todo señalaba a Muhammad «el Digno de Confianza». Jadiya ya no tenía ninguna duda. El anhelado Profeta que había esperado durante años ahora se hallaba muy cerca de ella. No había tenido en mente contraer matrimonio de nuevo, sin embargo, no podía pensar en ninguna otra manera de acercarse a él que no fuera por el matrimonio.

[1] Ibn Sa'd, Tabaqat, 1/130.

[2] Yamani, Ibíd., 119.

[3] Zuhri, Tabaqatu'l-Kubra, 1/130, 131, 157.

[4] Ibíd.

[5] Ibn Sa'd, Tabaqat, 1/130.

[6] Suyuti, al-Jasaisu'l-Kubra, 1/151.

[7] Ibn Hisham, as-Siratu'n-Nabawiyya, 2/10.
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