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 La condición jurídica y social de las mujeres en el Islam

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MensajeTema: La condición jurídica y social de las mujeres en el Islam   Sáb 26 Jun 2010 - 2:06



escrito por Dr. Hammuda Abdul-Ati

El Islam ha establecido para la mujer aquello que se adapta mejor a su naturaleza, le concede plena seguridad, la protege contra circunstancias desdichadas y los rumbos inciertos de la vida. No tenemos que explicar con detalle la situación de la mujer moderna y los riesgos que corre para hacer su vida o establecerse. Ni tenemos que examinar las miserias y reveses que la rodean como resultado de los supuestos derechos de la mujer. No intentamos manipular la situación de muchos hogares desgraciados que se rompen por la «libertad» y los «derechos» de los que alardea la mujer moderna. La mayoría de las mujeres ejercen hoy el derecho de la libertad para salir solas, trabajar y ganar un sueldo, tan solo para poder equipararse al hombre; pero esto, amargamente, se consigue a expensas de sus familias. Es tan obvio que todos lo saben pero lo que en realidad no se conoce es la situación de la mujer en el Islam.

La situación de la mujer en el Islam no constituye ningún problema. La actitud del Corán y de los primeros musulmanes atestigua el hecho de que la mujer es tan vital para la vida al menos como el hombre, y que ella no es inferior a él, ni tampoco es una de las especies inferiores. Si no hubiera sido por el impacto de culturas extranjeras e influencias ajenas, esta pregunta nunca habría surgido entre los musulmanes. Se dio por supuesto que la condición jurídica y social de las mujeres es igual a la del hombre. Esto era una realidad, un hecho establecido, y nadie en aquel entonces lo consideró como un problema en absoluto.

Para poder entender lo que el Islam ha establecido para la mujer, no es preciso deplorar su situación en la era pre-islámica ni en el mundo actual. El Islam ha otorgado a la mujer derechos y privilegios, que no ha disfrutado jamás en otros sistemas religiosos, o constitucionales. Esto se puede entender mejor cuando el asunto es estudiado en su totalidad desde una manera comparativa y no parcialmente. Los derechos y las responsabilidades de una mujer son iguales a los de un hombre pero no son necesariamente idénticos a los de ellos. La igualdad y la identidad son dos cosas totalmente diferentes. Esta diferencia es comprensible porque el hombre y la mujer no son idénticos pero si creados iguales. Teniendo en mente esta distinción, no hay ningún problema. Es casi imposible encontrar incluso dos hombres o mujeres idénticos.

Esta diferencia entre la igualdad y la identidad es de primordial importancia. La igualdad es deseable, justa y buena, pero la identidad no. Las personas no son creadas idénticas pero si iguales. De esta manera, no hay ningún motivo para imaginar que la mujer sea inferior al hombre. No hay ninguna razón para asumir que ella es menos importante que él solamente porque sus derechos no son idénticos a los del hombre. Si su estado hubiera sido idéntico al del hombre, ella habría sido simplemente un duplicado de él, lo cual no es así. El hecho de que el Islam le otorgue derechos iguales —pero no idénticos— es una prueba de que le presta la debida consideración, la reconoce y también se muestra conforme con su independiente personalidad.

No concierne al Islam considerar a la mujer como producto del diablo, o como semilla del mal. Ni tampoco el Corán ubica al hombre como señor dominante de la mujer, a quién sólo cabe la posibilidad de someterse a su dominio. Ni fue el Islam el que introdujo la cuestión de si tiene o no alma la mujer. Jamás en la historia del Islam un musulmán ha dudado de la condición humana de la mujer, o acerca de si posee alma, y el resto de hermosas cualidades espirituales. A diferencia de otras creencias populares, el Islam no culpa sólo a Eva del pecado original.

El Sagrado Corán deja muy claro que fueron tentados tanto Adán como Eva, pecadores por igual, que Dios los perdonó a ambos después de su arrepentimiento y se dirigió a ellos conjuntamente (2:35-36; 7:19-27; 20:117-123). Leyendo concienzudamente el Sagrado Corán realmente nos da la impresión de que Adán tuvo más culpa que Eva en la consecución del «pecado original», pecado que dio lugar a prejuicios contra la mujer y a un sinnúmero de sospechas en cuanto a sus obras. Pero el Islam no justifica este prejuicio o sospecha, porque Adán y Eva, cometieron el mismo error y si hemos de culpar a Eva debemos culpar a Adán, en la misma medida, o aún más.

La situación de la mujer en el Islam es algo único, algo original que no tiene semejanza en ningún otro sistema. Si centramos nuestra atención en las naciones democráticas, observamos que la mujer no se halla en una posición satisfactoria. Su posición no es envidiable, tiene que trabajar muy duro para vivir, y a veces debe hacer el mismo trabajo que realiza un hombre pero con un sueldo menor. Ella disfruta de una especie de libertad que en algunos casos equivale a libertinaje. Para alcanzar la posición que tiene hoy en día, las mujeres han luchado considerablemente durante décadas y siglos. Tuvo que llevar a cabo dolorosos sacrificios y dar de lado a muchos de sus derechos naturales para ganarse el derecho a la educación y la libertad de trabajo. Les costó mucho establecer su posición como ser humano que posee alma. Pero a pesar de todos estos sacrificios costosos y luchas dolorosas, no han adquirido lo que el Islam ha establecido por Decreto Divino para la mujer musulmana.

Los derechos de las mujeres de los tiempos modernos no fueron concedidos voluntariamente o por el bien de las mujeres. La mujer moderna luchó para alcanzar su condición actual, una condición que no se logró a través de los procesos naturales, el consentimiento mutuo o las enseñanzas Divinas. Ella tuvo que abrirse camino, y varias circunstancias la ayudaron. La falta de recursos humanos durante las guerras, la presión de las necesidades económicas y las exigencias del desarrollo industrial obligaron a la mujer a salir de su casa para trabajar, aprender, ganarse la vida, ser semejante al hombre en aspectos antes inimaginables así como tener un papel importante en el curso de la vida junto a él. Las circunstancias la obligaron y en respuesta ella se comprometió consigo misma y adquirió su nuevo estatus. El hecho de que todas las mujeres estén satisfechas con estas circunstancias que les apoyan, y que sean felices con los resultados de estas acontecimientos es un asunto diferente. Pero el hecho es que, independientemente de los derechos que la mujer moderna disfrute, éstos no se encuentran en la misma relación entre los de su homóloga musulmana.

El Islam ha establecido para la mujer aquello que se adapta mejor a su naturaleza, le concede plena seguridad, la protege contra circunstancias desdichadas y los rumbos inciertos de la vida. No tenemos que explicar con detalle la situación de la mujer moderna y los riesgos que corre para hacer su vida o establecerse. Ni tenemos que examinar las miserias y reveses que la rodean como resultado de los supuestos derechos de la mujer. No intentamos manipular la situación de muchos hogares desgraciados que se rompen por la «libertad» y los «derechos» de los que alardea la mujer moderna. La mayoría de las mujeres ejercen hoy el derecho de la libertad para salir solas, trabajar y ganar un sueldo, tan solo para poder equipararse al hombre; pero esto, amargamente, se consigue a expensas de sus familias. Es tan obvio que todos lo saben pero lo que en realidad no se conoce es la situación de la mujer en el Islam. A continuación trataremos de resumir la actitud del Islam respecto de la mujer:

1. El Islam reconoce a la mujer como una compañera plena e igual al hombre en la procreación de la humanidad. Él es el padre, ella la madre, y los dos son esenciales para la vida. Su papel no es menos vital que el del hombre. Por esta razón su participación es la misma en todos los aspectos; ella se beneficia de los mismos derechos, asume las mismas responsabilidades y hay en ella tantas cualidades y humanidad como en las de su pareja. Dios dice con respecto a esta igual participación en la reproducción del género humano: «¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y os hemos hecho pueblos y tribus distintos para que os reconocierais unos a otros…» (El Corán, 49:13; 4:1).

