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 los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos (2 parte)

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nadia hmaidi

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MensajeTema: los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos (2 parte)   Sáb 26 Jun 2010 - 3:04


El Profeta Muhammad
bdulmuttalip se despertó emocionado a medianoche. ¿Había amanecido? Cuando miró afuera desde la puerta de la tienda, vio que la noche cubría las vastas dunas en el silencio profundo del desierto y las estrellas iluminaban sin descansar ni un solo momento. Se dijo: «¡Qué maravilla de paisaje!» Sin embargo, ¿por qué estaba despierto a esa hora? Cerró la puerta de la tienda y regresó a la cama. A la hora de dormirse, se levantó de un salto. Era el mismo sueño que se repetía una y otra vez.
Esta vez, el sueño no daba lugar a dudas. Alguien le decía así:

— ¡Abre el Zamzam!

Abdulmuttalip le preguntó:

— ¿Qué es el Zamzam?

La voz dijo insistentemente en el mismo tono:

— ¡Abre el Zamzam!

Cuando se quitó de encima la colcha el corazón le daba saltos. La voz hacía eco en sus oídos. Se levantó, abrió la puerta de la tienda y salió al vasto desierto.

¿Qué significaba el Zamzam? De repente, se encendió una luz que venía de muy lejos, desde las profundidades de la Historia, sobre aquel secreto. El Zamzam era un pozo. Era un manantial que había surgido de entre los pies de Ismael, ¿pero por qué esa extraña voz le había dicho que abriera el Zamzam? Se le ocurrió más de una respuesta. La más importante era cumplir con la tradición de ofrecer agua a los peregrinos de la Kaba. Sin embargo, había muchos pozos dedicados a ese servicio. ¿Por qué el Zamzam era un pozo especial?

Mientras la oscuridad de la noche cubría las vastas dunas, Abdulmuttalip se sentó sobre una duna y se quedó absorto en sus pensamientos. Se acordó otra vez del manantial del que se decía había surgido de los pies de Ismael.

Según los rumores que circulaban entre la gente, el pozo de Zamzam se cerró con el paso del tiempo y otros fueron cavados lejos del Zamzam.

Cuando el sol salía del horizonte sobre los desiertos, las montañas, los valles y las ciudades de la Península Arábiga, el líder de la tribu Quraysh, Abdulmuttalip, declaraba a los suyos su decisión de abrir el pozo del Zamzam. Cuando él mostró el lugar en el que pensaba cavar el pozo, la tribu Quraysh se opuso porque ese lugar estaba entre los ídolos «isaf» y «naile» que ellos adoraban.

Habló mucho para convencerles. Abdulmuttalip tenía sólo un hijo. Si hubiera tenido muchos hijos, habría sido más fácil llevar a cabo sus decisiones. Estos días, entre las tribus árabes, tener hijos y parientes significaba ser poderoso y prestigioso. Un líder que tenía una familia grande podía hacer lo que quisiera.

Abdulmuttalip estaba solo y triste. Las palabras de la gente le molestaban. Cuando llegó a la Kaba, se le ocurrió una idea. Abrió las manos y rezó: «¡Si Dios me da diez hijos, juro sacrificar a uno de ellos por Dios en la Kaba!» En ese momento, las puertas del cielo estaban abiertas. Era una hora en la que no se rechazaba ninguna súplica.

Sin pasar ni un año, su esposa dio a luz a su segundo hijo. El año siguiente dio a luz a otro hijo más. Así, cada año nació uno. El número de los hijos aumentó hasta diez.

Pasaron los años y crecieron los hijos de Abdulmuttalip. Ya tenía una familia fuerte. No debía tener miedo de nadie. Podía hacer lo que quisiera y podía reprimir a los que se le opusieran. Un día, cavó el pozo en el lugar que la voz le mostraba en el sueño. Tocaba cumplir su promesa. Sin embargo, ¿a quién sacrificaría? Por fin, decidió echarlo a suertes. Escribió en pequeños papeles los nombres de todos los hijos, los puso en una bolsa y eligió uno. Era Abdullah. ¿Abdullah? Cuando la gente oyó el nombre de Abdullah se revolvió. Dijeron que no permitirían que él sacrificara a Abdullah.

Abdullah era el perfecto hombre de la Península Arábiga. Era muy decente, como los Profetas. Era muy tolerante y lleno de amor como Jesús, valiente como Moisés, tenía buena voz como David y buen corazón como Juan. Era un hombre de gran corazón lleno de amor a la creación.

En toda su vida, no se había enfadado, no había levantado la voz ni había puesto mala cara a nadie. En la Península Arábiga nadie tenía una sonrisa como la suya, nadie tenía la conciencia limpia como él y nadie tenía el alma tan tranquila como un oasis en el desierto. ¿Cómo podía ser sacrificado? Por eso, la gente se opuso cuando oyó el nombre de Abdullah y dijeron todos:

— No. ¡Es imposible! Sacrificaremos a nuestros hijos en lugar de Abdullah.