2. Es igual al hombre, al asumir responsabilidades comunes y al recibir premios por sus obras. Se la reconoce como una personalidad independiente, poseedora de cualidades humanas y digna de aspiraciones espirituales. Su naturaleza humana no es inferior, ni distinta a la del hombre. Ambos son miembros uno del otro. Dios dice: «Y su Señor ha aceptado (sus rezos) y les contestó: “No dejare que se pierda lo que haya hecho ninguno de vosotros, sea varón o hembra. Unos procedéis de otros…”» (El Corán, 3:195; 9:71; 33:35-36; 66:19-21).

3. Es igual al hombre en la búsqueda de educación y sabiduría. Cuando el Islam ordena buscar la sabiduría a los musulmanes, no establece distinción entre hombre y mujer. Hace casi catorce siglos, el profeta Muhammad declaró que la búsqueda de sabiduría incumbe a cada musulmán, hombre y mujer. Esta declaración fue muy clara y puesta en práctica por los musulmanes a través de la historia.

4. Tiene derecho a la libertad de expresión lo mismo que el hombre. Sus opiniones sensatas se toman en consideración, y no pueden descartarse sólo porque proceden del sexo femenino. Se hace referencia en el Sagrado Corán y en la historia, que la mujer no sólo expresó su opinión libremente, sino que discutió y participó en serias discusiones con el Profeta y con otros jefes musulmanes (El Corán, 58:1-4; 60:10-12). Además hubo ocasiones en las que las mujeres musulmanas expresaban sus opiniones sobre asuntos legales de interés público y se oponían a los califas, quienes aceptaban los razonables argumentos de estas mujeres. Un ejemplo específico tuvo lugar durante el Califato de Omar Ibn al-Jattab.

5. Los documentos y archivos históricos demuestran que las mujeres participaron en la vida pública con los primeros musulmanes, sobre todo en momentos acuciantes de la época. Las mujeres solían acompañar a los ejércitos musulmanes que entraban en batalla para cuidar los heridos, preparar suministros, servir a los guerreros, etcétera. No fueron encerradas tras unas barras de hierro o consideradas criaturas sin valor y privadas de alma.

6. El Islam concede los mismos derechos a la mujer para establecer un contrato, negociar, adquirir y poseer bienes por su cuenta. Su vida, su propiedad, su honor son tan sagrados como los del hombre. Si ella comete alguna infracción, su pena no será inferior o superior que la de un hombre en un caso similar. Si ella es tratada injustamente o dañada, consigue las mismas compensaciones previstas que las que un hombre en su posición conseguiría (2:178; 4:45, 92-93).

7. El Islam no sólo declara estos derechos de una forma estadística para luego permanecer inactivo sino que también ha tomado todas las medidas para protegerlos y ponerlos en práctica como conceptos integrales de la fe. El Islam nunca tolera aquellos que tienden a perjudicar a las mujeres ni acepta ninguna discriminación entre los hombres y las mujeres. Una y otra vez el Corán reprocha a aquellos que solían creer que la mujer era inferior al hombre (16:57-59, 62; 42:47-59; 43:15-19; 53:21-23).

8. Aparte del reconocimiento de la mujer como ser humano independiente, admitido asimismo como esencial para la supervivencia de la humanidad, el Islam le ha concedido a la mujer una parte de la herencia. Antes de la llegada del Islam, ella no sólo fue privada de dicha parte, sino que también ésta era considerada como una propiedad que debía ser heredada por el hombre. Al margen de esta concepción de propiedad transferible, el Islam la consideró heredera reconociendo las cualidades humanas inherentes en la mujer. Tanto si es esposa o madre, hermana o hija, recibe cierta parte de la propiedad del familiar difunto, parte que depende de su grado de relación con el fallecido y del número de herederos. Esta parte es suya y nadie puede tomarla, ni privarla de ella. Aunque el difunto desee desposeerla de ella, haciendo testamento en favor de otros familiares, o de cualquier otra causa, la ley islámica no se lo permitirá. Todo propietario está autorizado a hacer su última voluntad dentro del límite de un tercio de su propiedad, de manera que no afecte a los derechos de sus herederos de ambos sexos. En el caso de herencia se aplica plenamente la cuestión de igualdad e identidad. En principio, tanto el hombre como la mujer están igualmente facultados a heredar la propiedad de los familiares fallecidos, aunque puedan variar las partes que reciben. En algunas ocasiones, el hombre recibe dos partes mientras que la mujer sólo recibe una. Esto es señal de que no se otorga preferencia o supremacía al hombre sobre la mujer. Las razones por las que el hombre recibe más, en estos casos particulares, pueden clasificarse como sigue:

PRIMERA. El hombre es la única persona responsable del total mantenimiento de su esposa, su familia y demás parientes necesitados. La ley islámica le obliga a asumir todas las responsabilidades financieras y mantener adecuadamente a las personas que están a su cargo. Es también deber suyo contribuir económicamente a todas las buenas causas de la sociedad. La totalidad de las cargas financieras son soportadas exclusivamente por él.

SEGUNDA. Por el contrario, la mujer no tiene responsabilidad financiera alguna, excepto aquella correspondiente a sus gastos personales, y los objetos de lujo que desee poseer. Goza de seguridad económica y está mantenida. Si es esposa, la sustenta el marido; si es madre, el hijo; si es hija, el padre, y si es hermana, el hermano, etc., si no tiene familiares de los que depender no hay problema de herencia, porque no hay nada que heredar y nadie que legue en ella. No obstante, no se la puede dejar morir de hambre; el conjunto de la sociedad, el estado, tienen la obligación de mantenerla, de ayudarla o de proporcionarle un trabajo para ganarse su sustento, y todo cuanto dinero consiga será suyo. No es responsable de mantener a nadie, además de ella. Si fuera un hom- bre el que estuviera en su situación, éste debe ser el responsable de la familia y de los posibles miembros que necesitan de su ayuda. Por eso, en situaciones extremas, la responsabilidad económica de la mujer es limitada, mientras que la del hombre es ilimitada.

TERCERA. Cuando una mujer recibe menos que un hombre, no se la desposee de nada por lo que haya trabajado. La propiedad heredada no es resultado de sus ganancias y de sus esfuerzos. Es algo que procede de una fuente neutral, algo adicional o extra, por lo que no lucharon ni el hombre ni la mujer. Es una especie de ayuda, y toda ayuda ha de repartirse con arreglo a las urgentes necesidades y responsabilidades, especialmente cuando el reparto está regulado por la Ley de Dios.

CUARTA. Por un lado tenemos a un heredero varón cargado con toda clase de responsabilidades y compromisos económicos. Por otro, tenemos a una heredera sin ninguna responsabilidad en absoluto, o como mucho, muy pequeña. Para ellos albergamos algunos bienes y ayuda para distribuir a través de la herencia. Si desposeemos completamente a la mujer, sería injusto para ella porque es pariente del difunto. Del mismo modo, si damos siempre a ella una parte igual a la del hombre, sería injusto para él. Por ello, en lugar de ser injustos con cualquiera de ellos, el Islam da al hombre una porción mayor de los bienes heredados para ayudarle a satisfacer sus necesidades familiares, y responsabilidades sociales. Al mismo tiempo el Islam no ha olvidado a la mujer, puesto que le ha concedido una porción para satisfacer sus necesidades más personales. De hecho, el Islam es, a este respecto, más benevolente con ella que con él. Podemos decir aquí que cuando se toman en conjunto los derechos de la mujer, son entonces iguales a los del hombre, aunque no necesariamente idénticos (El Corán, 4:11-14, 176).

9. En algunos casos, para prestar testimonio en determinados contratos civiles, se requieren dos hombres, o bien un hombre y dos mujeres. Tampoco esto indica que la mujer sea inferior al hombre. Es una medida para asegurar los derechos de las partes contratantes, porque la mujer, por regla general, no tiene experiencia en la vida práctica como el hombre. Esta falta de experiencia puede perjudicar a cualquiera de las partes en un contrato dado. Por eso, la ley requiere que por lo menos testifiquen dos mujeres con un hombre. Si una olvida algo, la otra se lo recordará y si comete un error, dada la falta de experiencia, la otra le ayudará a corregirlo. Se trata de una medida de precaución para garantizar las acciones honradas y tratos adecuados entre los individuos. En cualquier caso, la falta de experiencia en la vida civil no significa necesariamente que la condición femenina sea inferior a la masculina. Todo ser humano carece de algo, pero ello no debe suscitar dudas respecto a su condición humana. (El Corán, 2:282-283)

10. La mujer goza de ciertos privilegios de los que carece el hombre:

Está libre de algunos deberes religiosos, como por ejemplo la oración y el ayuno, en sus períodos menstruales y en los momentos de parto.
Se encuentra exenta de asistir al rezo obligatorio de los viernes y libre de toda responsabilidad financiera.
Como madre, goza de mayor reconocimiento y honor a los ojos de Dios (El Corán, 31:14-15). El profeta Muhammad (que la paz y las bendiciones de Dios estén con él) reconoció este honor cuando declaró que el Paraíso se encuentra bajo los pies de las madres.
Tiene derecho a las tres cuartas partes del amor y las atenciones del hijo, quedándole al padre la cuarta parte restante.
Como esposa, tiene derecho a exigir a su presunto marido una dote adecuada, que sería suya propia.
Tiene también derecho a recibir pleno sustento y total mantenimiento del marido.
No está obligada a trabajar, ni a compartir los gastos familiares con el marido.
Es libre para retener, después del matrimonio, cuanto poseyera con anterioridad, y el marido no tiene derecho alguno a sus pertenencias.
Como hija o hermana tiene derecho a la seguridad y el sustento por parte del padre o hermano, respectivamente. Este es un privilegio de la mujer.
Si desea trabajar, ser autosuficiente, y participar en el manejo de las responsabilidades familiares, es totalmente libre de hacerlo, siempre que queden salvaguardadas su integridad y honor.
11. El hecho de que la mujer esté situada detrás del hombre en la oración no indica en absoluto que sea inferior a él. Como ya ha sido mencionado, la mujer está exenta de asistir a las plegarias comunitarias que son obligatorias del hombre. Pero si participa en ellas, se mantiene en filas aparte formadas exclusivamente por mujeres. Es una norma de disciplina en la oración, y no una clasificación en importancia. En las filas de los creyentes, el jefe de estado reza, hombro con hombro, con el pobre. Los hombres de las categorías sociales más elevadas están al lado de otros de las categorías más bajas. El orden de las filas en la oración pretende ayudar a todos a concentrarse en la meditación. Es muy importante, porque los rezos musulmanes no son simplemente salmodias ni recitaciones. Implica acciones, movimientos, estar de pie, hacer reverencias, postrarse, etc., si los hombres se mezclaran con las mujeres en las mismas filas sería posible que algo les molestara o distrajera su atención. La mente estaría ocupada por algo ajeno a la oración y se apartaría de la abstracción contemplativa. El resultado turbaría los propósitos de la plegaria y constituiría un pecado de adulterio cometido por los ojos, porque los ojos —al mirar lo prohibido— pueden ser culpables de adulterio, tanto como el corazón. Además, no está permitido a ningún musulmán, hombre o mujer, tocar el cuerpo de otra persona del sexo opuesto durante la oración. Si los hombres y las mujeres están entremezclados no se puede evitar un roce entre los cuerpos o tocarse. Más aún, si una mujer está rezando delante de un hombre o al lado suyo, es muy posible que quede al descubierto alguna parte de su cuerpo vestido, después de un determinado movimiento de reverencia o postración. Los ojos del hombre pueden estar mirando la parte descubierta lo que perturbará a la mujer y expondrá al hombre a distracción o a malos pensamientos. Por ello, para evitar la turbación y la distracción, para ayudar a concentrarse en la meditación y en los pensamientos puros, para mantener la armonía y el orden en- tre los orantes, para cumplir los verdaderos propósitos de la oración, el Islam ha ordenado la organización en hileras con los hombres ocupando las primeras líneas y las mujeres a continuación de los niños. Cualquiera que tenga algún conocimiento de la naturaleza y los fines de la oración musulmana entenderá rápidamente la sensatez de formar las filas de creyentes de esta manera.

12. La mujer musulmana está siempre asociada a una antigua tradición en su vestimenta, el «velo». Es propio del Islam que la mujer debe embellecerse con el velo del honor, de la dignidad, la castidad, la pureza y la integridad. Debe abstenerse de todos los actos y gestos que puedan sacudir las pasiones de quienes no sean su legítimo esposo, o hacer sospechar de su moralidad. Se le recomienda que no muestre sus encantos, ni exponga sus atractivos físicos ante extraños. El velo que debe ponerse debe ser de tal manera que proteja su alma de la debilidad, su mente de la indulgencia, sus ojos de las miradas sensuales y su personalidad de la desmoralización. El Islam se preocupa sobremanera por la integridad de la mujer, salvaguardando su moral y su espíritu con la protección de su carácter y personalidad. (El Corán, 24: 30-31)

13. Queda ya claro que el estatus de la mujer alcanza en el Islam una dimensión sin precedentes y se acomoda a su naturaleza de forma realista. Sus derechos y obligaciones son iguales a los del hombre, pero no necesaria o absolutamente idénticos a los de éste. Si se la desposee de una cosa en algún aspecto, se le compensa plenamente con más beneficios en otras facetas. El hecho de que pertenezca al sexo femenino carece de importancia en su condición humana o en su personalidad independiente, y no da pie a justificar los prejuicios contra ella o la injusticia hacia su persona. El Islam le concede tanto como lo que es requerido por parte de ella. Sus derechos se equilibran perfectamente con sus obligaciones. Se mantiene la igualdad entre los derechos y los deberes, sin que unos sobrepasen a los otros. La condición de la mujer aparece claramente en el versículo coránico que puede traducirse en estos términos:

«Las divorciadas aguardarán tres menstruos y no les es lícito ocultar lo que Dios ha creado en sus entrañas, si creen en Dios y en el día del Juicio Final. En esta situación, será más conveniente que sus esposos las readmitan, siempre que deseen la reconciliación, y ellas tienen derechos sobre ellos como ellos sobre ellas, y los hombres tienen un grado sobre ellas, porque Dios es poderoso, prudente» (2:228).