— Si lo sacrificamos, nunca vendrá otro como él.

— ¡Abdulmuttalip! ¡Espera! Lo mejor es que vayamos a un adivino para resolver el asunto.

Abdulmuttalip se sorprendió mucho al ver las reacciones de la gente y tuvo que posponer el sacrificio. Una gran multitud fue a una adivina conocida por su sabiduría. La mujer les dijo:

— ¿Cuál es la cantidad que se paga a cambio de la vida de alguien en vuestra tradición?

La gente respondió:

— Diez camellos.

Entonces la adivina dijo:

— Traed diez camellos. Echadlo a suertes entre Abdullah y los camellos. Si sale el nombre de Abdullah, añadid diez camellos más y probadlo otra vez. Si resulta otra vez el nombre de Abdullah añadid diez camellos más. Seguid probando hasta que toquen los camellos.

Todos regresaron a la Kaba y trajeron diez camellos. En el primer sorteo tocó el nombre de Abdullah. Añadieron diez camellos más y probaron otra vez. Otra vez salió el nombre de Abdullah. El tercero, el cuarto, el quinto¼ Cada vez aparecía el nombre de Abdullah y ellos añadían diez camellos más y seguían probando. Cuando el número de los camellos aumentó hasta cien, salieron los camellos. En el décimo sorteo salieron elegidos los camellos y Abdullah se salvó de la muerte.

En ese momento, había una atmósfera de gran emotividad entre la gente que rodeaba la Kaba. Todo el mundo estaba llorando por la salvación del joven radiante. Sacrificaron cien camellos y los repartieron.

Su padre, sin duda, se alegró más de la salvación de Abdullah que nadie porque era el que más quería entre sus hijos. Quería casar a Abdullah con la chica más guapa, mejor educada y más noble de la Península Arábiga. El mismo día, al salir de la Kaba, fue a la casa de Wahb y le pidió casar a Abdullah con Ámina. Ámina era una chica brillante como las flores del paraíso y limpia como las nubes de la primavera. Al oír la noticia, todas las chicas de la Península Arábiga envidiaron la suerte de Ámina porque se casaría con el joven más guapo y más valiente de los árabes.

Cuando llegó el día de la boda, hicieron hogueras en las colinas de La Meca para que guiaran a los invitados que vendrían de lejos. Sacrificaron camellos y ovejas. Los parientes, los extranjeros, los pobres, los ricos... todo el mundo comió y bebió hasta saciarse.

Ya habían pasado dos meses después de la boda y era la hora de separarse para la pareja que vivía muy feliz. Abdullah tenía que participar en la caravana comercial que iba a Damasco. La última cosa que vio Ámina fue la cara brillante de Abdullah. Se volvió y le miró hasta que desapareció. Poco después, en el horizonte, la silueta de la caravana se perdió totalmente.

¿Cómo podía saber que no volvería a ver a su marido otra vez? Después de un mes, cuando fue a visitar a sus tíos, entregó su alma a Dios y su cuerpo a la tierra. Abdullah, el hijo de Abdulmuttalip falleció. Tenía 25 años. La noticia de la muerte de Abdullah llegó a todas los rincones de la Península Arábiga. Por fin, la mala noticia llegó a casa de Ámina. La mujer, casada desde hacía dos meses, se conmovió y se deshizo en lágrimas con la noticia de la muerte de su marido, se preguntaba: «Si Dios quería llevárselo al cabo de tan poco tiempo, ¿por qué le perdonó la vida a cambio de cien camellos?»

En ese momento, sintió que el niño que llevaba en el vientre se movía. ¡Estaba embarazada! Al comprenderlo, empezó a llorar aún más. Ámina estaba llorando porque se había quedado viuda cuando era muy joven y por la situación del niño que había perdido a su padre antes incluso de nacer.

Ese Huérfano cargaría con las penas de todos los huérfanos, todos los pobres y todos los oprimidos de la Tierra. Él sería el último Mensajero de Dios, el símbolo de la misericordia. Solamente, los que sufrieron y pasaron penas pueden saber el significado de la misericordia y la piedad. Ese niño, se alimentaba con la orfandad y la tristeza.

Pasaron los días. Se secaron las lágrimas de la madre. Sin embargo, su tristeza parecía a un árbol que crecía teniendo cada vez más sed. Pasaron los días y su tristeza aumentaba sin cesar.

Era extraño que no sintiera el dolor de llevar el bebé en el vientre; al contrario, sentía que se había aligerado tanto como si volara como los pájaros. Además, si no tuviera una profunda pena en su interior, sería imposible encontrar a una mujer tan feliz como ella en el mundo. ¡Cómo podía saber que llevaba dentro al último Profeta!

El nacimiento estaba cerca. En esos días, el ejército de Abrahah llegó a La Meca.