Este grado no es un título de supremacía o una autorización para dominar sobre ellas. Corresponde a las responsabilidades adicionales del hombre y le otorga cierta compensación por sus obligaciones ilimitadas. El versículo antes mencionado se interpreta siempre a la luz de otro. (El Corán, 4:34)

Son estas responsabilidades adicionales las que dan al hombre un rango superior sobre la mujer, en algunos aspectos económicos. No se trata de un grado superior en cuanto a humanidad o a carácter se refiere. Ni tampoco el dominio de uno sobre el otro, o la supresión del uno por el otro. Es una distribución de la abundancia divina, de acuerdo con las necesidades de la naturaleza, de las que Dios es el Creador. Y Él conoce muy bien lo que es bueno para la mujer y lo que es bueno para el hombre. Dios es absolutamente infalible cuando declara:

«¡Oh humanos! Temed a vuestro Señor, que os creó de un sólo ser, del cual creó a su esposa y de ambos hizo descender a innumerables hombres y mujeres». (El Corán, 4:1).

* Dr. Hammuda Abdul-Ati, Escritor de la revista «Islam in Focus»



Los derechos generales y las inmunidades en el Islam


La mayor garantía de la libertad humana en el Islam es el principio de que un ser humano no puede ser un esclavo o criado de nadie más que Dios; y nadie puede reclamar la absoluta soberanía sobre ningún ser humano, tan solo Dios. La soberanía absoluta sólo le pertenece a Él, por lo tanto, como un principio de la fe y la ley, todas las personas son iguales ante esta prescripción. De este modo, ninguna institución ni nadie pueden requerir una sumisión absoluta por parte de un ser humano. Por eso la obediencia al «Profeta Inocente», en un sentido se alía con la sumisión a Dios. En otras palabras, ya que el Profeta no puede decretar ninguna orden más que las órdenes de Dios, la necesidad de obedecerle realmente significa la sumisión a Dios. Además, el Profeta se le ordenó consultar con el pueblo vencido y tomar en consideración su aprobación acerca de los asuntos públicos; es decir en aquel punto el destino de las personas se deja a su libre albedrío.

Todo el mundo, ya sea hombre o mujer, disfruta de los derechos generales y las inmunidades salvaguardadas por el Islam. Podemos hacer una lista de estos derechos ofreciendo breves explicaciones sobre algunos de ellos y nombrando el resto:

El derecho a la vida

El Corán, incontestablemente, pone énfasis sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana, sea un hombre o una mujer, y la prohibición de poner fin a la vida de cualquier ser humano. Del mismo modo, acepta que «haber matado a una sola persona sería como haber puesto fin a la vida de toda la humanidad» (5:32).

El derecho a ser respetado

El Corán considera a todos los seres humanos honorables y respetables (17:70), ya que los hombres son los únicos seres dotados con el libre albedrío —el cual podemos llamar naturaleza humana— que asumieron la Responsabilidad Divina que les había sido otorgada (33:72). En su condición de seres con libre albedrío, los humanos poseen facultades mentales tales como la inteligencia, el juicio y el criterio. Esto, aunque implique el riesgo de humillarse hasta el nivel más bajo de la creación (asfal as-safilin), de hecho, es un honor para los seres humanos y una demostración de que ellos han sido creados en la más perfecta proporción. Es una fuente de potencial para que los humanos alcancen el rango superior de toda la creación, predominando sobre todos los seres existentes, teniendo en cuenta su naturaleza de la creación y sus funciones especiales interrelacionadas con el resto de criaturas. Con estos atributos, el ser humano tiene el honor de ser el califa (el sucesor de Dios) en la Tierra en términos de su responsabilidad de mejorarla y establecer civilizaciones sobre ella. Este honor le hace obtener una categoría que se encuentra por encima de la de los ángeles y cualquier acción o acto hacia este fin, siempre que sea realizado en nombre de Dios, es considerado como una forma de veneración (30:34).

La justicia, la benevolencia y la misericordia

El Sagrado Corán insiste bastante en los asuntos de la justicia, el trato justo y la búsqueda de la justicia (5:8, 4:136); da mucha importancia a la «justicia» (adl) y la «benevolencia» (ihsan). La justicia significa que el astil de la balanza se quede exactamente en medio de los dos platillos, ni más ni menos; esto significa ubicarlo todo en su lugar correcto. Abu'l-Kalam Azad dijo sobre el asunto de la justicia: «La justicia significa evitar el exceso y mantener el camino recto. Esta es la razón por la cual siempre se usa la balanza para simbolizar la justicia». Sobre este tema, el Corán establece el principio de que «nadie llevaría la carga del otro», es decir nadie puede ser culpado por los actos injustos del otro; y que los hombres sólo obtendrán aquello por lo que se esfuercen (53: 38-39).

La justicia requiere que el individuo consiga su derecho, y que sus méritos y virtudes personales sean reconocidos. Pero los criterios de estos méritos o virtudes no son ni la raza ni el género, tampoco la riqueza, la posición o el poder de una persona, ni tan siquiera haber nacido antes o después que los demás. El único criterio de estos meritos y virtudes es la «taqwa» (la piedad, el temor) (48:13). En otras palabras, obedecer las reglas que Dios expuso tanto para la vida humana como el Universo, y de este modo entrar bajo la protección del Todopoderoso. Mirándolo desde esta perspectiva, «taqwa» es un término que incorpora la fe, el conocimiento y el esfuerzo en una sola palabra. Y desde esta perspectiva el Corán diferencia a los creyentes que permanecen pasivos ante los otros creyentes que se esfuerzan en el camino de Dios (4: 95-96).

Mientras el Corán enfatiza la justicia, también enseña los términos «ihsan» (benevolencia), y «Rahma» (compasión) como valores adicionales para el individuo. El término «ihsan» aquí denota restablecer el equilibrio compensando los defectos o las pérdidas.2 Para entenderlo mejor, tenemos que examinar la palabra «umma» con la cual el Corán suele indicar a la sociedad ideal. La palabra «umma» procede de la raíz «umm», que significa madre. Es decir, así como las madres son la base de la sociedad, los valores que las identifican, tales como la compasión y el afecto deben hallarse en la fundación de la sociedad. Otro punto interesante es que la palabra «rahma» (compasión) que conecta a los creados con su Creador, surge de la misma raíz «rhm», que la palabra «rahim» (útero). Esto posee numerosas connotaciones y está lleno de implicaciones. En primer lugar, el amor y la compasión de una madre son la más exaltada y perfecta reflexión de la compasión de Dios sobre la Tierra. Sin embargo, esta reflexión es solamente un uno por ciento de la compasión de Dios que asignó al mundo y dejó el resto para el Más Allá. Y en segundo lugar, la sociedad ideal es aquella en la cual la compasión prevalece entre sus miembros, desde los más mayores hasta los jóvenes, desde los gobernantes hasta el pueblo; y en la cual todas las personas se tratan con compasión las unas a las otras como si todas fueran frutos del mismo útero. Y esto solamente es posible con el grado de relación de las personas con los atributos de Dios, tal y como «Rahman» y sobre todo «Rahim». La noción de que el Islam y nuestro Profeta fueron enviados a toda la creación como «misericordia » se clarifica y se hace evidente. En otras palabras, la conexión entre las personas y los atributos «Rahman» y «Rahim» de Dios sólo se puede conseguir dedicándose al Islam y al Profeta. Las otras reclamaciones de compasión, misericordia y amor no pueden ir más allá de ser emociones artificiales surgidas de otras causas, como la raza, los intereses o el egoísmo.

El derecho a la libertad

El Corán pone énfasis en que el género humano debe ser libre de todo tipo de cadenas. Reconociendo que existe en ello una tendencia hacia el despotismo en la naturaleza humana, el Corán trata de evitarlo de antemano:

«No es razonable que un hombre a quien le es revelado el Libro, y le es concedido el conocimiento beneficioso y la tarea de hablar acerca de Dios, pida a la gente que lo veneren en vez de Dios. Lo lógico y real es que les pida que sean sinceros con su Señor, de acuerdo con su conocimiento del Libro» (3:79).

Dentro de este marco, la esclavitud, una de las instituciones de la Época de Yahiliyya (la época de la ignorancia antes de la llegada del profeta Muhammad) que el Islam pretendía erradicar fue permitida durante algún tiempo debido a la naturaleza de las relaciones internacionales. En primer lugar, el Islam decretó que los esclavos fueran bien tratados (4:36); y después alentó enérgicamente a que los dejaran libres (2:117;4:92), estableciendo como una regla general dejar libres a los prisioneros de guerra con o sin rescate (47:4), lo que en cierto sentido abolió consecuentemente la esclavitud, ya que en la base de esclavitud yace las guerras y los prisioneros de guerra. Aunque el Corán no incluyera ningún veredicto explícito para prohibir la esclavitud, nunca previó su continuidad y de este modo pretendió abolirla del todo.

La mayor garantía de la libertad humana en el Islam es el principio de que un ser humano no puede ser un esclavo o criado de nadie más que Dios; y nadie puede reclamar la absoluta soberanía sobre ningún ser humano, tan solo Dios. La soberanía absoluta sólo le pertenece a Él, por lo tanto, como un principio de la fe y la ley, todas las personas son iguales ante esta prescripción. De este modo, ninguna institución ni nadie pueden requerir una sumisión absoluta por parte de un ser humano. Por eso la obediencia al «Profeta Inocente», en un sentido se alía con la sumisión a Dios. En otras palabras, ya que el Profeta no puede decretar ninguna orden más que las órdenes de Dios, la necesidad de obedecerle realmente significa la sumisión a Dios. Además, el Profeta se le ordenó consultar con el pueblo vencido y tomar en consideración su aprobación acerca de los asuntos públicos; es decir en aquel punto el destino de las personas se deja a su libre albedrío.3

Como la consulta y el juramento de lealtad significan una participación directa del individuo al proceso «no hay coacción en la religión» expresa la libertad de conciencia y de religión. Según el Corán, aquellos no musulmanes que viven en los países musulmanes son libres de practicar sus ritos religiosos sin ninguna intromisión por parte de las autoridades musulmanas. El hecho de que los seres humanos son creados con el libre albedrío, hace que sea normal que no sean obligados a elegir su creencia. Dios los juzgará según las decisiones que tomaron; y una persona no se puede considerar responsable de sus acciones realizadas bajo presión, aunque sea la infidelidad (kufr)

Como consecuencia de la libertad de conciencia y de religión se disfruta de la libertad de expresión. Proclamar la verdad es algo más que la libertad, es un deber. En este sentido, dar testimonio de la verdad, aunque sea en contra de uno mismo o de sus familiares es un punto muy importante en el que el Corán particularmente pone énfasis (4:135). Otro asunto relacionado con este tema es la libertad de una persona en la búsqueda en pos de sus propios derechos. A Dios no le agradan las discusiones acaloradas, a no ser que lo haga alguien que haya sido objeto de alguna injusticia(4:148). En este caso, esta persona puede ir a un tribunal de justicia para reclamar abiertamente sus derechos.

El derecho a recibir educación

Uno de los asuntos en el que el Corán pone especial énfasis es alcanzar una educación plena, de una manera tal que cuando no existía ningún libro para leer, la primera revelación descendida al Profeta fue la orden «¡Lee!». Esto, en cierto modo, significa que el Universo teine que ser estudiado, de este modo es un estímulo para la investigación y la exploración; y en otro sentido, la primera orden que exige leer meticulosamente el Corán que había comenzado a revelarse, y también es una forma de llamar la atención a la importancia de la educación. Además de eso, el Corán declara que «No son iguales aquellos que tienen conocimiento y los que no lo tienen» (39:9) y que «Los que realmente temen a Dios entre Sus siervos son los que tienen conocimiento » (35:28); y alienta a los creyentes para que pidan a Dios fomentar el desarrollo del conocimiento (20:114). El hecho de que uno de los más frecuentes rezos del Profeta fuera «¡Oh Dios mío!, enseñame la verdad oculta de la existencia» es muy significativo.

El derecho a ganarse el sustento y el derecho al trabajo

Como está indicado en el versículo onceavo de la Sura Hud, todas las criaturas vivientes necesitan de Dios para poder subsistir. Uno de los asuntos en los que más se hace hincapié en el Corán —que es también la base del sistema socioeconómico del Islam— es que la propiedad de todas las cosas en realidad le pertenece a Dios. Considerándolo desde este punto de vista, la plena propiedad concedida a los seres humanos, además de ser un derecho, como Dios es el verdadero dueño de dicha propiedad, los hombres no tienen el derecho a explotarla como quieran. Por eso, hay algunos deberes con los que tiene que cumplir y uno de los más importantes deberes son las limosnas prescritas que se dan anualmente. Además de éstas, también se insta a la gente para que concedan las limosnas supererogatorias, sobre todo las englobadas bajo el nombre de «infaq» (ayudar y mantener a otras personas). Otras restricciones, tal y como abstenerse de medios ilegales para ganarse la vida, no derrochar el dinero en fines ilegales y evitar el despilfarro también extienden la práctica de este derecho de la propiedad. Además, cada ser tiene una porción en el sustento que Dios concede, por lo menos algunas de estas porciones están en los bienes de aquellos que tienen más de lo necesario. Por lo tanto, en especial el deber de pagar las limosnas prescritas anuales no es un tipo de favor que los individuos realizan y los necesitados se sienten obligados a agradecerles, sino más bien es un derecho de la gente necesitada que los más afortunados tienen que pagar. De esta manera, el Islam construye un puente de unión entre pobres y ricos en una sociedad en la que pueden vivir juntos y abrazarse mutuamente con amor y respeto. Cuando se considera el umbral mínimo de riqueza que incurre en la obligación de dar limosnas, se puede observar fácilmente cuán firme es este puente.