Abrahah, gobernador en Yemen del Rey de Abisinia, era un hombre idiota. Preparó un ejército de fuertes soldados para ocupar la Península Arábiga y especialmente para derribar la Kaba. En el ejército, había elefantes salvajes usados en lugar de los tanques de nuestra época. Hasta entonces, no había sido derrotado en ninguna guerra. Su ejército arruinaba las ciudades como una tempestad y llevaban la muerte a los lugares por los que pasaba. Según las noticias que recibieron, Abrahah se acercaba a La Meca. Al recibir las noticias, la gente de La Meca huyó de la ciudad y se refugió en las montañas.

Luego, dijeron a Abrahah que el líder de los Qurayshies quería hablar con él. Abdulmuttalip parecía muy seguro al entrar en la tienda de Abrahah. Cuando Abrahah le preguntó por qué venía, Abdulmuttalip le respondió así:

— Tus hombres han usurpado mis camellos; estoy aquí para pedirlos de vuelta.

Abrahah dijo sorprendido:

— ¡Qué raro! He venido para derribar la Kaba que es sagrada para ti y tú tan solo piensas en tus camellos.

Entonces, Abdulmuttalip dijo estas históricas palabras en respuesta:

— Yo soy el dueño de los camellos y la Kaba, a su vez, tiene dueño. Él protegerá la Kaba.

El ejército estaba enfrente de la Kaba. Abrahah iba a dar la orden y los elefantes gigantescos arruinarían la Kaba. Finalmente dio la orden de atacar.

Sin embargo, los elefantes no obedecieron. Permanecieron petrificados como una roca y no dieron ni un paso adelante. Como los elefantes iban a la vanguardia del ejército, el resto de los soldados no pudo avanzar. Abrahah preguntó a sus comandantes por qué no avanzaban los guerreros y los comandantes dijeron que los elefantes no querían moverse. Entonces dijo que los azotaran. Sin embargo, todo fue en vano.

De repente, los ojos de los elefantes se abrieron con un temor desconocido. No sólo estaban temblando sino que fueron presas del pánico y lanzaban gritos de temor. En ese momento, el temor cubrió los corazones de los soldados. Un hombre de La Meca gritó asustado ante el gran ejército de Abrahah:

— ¿Quién protegerá la Kaba del ejército de Abrahah?

Abdulmuttalip le respondió así:

— ¿No es la Kaba la Casa de Dios? Claro que el Dueño de la Kaba la protegerá.

Nada más terminar de hablar Abdulmuttalip, el cielo se cubrió de bandadas de pájaros del color de la oscuridad de la noche. Cada pájaro llevaba guijarros de fuego en su pico. Un ángel les dijo a los pájaros:

— Cuando yo me detenga sobre el ejército de Abrahah, los arrojaréis.

Aunque habían pasado tres días tras el sitio, los elefantes gritaban sin cesar de miedo. Cuando uno de los soldados miró al cielo, vio una nube oscura que venía de lejos sobre ellos y gritó:

— ¡Mirad lo que viene!

Todos los soldados miraron asustados a la cosa que se acercaba. Uno de ellos gritó temeroso:

— ¡No es una nube! ¡Es una bandada de pájaros, son miles! ¡Señor Mío!

Miles de pájaros que llenaban el horizonte, cubrían la luz del Sol. No se podían ver uno al otro. Un poco después, empezó a llover a cántaros guijarros de fuego. Cada pájaro descargaba el guijarro que llevaba en el pico. Los alrededores se convirtieron en un infierno. Nada más tocar los cuerpos de los soldados, los guijarros les quemaban. Dios castigaba así a los que venían a derribar la Kaba.

Abrahah huyó del campo con heridas de gravedad pero murió en el camino. Así, él y su ejército se convirtieron en dunas con las que jugaba el viento.

Había oculto un gran secreto en la protección de la Kaba por su Dueño. El nacimiento del último Profeta estaba cerca.

Ámina estaba soñando en el momento en que la gente de La Meca celebraba la salvación de la Kaba. Ella estaba en un vasto desierto. De repente, salía una luz brillante de su cuerpo. La luz crecía tanto que llenaba el espacio de este a oeste. Luego, la luz subía al cielo e iluminaba todo el cielo. Al despertarse, Ámina pensó qué significaría el sueño pero no pudo darle sentido.

Después de unos días, en el año del Elefante, el doceavo día del mes de Rabiu'l Awwal, un lunes al amanecer Ámina dio a luz a Muhammad.

Antes de su nacimiento, el mundo tenía sed de su existencia. Todo el mundo tenía hambre de amor, de piedad y de justicia. Habían pasado unos seiscientos años después del nacimiento de Jesús y los cristianos se habían desviado de su camino. Incluso, los judíos se habían ya olvidado de las doctrinas de Moisés y se dedicaban a cosas de este mundo dejando el otro, aparte.