El Islam prohíbe estrictamente cualquier intervención en el sustento que Dios ha concedido a las personas y previene el colonialismo económico.

El Islam reconoce el derecho a trabajar de todos, sea hombre o mujer por igual, hasta pone de relieve el trabajo como el principal medio de ganancia para el hombre declarando que «El hombre tan sólo obtendrá aquello por lo que se esfuerce» (53:39). Además, esto establece la regla de que, hombre o mujer, poseen el derecho sobre aquello en lo que han trabajado (4:32). Sin embargo, considerando su lugar en la familia y la sociedad, y con respecto a sus fisiologías, existe una clara necesidad de instituir las áreas de ocupación de acuerdo con la diferencia de género, de modo que trabajen juntos y a la vez separados. En este sentido, el hecho de que la prioridad natural para la mujer sea su hogar, y que cuyo sustento es responsabilidad del hombre, es más un resultado de la naturaleza, que una prescripción religiosa.

El derecho a la intimidad y las inmunidades fundamentales del individuo

El Corán reconoce la privacidad como uno de los principales y naturales derechos de los seres humanos. Dios, nombrado como Satar (Aquél que oculta los pecados) vela los defectos de Sus siervos, los cuales están ocultos por sí mismos. Esto es de una importancia tal en el Islam, que no sólo cometer un pecado se reconoce como un comportamiento desdeñable, sino que cometerlo abiertamente y después contarlo a otras personas se considera como un pecado aún más grave. En cuanto a esto, se espera que Dios perdone los pecados secretos de una persona por los cuales está arrepentida. En relación a este asunto, que constituye un aspecto importante de la intimidad individual, la privacidad del hogar, la cual está entre los más importantes derechos del individuo, ha de ser cumplida. La privacidad del hogar es inviolable contra cualquier intrusión. Además del hecho de que el Corán prohíbe la entrada en la casa de alguien sin permiso del dueño, si éste no lo permite, entonces el comportamiento más apropiado sería no entrar y regresar. Y también ordena que si el permiso ha sido dado, hay que saludar a los miembros de la casa (24:27-28). Asimismo el Corán prohíbe a los niños entrar en el dormitorio de sus padres después de la oración de la noche (Isha) y hasta la oración del alba (Fayr), y durante la siesta (qaylula) que son las horas del sueño, y por esta razón los miembros de la familia deben respetar su intimidad mutuamente (24:58).

En el Islam la inviolabilidad del individuo es la base en todos los aspectos. Nadie puede ser declarado culpable hasta que se demuestre lo contrario. Un individuo no puede ser interrogado si no hay pruebas de su acto delictivo; no puede ser puesto bajo vigilancia basándose en las sospechas. El carácter inquisitivo y vigilar a las personas están prohibidos. Del mismo modo, los malos pensamientos y desconfianza sobre los individuos se consideran ilícitos y también prohibidos por la religión; es decir, no se debe sospechar de nadie sin pruebas. Como ha sido mencionado antes, hasta que se demuestre la culpabilidad del individuo, este se considera inocente; ponerlo bajo sospecha, elaborar conjeturas sobre él y lo más importante, hacer públicas informaciones sobre esa persona se hallan definitivamente prohibidos. El Corán también prohíbe «gáiba», es decir, la maledicencia, aunque sea cierto lo que se cuenta acerca de ellas, y lo describe como algo repulsivo de un modo tal, que se asemeja a comer la carne de un hermano muerto (49:12). Otro componente importante de la intimidad del individuo es la privacidad de sus comunicaciones. En este asunto tampoco los individuos se pueden perseguir y su comunicación se puede limitar basándose en meras sospechas.

El derecho a vivir una vida decente

El Corán otorga a todo el mundo el derecho a vivir una honorable y decente vida. Para conseguir este derecho que consta de muchos componentes, en primer lugar se necesita un ambiente bueno y virtuoso. Y esto sólo puede ser posible a través de la justicia, la reverencia, la compasión y el respeto de los derechos de los demás. Estos son los imprescindibles requisitos de la paz social. En un ambiente así, los derechos principales y las libertades serían salvaguardados; nadie reprobaría al otro, se ayudarían mutuamente con entusiasmo y vivirían en solidaridad. Y así, en este escenario, los valores fundamentales que están bajo la protección de la Jurisprudencia Islámica permanecen inmaculados.

Los valores fundamentales que se deben cumplir

Además de los derechos principales más importantes del individuo que han sido antes mencionados, hay otros cinco valores, deducidos de la Ley Islámica o la metodología de la Jurisprudencia por los eruditos como el Imán Gazali, que deben ser protegidos. Según estos eruditos, las reglas y las regulaciones de la Jurisprudencia Islámica están encaminadas a mantener estos cinco valores, por lo tanto los castigos más severos son estipulados en caso de su incumplimiento. Estos valores son los siguientes: la protección de la religión/fe, de la salud física y mental, de la vida, de la propiedad privada así como de las sucesivas generaciones (reproducción y multiplicación). Es esencial en el Islam que estos valores sean observados por todas las personas. La protección de la religión garantiza la libertad de la fe, de modo que no pueda ser de este modo interferida. La protección de la religión también requiere la libertad de veneración y la inviolabilidad de los lugares de oración. La protección de la salud mental incluye una educación apropiada y la prohibición de sustancias perjudiciales para la salud mental como las drogas ilegales. La protección de la salud física requiere de cierta prohibición, que incluye la exclusión de algunos alimentos y bebidas en la dieta. Por ejemplo, el alcohol es dañino tanto para la salud física como mental. En cuanto a la protección de la vida humana; matar a un ser humano se considera como uno de los delitos que merecen ser castigados con un severo castigo eterno. La protección de la propiedad garantiza el derecho de la propiedad personal, y también regula las relaciones comerciales; por lo tanto requiere obtener ganancias de una manera honorable y disponerlas de una manera correcta. A este respecto, cualquier tipo de juegos de azar, las ganancias especulativas, el mercado negro, la usura, los precios extremos, la corrupción, el robo, la usurpación injusta se consideran como delitos. La protección de la generación y la reproducción subraya la santidad de la familia, y también es uno de los motivos de la prohibición de la relación ilegal e indecente, tal y como la fornicación y la prostitución.

* Riza Tahiri, Un eminente sociólogo que fue asesinado en 1979.



La mujer desde una perspectiva limitada

La mujer es un monumento de afecto respecto a su dotación interna, y su afecto proviene de su creación y naturaleza. Esta decente naturaleza, —si no es mancillada con intervenciones erróneas— siempre piensa en el cariño, habla con afecto, se comporta tiernamente, observa a los que están a su alrededor con cariño durante toda la vida y concede a todo el mundo dicha ternura. Mientras abraza a todo el mundo con afecto, sirviéndoles con amor, al mismo tiempo, —debido a su refinamiento y su sinceridad— ella siempre aguanta sus penas. Tiembla como un tul sobre todo el mundo, sus padres, hermanos, amigos y todos los parientes; y cuando llega la hora (en su casamiento) sobre su cónyuge y sus hijos. Al compartir florece con placer, goce y alegría como una rosa, y riega a aquellos que están a su alrededor con sonrisas. Y cuando ve que sufren por algo, se pone pálida, se marchita como las hojas y gime de dolor.