Espiritualmente, el mundo era como un desierto. Los corazones que morían de sed esperaban a que su salvador les ofreciera agua. En ese momento, surgió una fuente de fe pura desde Oriente. Era una fuente de vida que saciaría la sed de verdad de la humanidad. Gracias al Poder Eterno de Dios, esa fuente surgía en el desierto más seco del mundo, en la Península Arábiga.

Así, mientras las dunas doradas se extendían hasta el horizonte, de lejos, en una casa modesta de La Meca, se lanzaban gritos de alegría. Nacía un huérfano, un huérfano que al crecer quitaría la sed de amor, de justicia, de libertad de todo el mundo.

Muy cerca de donde había nacido, ídolos de todas clases estaban esparcidos por la Kaba. Había centenares de ídolos hechos de piedra y de barro alrededor de la Kaba, lugar que Abraham e Ismael habían construido para servir a Dios el Único. La razón no actuaba. Las cabezas estaban entorpecidas y los pensamientos helados.

En una ciudad lejos de La Meca, en Medina había judíos que escapaban de los bizantinos para salvar sus vidas. Habían usurpado las tierras más fecundas de la ciudad y los bazares en los que se hacían compras. Aprovechando la total división de los árabes, habían construido un sistema colonial.

El Imperio Romano de Oriente, Bizancio, que estaba muy lejos de la Península Árabe, era como un águila vieja y enferma que solamente podía vencer a los débiles. Los romanos —como así se hacían llamar así mismos los bizantinos por ser herederos del antiguo Imperio Romano— adoraban al poder y a la autoridad también.

En la zona este de la Península se encontraban los persas que adoraban al fuego y al agua. Sacrificaban animales y se postraban ante el fuego que hacían en sus templos. El lago de Sawa que estaba en las fronteras del país era sagrado para ellos. Su rey se llamaba Cosroes y sus decisiones eran indiscutibles.

En esa época, los persas habían vencido a los romanos y poseían gran poder sobre el terreno. Económicamente eran muy poderosos pero la adoración al fuego como si de un dios se tratara demostraba la estupidez persa.

Pasando los días, las tinieblas que rodeaban todo el mundo se oscurecían más y más. La vida se había convertido en un bosque en el que los poderosos vencían a los débiles y donde el mal reprimía el bien. La razón entregada por el Creador a los hombres como un beneficio incomparable adoraba a las piedras o se rendía ante el temor que infundían los Reyes a los corazones.

En una atmósfera así nació un niño. En los primeros segundos que abrió sus ojos, el fuego sagrado adorado por los persas en los templos se apagó de repente. El lago de Sawa se secó. En la corte magnífica del rey Cosroes, las catorce columnas gigantescas se derrumbaron. Nadie pudo dar ninguna explicación a estos sucesos sin causa alguna aparente. Satanás, la fuente de la maldad, sintió que su corazón oscuro se partía de sufrimiento.

Esos sucesos extraordinarios demostraban la derrota de los poderes oscuros; la victoria de la razón sobre la esclavitud de las supersticiones era el símbolo de su regreso a Dios.

Nada más nacer el bebe, informaron a su abuelo. Abdulmuttalip fue a la casa de Ámina inmediatamente. Apretó al bebe contra su pecho, lo envolvió y lo olió. Luego, lo llevó a la Kaba y empezó a hacer el tawaf (dar vueltas alrededor de la Kaba). ¿Qué nombre tenía que ponerle?

Cuando llegó la noche y Abdulmuttalip se adormeció, vino el mismo ángel que le había dicho que abriera el pozo de Zamzam y le susurró al oído:

— ¡Ponle el nombre de Muhammad, que merecerá el elogio de todos en el Cielo y la Tierra!

Al día siguiente, la gente de La Meca le preguntó:

— ¿Qué nombre le has puesto a tu nieto?

Abdulmuttalip dijo:

— ¡Muhammad!

Entonces, preguntaron otra vez:

— Le has puesto un nombre diferente del de tus padres. ¿Por qué Muhammad?

Abdulmuttalip repitió las palabras del ángel:

— Quiero que Dios y los seres humanos le elogien. Quiero que merezca el elogio de los ángeles del Cielo y de los humanos en la Tierra. Y el tiempo demostró que él merecía el elogio de los del Cielo y de los de la Tierra.

Ese Gran Huérfano, había perdido a su padre cuando llevaba tres meses en el vientre de su madre. La madre lo abrazó, lo besó, apretó a su crío contra el pecho y empezó a esperar a las nodrizas que vendrían de las tribus del desierto. Según las tradiciones de esa época, las nodrizas venían a La Meca, cogían a los bebes de las familias ricas y nobles y regresaban a sus tribus. Las nodrizas los criaban hasta los 5 o los 6 años. Luego, los devolvían a las familias.

Como Muhammad era de una familia modesta, ninguna de las nodrizas quiso cogerlo. Mientras los otros bebes bebían la leche de las nodrizas, Muhammad tenía hambre. La Sabiduría Divina le preparaba para una gran misión futura. Dios enseñaba el significado del hambre y de la orfandad a Muhammad que abrazaría a los huérfanos y a los que tuvieran hambre y los llevaría al mundo de la salvación en el futuro.

Halima, una de las nodrizas, vino a la casa de Ámina y abrazó al bebé. Era una mujer pobre. Preguntó a los de la casa:

— ¿Quién es su padre?

— Murió hace tiempo.

— ¿Es rico su abuelo?

— No, no lo es.

Las otras nodrizas habían escogido a los bebés de las familias ricas y Halima se había quedado sin bebé. Miró a la cara brillante de Muhammad y dijo:

— Hace unos años que no tengo mucha comida y eres un pobre huérfano. No sé cómo me harás un favor. La verdad es que no quiero volver sin nada.

¿Cómo podía saber Halima que al abrazar el Huérfano su nombre sería escrito en la historia, con letras que no se borrarían? ¿Habría dicho lo mismo si supiera que el bebé que abrazó era el Señor de la humanidad?

Halima regresó a su tribu con un bebé huérfano. En realidad, ese huérfano era la fuente de la abundancia. Al regresar a su casa, Halima vio cómo beneficios de todo tipo empezaron a llover sobre su familia. Las tierras áridas se convirtieron en tierras verdes y fecundas, las palmeras secas reverdecieron y dieron gran cantidad de frutos. El número de ovejas aumentó sorprendentemente. Engordaron las vacas y la leche que daban se duplicaba. Halima comprendió el misterio de los extraordinarios beneficios. Sí, era el Huérfano bendito. Cuando Muhammad tenía cinco años, se realizó un milagro en su cuerpo. El Arcángel Gabriel había descendido al mundo para ejecutar un misterio. Le dijo que se echara al suelo, abrió su pecho y le lavó el corazón con el elixir de la misericordia iluminándole con luces divinas. En ese momento, Satanás gritó:

— ¡Ay de mí! ¡No podré ejercer influencias sobre su corazón! Desde ahora, sin descender ni un momento, subirá a los cielos.

Después de que Gabriel le lavara el corazón, los ángeles le dijeron:

— Este niño tendrá una dignidad que antes nadie pudo tener y desde ahora nadie podrá tenerla tampoco.

La vida de aquel niño cuyo corazón fue lavado con destellos divinos cambió totalmente. Al llamarlo «niño» mi pluma está temblando. ¿Podemos llamarlo «niño»? Es que Él vivía como un adulto cuando era niño. Mientras los otros niños jugaban, se sentaba a un lado, miraba al cielo y se sumergía en profundos pensamientos. La seria expresión de cara que tenía solamente la tenían los mayores.

Pasaron los años. Era la hora de separarse de Halima y encontrarse con su madre.

Muhammad experimentó con su madre Ámina la tristeza, que adquirió una forma extraordinaria en su cara. Un gran ejemplo de fidelidad, Ámina, no se había olvidado nunca de su fallecido marido.

Un día, levantó a su niño y se puso en camino hacia Medina para visitar la tumba de su marido. El sol quemaba mucho en los desiertos árabes. La distancia entre las dos ciudades era de quinientos kilómetros. Ámina, su niño de seis años y la sirvienta seguían por un camino en el que no se veía ninguna huella de vida.

Después de un viaje agotador, llegaron a Medina. Se quedaron un mes con los tíos de Muhammad y luego se pusieron en camino a La Meca. Ámina enfermó en el camino y unos días después murió. El Huérfano de seis años perdía así a su madre. El corazón de la vieja sirvienta Ummu Ayman que les acompañaba durante el camino lloraba por Muhammad, por el Sultán de los Profetas que había perdido a su padre antes del nacimiento y perdió a su madre cuando tenía seis años...





Un día, los Ashab-i Kiram ( los discípulos del Profeta) preguntaron al Profeta Muhammad:

— ¡Señor Mensajero de Dios! ¿Puedes hablarnos de ti?

El Mensajero de Dios dijo:

— Conocer a Dios es mi única posesión, la razón es la luz que me ilumina, el amor es mi único objetivo, encuentro consuelo en pronunciar la palabra de Dios, la tristeza es mi única amiga en la vida.





Él sufrió a lo largo de su vida para dar ánimo a las almas muertas. Los que le recordaban, hablaban de él como el Profeta de la tristeza, que sacrificó su vida por los demás.

Vivió en el medio del desierto con el corazón abierto a todos. La sociedad en la que vivió consistía de ignorantes, borrachos, idólatras, traficantes de alcohol, poetas, guerreros y líderes de las tribus. En esa extraña atmósfera del desierto, los corazones ignorantes se entorpecían pero las miradas de los corazones iluminados por la luz de la verdad estaban más abiertas. Las rosas revivían más hermosas mientras sus espinas se secaban.