Ella quiere ver cosas hermosas y estar rodeada de la belleza; a veces consigue lo que desea, y otras no. A veces el viento sigue soplando tan severamente alrededor de ella para sacudir todo lo que posee. Es en ese momento cuando vaga con dolor enfurecido por el agotamiento, y respira con sus lágrimas. Y a veces se pone tan alegre como una niña con las bellezas que aparecen en su horizonte, y proporciona la alegría a manos llenas a todo el mundo.

Una mujer que encuentra a su compañero espiritual y que sacia su sed con sus hijos no se diferencia de las huríes (hermosas doncellas) del Paraíso; y el hogar establecido alrededor de esa persona no es diferente que el Jardín de Firdaws en el Paraíso. Y tampoco es sorprendente que los niños, que crecen saboreando el cariño a la sombra de este Paraíso sean parecidos a los ángeles. En efecto, una persona afortunada que crece en tal ambiente vivirá en un estado de alegría más allá de este mundo como si hubiera alcanzado los Jardines de Firdaws en el Paraíso; y riega sonrisas a los que están a su alrededor. En tal hogar, las formas y los cuerpos podrían parecer diferentes, pero el alma que gobierna cada uno es única. Y, esta alma, que emana de la mujer en todo momento y rodea la casa por completo, como una magia, o un espíritu, se hace sentir por todo el mundo como si los condujera a ciertas direcciones. Una mujer bendita cuyo espíritu no está encadenado, ni ha mancillado el horizonte de su corazón se asemeja a la Estrella Polar en el sistema familiar; ella se queda donde está y gira en torno a sí misma, y todos los otros miembros del sistema estructuran sus existencias alrededor de ella, y se marchan hacia sus destinos fieles a ella. De hecho, nuestra relación con el hogar es temporal, limitada y relativa. Pero la mujer, aunque tenga otras tareas o no, siempre se mantiene erguida en medio de su cocina donde el caramelo de afecto, piedad y amor hierve a fuego lento. ¡Cuántas cosas prepara y sirve para alimentar nuestros sentimientos!

Una mujer que está totalmente orientada hacia la eternidad en términos de sentimientos y pensamientos, hace que nuestras almas perciban los sentidos que ningún maestro o profesor logran; y ornamentan nuestros corazones con las caligrafías más hermosas de los sentimientos más profundos, que no se pierden en la noche de los tiempos ni son borrados por nadie. Entonces, al equipar nuestro subconsciente, nos hace alcanzar un potencial tan rico en la vida futura que podemos reclamar el mundo entero con ello. Nosotros, en la presencia de esta «señora perfecta» (insan al-kamila), siempre tenemos el sentimiento de que la piedad, el afecto y los poemas del Más Allá fluyen sobre nuestras almas, y temblamos con la alegría de lo divino.

Para nosotros, la mujer, sobre todo en su dimensión maternal, es tan inmensurable como el cielo y es una profusión de sentidos y afectos que rebosan en su corazón como las numerosas estrellas de los cielos. Ella siempre se encuentra cómoda con su destino agridulce, permanece en paz con su felicidad y su dolor, se entremezclan en ella la alegría y las inquietudes, y protege su alma frente al rencor y el odio. Ella, en persecución de la búsqueda del renacimiento y el desarrollo en todas sus acciones, es la fuente más pura del Califato Divino, así como el corazón y la esencia de la ternura humana. Sobre todo, la mujer afortunada, que ha abierto la puerta de su corazón entornado hacia la eternidad en virtud de su creencia y su fe en la vida después de la muerte, ocupa una posición tan prodigiosa en un punto maravilloso —una posición que puede ser llamada la unión del mundo de lo material y los sentimientos o cuerpo y alma—, que cualquier otro título o posición se asemejarían a una débil llama de vela ante su verdadero mérito que luce como un Sol refulgente, ya que su lugar, posición y atributos están tan acentuados que quedan ocultos bajo la sombra de su valor real.

La mujer, en nuestro mundo de pensamientos y valores, es el color más importante del fenómeno de la creación, el pilar más próspero y mágico de la humanidad, la proyección intachable de las bellezas del Paraíso en nuestros hogares, y el sostén más seguro de nuestra existencia y continuidad. Antes de su creación, el Profeta Adán estaba solo, la naturaleza no tenía vida, la especie humana estaba destinada al colapso, el hogar no era diferente al hueco de un árbol como si fuera la guarida del animal, y el ser humano era el preso de la tapa de cristal de su propia vida. Con ella, se formó un segundo polo y los dos polos se juntaron. La existencia se animó con una voz y visión nuevas y diferentes; la creación entró en la fase de la finalización y el solitario humano fue transformado en una especie, pasando a ser el factor más importante del Universo. Ella llegó y le hizo ganar a su cónyuge valores más allá que todos los demás.

Aunque la mujer, tanto fisiológica como psicológicamente, sea de una naturaleza y características diferentes, eso no denota ninguna superioridad al hombre sobre la mujer o viceversa. Imaginad a la mujer y el hombre como el nitrógeno y el oxígeno en el aire; ambos son sumamente importantes en términos moleculares, con respecto a combinaciones y posiciones especiales, además de necesitarse el uno al otro en un mismo grado. Hacer una comparación entre los hombres y las mujeres es tan absurdo como comparar las sustancias que forman el aire, como por ejemplo decir que el nitrógeno es más valioso o que el oxígeno es más beneficioso. De hecho, el hombre y la mujer son idénticos en cuanto a su creación y su misión en el mundo, y se necesitan mutuamente como la flor y la abeja.

La mujer necesita al hombre, los jóvenes a los mayores, y el violín al arco
Las partes del mundo totalmente se necesitan el uno al otro

Sin embargo, ¿se le dio alguna vez tanta importancia a la mujer en otras partes del mundo? No lo creo así; he aquí algunos ejemplos extraídos de breves citas del estimado Þefik Can:

En una parte del mundo, la mujer nunca ha tenido derecho al matrimonio, a la herencia ni siquiera a algún otro derecho que cualquier humano posee. Fue considerada como una criatura más dañina que un ciclón, la muerte, las serpientes o el veneno, dejando a un lado el que tuviera o no algún derecho (Siempre según los Vedas, escrituras sagradas del hinduismo). Desde otra perspectiva en la misma región, fue considerada como una criatura sumisa a sus sentidos que por lo tanto debía ser ignorada. Y si era inevitable hablarle, no deberían dirigirse a ella, si una conversación ineludible tenía que tener lugar, entonces mantener la distancia se tomaban como base (Esto es lo que extrajimos de la conversación entre Buda y Amanda).

En otro punto geográfico, el hombre es el absoluto soberano en la familia, mientras que las mujeres son pobres criaturas, semejantes a criadas del hogar; e incluso a veces, parecen esclavas que podrían ser puestas en venta por su propio padre. Se creía que, en efecto, merecían tal tratamiento porque la mujer había seducido a Adán y lo había conducido al mal. Y desde este punto de vista, debería ser absolutamente considerada como maldecida.

En otra zona, no se la consideraba ni siquiera como un ser humano, no se le daba nombre; se dirigían a ella con números tales como el 1, el 2 e incluso era vista como un cerdo (Antigua China).

En otro universo, la mujer se consideraba como una máquina que producía hijos, como una propiedad común. (Hay otras consideraciones en la época de la Antigua Grecia y Roma que fueron eliminadas, siendo filtradas por la censura de nuestra decencia). Las citas siguientes pertenecen a grandes pensadores de la cultura clásica: «La mujer es la puerta del Infierno y es una propiedad...» (Platón). «La mujer, en la naturaleza, es un hombre medio terminado» (Esto pertenece a Aristóteles). «La mujer fue creada para que los hombres no tuvieran grandes éxitos: si ella no hubiese sido creada, los hombres podrían ser deificados» (Cicerón). Comentarios similares que insultan a las mujeres han continuado después. Hasta el reinado de Enrique VIII (1509-1547) no se permitió a las mujeres tocar la Biblia porque ella era el motivo del pecado original en el Paraíso. En aquel ambiente, comentarios como el siguiente eran muy comunes: «La mujer —que Dios me perdone— es un error de la Creación (Milton, autor de «El Paraíso Perdido»).

Difamar a las mujeres ha sido una constante durante los tiempos modernos también. Nietzsche indicó que: «Cuando debas dirigirte a una mujer, no se te olvide tener la fusta en la mano»; con estas palabras expresó la opinión de un mundo entero.

León Tolstói expresa lo que piensa sobre el matrimonio en sus memorias: «Estoy muy contento por haberme casado. La felicidad de la vida de familia enardece mi espíritu como un Sol». Estos eran comentarios apropiados y legítimos. Sin embargo, al cabo de un tiempo en una de sus novelas estableció una conversación entre los protagonistas de la misma: «Ah, no te cases nunca; tu esposa te impedirá producir cualquier gran obra, suprimirá tus intereses y te convertirá en una criatura degradada y ordinaria. Como ella misma es una criatura ordinaria, quiere degradar el espíritu de su marido». Estas palabras explican lo que realmente pensaba sobre las mujeres.

En la Península Arábiga durante la Época de Yahiliyya (la época de a ignorancia antes del profeta Muhammad), cuando por primera vez legó el Islam, la situación no era diferente; dar a luz a una niña, criarla más tarde su casamiento, todo eran desgracias. Las muchachas se onsideraban como una carga sobre las familias. Y lo peor era que su xistencia fue considerada como una desgracia, y por ello eran enterradas ivas en algunas regiones.

El Islam, que llegó con mensajes de salvación eterna para toda la humanidad (pasamos sucintamente este asunto prometiendo que los discursos sobre este tema serán recopilados en otro libro) es la primera religión que restituyo los derechos usurpados por la comunidad de la mujer; se los restituyó; la tomó bajo su protección y puso estrictas reglas sobre este asunto. El Corán subraya este hecho declarando: «Los derechos de ellas sobre sus esposos son iguales a los derechos de éstos sobre ellas» (2:228), y la eleva hasta su correcto lugar en el plano de la creación. En su Último Sermón el Orgullo de la Humanidad, el profeta Muhammad, ordenó: «Os recomiendo que observéis los derechos de las mujeres, y tenerle miedo a Dios sobre este asunto. Ya que ellas os fueron consignadas por parte de Dios». Es un acontecimiento histórico para el género femenino el hecho de que fueran elevadas hasta un punto respetable en aquellos tiempos tan malignos, cuando en casi todas las partes del mundo las mujeres fueron compradas y vendidas como cualquier otra propiedad. La posición de la mujer es enfatizada tan explícitamente tanto en el Corán como en la Sunna (la tradición del profeta Muhammad) que si decimos que la mujer fue savlada de la esclavitud con el Islam no sería una exageración.

En efecto, toda la gente de razón piensa de esta manera acerca del asunto de las mujeres. Por ejemplo, G. Demombyne, célebre estudioso mencionado por muchos autores en el mundo musulmán, dijo: «Las reglas establecidas por el Corán sobre el asunto de los derechos de la mujer son más adecuadas que las leyes contemporáneas europeas». Otro investigador renombrado, Stanley Lane-Poole hace una confesión importante diciendo: «Ningún legislador fue capaz de hacer los cambios necesarios sobre los derechos de las mujeres que hizo el Islam». L. E. Obbald añade su punto de vista a la misma línea de pensamiento diciendo: «El acto de liberar a las mujeres de la esclavitud así como el hecho de otorgarles los derechos que les habían sido usurpados, se realizó tan sólo a través del Islam».

De hecho, Dios creó a la mujer como compañera del hombre, nada más. Adán no podía existir sin Eva, y Eva no podía existir sin Adán. Esta primera pareja tenía una misión muy importante, ser el espejo y el intérprete tanto del Creador como de la creación. Ellos eran como dos cuerpos y un alma, y representaban dos caras de una sola realidad. Con el tiempo, los entendimientos vulgares y los pensamientos arrogantes han arruinado esta unión. Y con ello, tanto la armonía de la familia como la orden social están arruinadas también.

En realidad, como dijo Ibn-i Farid la belleza tanto de la mujer como la del hombre es un brillo de la belleza del Creador, la más hermosa de todas las Bellezas. Y que estas dos maravillas de la creación deben aceptarse el uno al otro tal y como son además de apoyarse mutuamente, siempre ir de la mano, y trasladarse a otra dimensión de la belleza desde la que en ese momento se encuentran. Y cualquier otro acercamiento y el método fuera del marco determinado por el plan de creación los hace grotescos y agresivos, en especial, ya que la parte más significativa de la belleza y elegancia es el sentimiento puro, cuando la mujer que es considerada como el espejo multidimensional de la belleza de la Verdad Eterna (Dios) pasa a ser opaco con los densos tintes de su naturaleza mundana, y reduce su deber, convirtiéndola en un instrumento perjudicial; el motivo de que la llamen supuestamente fitna (maligna) podría ser este comportamiento especial por su parte.

De hecho, mientras la mujer es consciente de su profundidad interior y permanezca dentro de los límites de su naturaleza, se hace un espejo tan brillante que refleja las bellezas esenciales de la creación que aquellos que —dentro de límites legales—, la miran con justicia y piensan con justicia, se liberan de su oscuridad corporal inmediatamente y suben al horizonte de placer de las bellezas de la Verdad Eterna (Dios) y hacen que su corazón cante:

Afitâb-i husn-u hûbân akibet eyler uful,
Ben muhibb-i la yezâlim «la uhibbu-l âfilîn»

«Sol de la belleza de las bonitas caras que se desvanecen al final; Pero soy el amante del Interminable; “la uhibbu-l âfilîn” (No amo lo que se desvanece)».[1]

* M. Fethullah Gülen, Erudito del Islam y prolífico pensador, así como un destacado activista del diálogo interreligioso y la promoción de la educación.

[1] «Yo no amo las bellezas mortales, sino la Belleza interminable, que nunca se desvanece». Una parte del versículo (6:76) del Corán, en el cual la historia del profeta Abraham es relatada; «No amo lo que se desvanece».

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La condición jurídica y social de las mujeres en el Islam

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