Cuando era niño, la mayor parte de su tiempo lo pasó en silencio, mejor dicho, escuchando y pensando. No hablaba si no era de algo serio. Mientras los otros niños jugaban, él se sentaba en un lado, miraba las dunas que se reunían en el horizonte y pensaba. Se callaba pero el corazón y la razón actuaban a la perfección. Aunque era un niño, veía que la gente adoraba a los ídolos y se asombraba. ¿Cómo podían adorar a los ídolos que no podían hablar, ni podían oír y no podían hacer daño ni favor a nadie?

Como a su antepasado, el Profeta Abraham, los ídolos le parecían absurdos e insignificantes; por eso, nunca los adoró. Sin embargo, sentía mucho más que Abraham la situación de la gente. Estaba triste y afligido porque la razón, dada por Dios para encontrar la verdad, adoraba ahora a las piedras, al oro y al poder.

A veces se metía entre la gente y escuchaba a los que hablaban. Fue testigo de discusiones, desacuerdos y peleas. No valían la pena las causas de los asesinatos. ¿Cómo no podían comprenderlo? Al pensarlo, su confusión aumentaba y le invadía una gran tristeza.

¿No sabían que morirían un día? ¿Tenían sentido las luchas que tantas maldades traían para las personas?

Al crecer, disminuía su tendencia a los placeres y los bienes del mundo. Poco después, la gente de La Meca empezó a hablar de que él no se parecía a los demás. Él era diferente e incomparable.

A la hora de comer, si se posaba una paloma hambrienta a su lado, le dejaba su comida. Si se le acercaba un pobre gato o un perro sin dueño les daba el bocado de su boca. Si veía a un niño hambriento o un pobre desamparado, le regalaba su vestido sin vacilar. La verdad es que él era diferente. Muchas noches quedó hambriento porque había dado su comida a otro.

Tenía que trabajar para poder subsistir. Antes, trabajó como un pastor y luego fue comerciante. Cuando tenía trece años, Muhammad fue a Damasco con la caravana de su tío Abu Talip.

Durante el camino tuvo la oportunidad de ver de cerca las vidas de los habitantes de diferentes países. Al ver el ignorante estado en que se encontraba la humanidad se asustaba aún más. Dondequiera que fuera el ser humano era igual. El tiempo pasaba, el lugar cambiaba pero el ser humano no. Siempre las razones de las luchas eran las mismas en todas partes: el dinero, los propios intereses, el poder, los placeres del mundo.

Cada vez que veía que la humanidad se confundía entre las garras del ego y Satanás, se ponía muy triste, le dolía el corazón y meditaba profundamente.

Muhammad sabía bien que Su Señor, que había creado el Universo de la nada y lo había adornado con bellezas, no abandonaría a la humanidad. Antes de ser Profeta, le palpitaba el corazón con la fe de Dios. Sí, Muhammad, el Profeta de los Profetas vivía como un Profeta antes ya de serlo.

Mientras los jóvenes de La Meca estaban muy orgullosos del número de copas que tomaban y los poemas que escribían para las mujeres, Muhammad descubrió una cueva tranquila en una montaña grande. Era la cueva de Hira. Pasaba sus mejores momentos en la cueva de Hira. Allí, con todo su corazón y mente, profundizaba en el Universo y los misterios de la creación.

Cuando se casó con Jadiya, el tenía veinticinco años y Jadiya cuarenta. Jadiya era una mujer rica que se ganaba la vida por medio del comercio.

Jadiya sabía que Muhammad era el más fiel, el más leal y el más decente de su sociedad y le propuso ser el líder de la caravana comercial que lo llevaría a Damasco.

Muhammad ganó mucho dinero en Damasco y le entregó toda la ganancia hasta el último céntimo. Se admiró de que Muhammad cumpliera de ese modo con lo que se le había asignado. Poco después, le propuso a Muhammad casarse. La noche de la fiesta de compromiso, su tío Abu Talip hablaba de su sobrino Muhammad así: «No hay nadie parecido a él entre los jóvenes de La Meca. Es imposible encontrar a uno más decente y más inteligente que él. Su riqueza es poca pero la verdadera riqueza es la riqueza de su corazón».

Después de casarse Nuestro Profeta no abandonó el camino que había comenzado a andar para descubrir el misterio de la existencia. Cada mes de Ramadán se refugiaba en la Cueva de Hira y reflexionaba sobre el Poder Infinito del arte creador de una existencia tan magnífica.

De nuevo, un día del mes de Ramadán estando en la Cueva de Hira se sumió en profundas reflexiones. En ese instante se presentó ante él el Ángel Gabriel. Su interior se atemorizó ante dicha visión. El Ángel le dijo:

— Lee esto.

Nuestro Profeta le respondió:

— No sé leer.

El Ángel le pidió de nuevo que leyera. El Profeta respondió.

— Yo no sé leer.

Por ello Gabriel le dijo:

— Lee en nombre de Dios que crea de la nada.

Se abría entonces una nueva página en la vida del Profeta Muhammad. Dios le mandó la inspiración divina nombrándole profeta de la humanidad. Era el último eslabón de la cadena de profetas. Dios no mandaría profeta alguno tras Muhammad. Aunque la labor de los anteriores profetas se había limitado a determinadas sociedades, la misión de Muhammad era universal. De igual modo se enfrentó a las dificultades de las que habían sido víctimas los anteriores profetas: violencia, intrigas, burlas, intolerancia. Pero él las encaró incansablemente con paciencia, perdón e infinita resignación.

Era el año de la tristeza. En efecto, ese año pasó a la Historia como «el año de la tristeza».

Este año murió Jadiya, la esposa del Profeta Muhammad. Ella fue la primera en aceptar la Revelación. También su tío Abu Talib murió este año. Él había protegido al Profeta de las torturas de los mequíes.

La tribu de los Quraysh intentaba impedirle vivir en La Meca. Organizaron boicots contra los musulmanes y les prohibieron vender y comprar cosas. Morirían de hambre todos los musulmanes, si no adoraban a sus ídolos. Pero ese fue un intento vano.

Un día, el Mensajero de Dios rezaba ante la Kaba. Cuando estaba haciendo la sayda (la postración) los idólatras de Quraysh trajeron la tripa de un camello y la pusieron en los hombros del Profeta. Además de esto, pusieron piedras y tierra sobre ella y empezaron a burlarse de él. ¡Qué situación tan horrible! Al oírlo, su hija Fátima vino corriendo a la Kaba. Fátima se deshizo en lágrimas y mientras limpieba la suciedad de la cara de su padre, reprendía a los que lo habían hecho. Cuando el Profeta vio la situación de su hija, dijo para consolarla:

— ¡Hija mía! ¡No te preocupes! ¡Dios protegerá a tu padre!

La gente de La Meca le hizo sufrir mucho. Intentaba hacerles comprender la verdad por todos los medios. Sin embargo, sus corazones como piedras eran ciegos como los ídolos hechos por ellos.

El Mensajero de Dios buscaba un alma abierta a la verdad. Tocaba a las puertas y hablaba de Dios a cada ser humano. Sabía que debía ir a los pueblos vecinos de La Meca para mostrar el camino recto a la gente de estos pueblos.

Pensaba ir a Taif. Quizás podría encontrar a alguien para salvarlo de la incredulidad. Pero Taif está muy lejos de La Meca. El camino dura días hasta Taif. En el desierto hace mucho calor y tanto para los camellos más fuertes como para los humanos es muy difícil viajar allí. Los caminos que van a Taif son peligrosos. Pero los sufrimientos en el camino de Dios, en el camino de llamar a la gente a la salvación son sagrados, especialmente, si se puede encontrar a un alma abierta a la fe.

En su marcha a Taif había un hombre joven, Zayd ibn Hariza.

Llegaron a Taif y tocaron todas las puertas para mostrar a la gente el camino de la salvación. Hablaron de Dios a todo el mundo sin cesar. Las palabras que salían de su boca eran capaces de fundir las rocas pero los corazones eran más duros que las rocas. Sus almas estaban perdidas en la oscuridad profunda de la ignorancia y no quisieron creerlo.

Además de esto, reunieron a los hijos de Taif y les hicieron tirar piedras al Mensajero de Dios. Le manaba sangre por todo cuerpo al Profeta. Zayd Ibn Hariza, que intentaba proteger al Profeta de las piedras, también estaba herido de muerte. Se refugiaron en un jardín. Mientras Zayd intentaba quitarle la sangre frotando la cara del Mensajero de Dios, él miró hacia al cielo y dijo: «¡Señor Mío! Me quejo a Ti por mi debilidad, por la carencia de recursos y el desprecio que despierto ante aquella gente. Eres el Más Misericordioso de los misericordiosos, el Señor del oprimido y mi Señor. ¿En manos de quién me abandonas, a aquel forastero que mira con recelo y me hace muecas? ¿O a aquel enemigo a quien Tú has dado el dominio sobre mí? Si Tu indignación no es dirigida a mí, no tengo ninguna preocupación. Pero el deseo de obtener Tu gracia es lo más sublime para mí. Busco refugio en la luz de Tu Esencia, que alumbra toda la oscuridad y con la que los asuntos de esta vida y del Más Allá se han ordenado correctamente, no sea que Tu ira o Tu indignación desciendan sobre mí. Espero Tu perdón hasta que Tú estés satisfecho. No hay ningún recurso o poder sino el que Tú tienes».

Después de decir esto, notó que alguien le ofrecía un plato. Puso uvas sobre el mismo y se lo llevó a Muhammad. El Mensajero de Dios dijo «¡En el Nombre de Dios!» y empezó a comer. Esto sorprendió a Addas, ya que era la primera vez que él había oído esta frase entre los idólatras. Entonces preguntó al Profeta quién era y por qué había venido a Taif. Entonces, el Mensajero de Dios le preguntó a Addas quién era.

— Soy Addas, de Níneve.

— O sea eres de la ciudad del recto Yunus, hijo de Matta.

— ¿Cómo has oído hablar tú de Yunus el hijo de Matta?

— Porque él fue un profeta y yo soy un profeta también.

Entonces Addas se inclinó hacia él y le besó las manos y se hizo musulmán. Había encontrado al Mensajero que buscaba desde hacía muchos años.

Si no hubiera ocurrido este acontecimiento, el Mensajero de Dios habría vuelto de Taif muy triste. No estaba triste porque le hicieron sufrir, sino porque ninguno de ellos había creído en él. Pero ahora estaba muy feliz porque Addas creyó.

Cuando regresaron a La Meca, vieron las mismas caras y almas oscuras. Otra vez pena, sufrimiento, la mugre acumulada por los caminos, las espinas y torturas para los musulmanes.

El Profeta estaba triste mientras circunvalaba la Kaba. Se había puesto pálido de tanto llorar por la situación de la humanidad. En estos días, Dios preparaba un favor para su Mensajero.

Era la medianoche¼ En una casa humilde de La Meca, el Mensajero de Dios estaba descansando acostado sobre una estera en el suelo. Había un silencio sepulcral en el Universo. El silencio había alarmado su tienda, en los desiertos. Soplaba un viento de paz en los alrededores. Iba a ocurrir algo. Se callaron los animales salvajes del desierto, el Zamzam empezó a brotar sin ruido.

Cuando las alas de Gabriel tocaban la arena del desierto temblaba toda la Tierra. Al cabo de un rato entró en la casa de Ummu Hani, en la habitación en la que el Mensajero de Dios estaba descansando. El Arcángel Gabriel miró a la luz que asomaba en el rostro del Amado de Dios. Miró otra vez y quedó así.

No se sabe cuánto tiempo pasó¼ Gabriel estaba en la Tierra por una misión sublime. Sacudió el hombro del Profeta para despertarle. El Profeta abrió los ojos y al ver a Gabriel le sonrió. Gabriel dijo:

– ¡Gran Profeta! ¡La Paz sea contigo! Dios quiere mostrarte algunas de sus maravillas en el Universo.

Los dos amigos salieron juntos de la casa. El Profeta vio a Buraq que era una yegua de luz con alas como un águila. Buraq saludó al Mensajero de Dios, se inclinó para que ellos montaran. Los dos montaron y se fueron¼ Volaron como un arco de luz. Pasaron las montañas de La Meca, los desiertos de la Península Arábiga y fueron hacia el norte.

El Profeta Muhammad se bajo de Buraq, que volaba veloz como un rayo, y entró en Jerusalén con Gabriel. Vio que todos los profetas le esperaban en la Sagrada Mezquita, desde el profeta Adán hasta el profeta Jesús.

Los ángeles le ofrecieron dos copas, una de leche y otra de vino. Cuando el Profeta eligió la copa de leche, Gabriel dijo:

— Has elegido la naturaleza limpia y tu comunidad (Umma) elegirá la misma.

Los profetas le saludaron cuando lo vieron y entonces Gabriel dijo:

— Dios quiere que seas el imán de los profetas para dirigir la oración.

El Mensajero de Dios fue el imán de los profetas, se encaminó al mihrab y dirigió la oración. Los ángeles miraron el acto de oración realizado en Jerusalén con admiración. El Mensajero de Dios recitó las aleyas reveladas durante la oración. Se deshizo en lágrimas mientras leía; mientras lloraba, la congregación de los profetas también lloraba. Lloraba todo el Universo... Cuando se postraba el Profeta ante Dios, se postraban todos los demás y con ellos se postraba toda la naturaleza, los árboles, las montañas, los animales y las estrellas.

Los profetas desaparecieron uno por uno después de terminar la oración. El Profeta Muhammad y Gabriel salieron de la Mezquita y montaron a Buraq, empezando a elevarse.

En el primer cielo, el Profeta se encontró con Adán, el padre de la humanidad. El Señor de los Universos mandó a Gabriel que el Profeta subiera más, y él lo hizo. Pasó por los Cielos uno tras otro. Se preparaba para salir ante la Presencia Divina.Con respecto a la velocidad de su subida, Buraq iba lento. En el segundo cielo estaban Jesús y Juan. El Profeta les saludó. En este momento se oyó el grito de Dios: «¡Sube, mi siervo, más arriba!»

El Profeta Muhammad subió más. Entretanto, miró a su lado, pero no pudo ver a Gabriel. Volvió atrás y vio a Gabriel en su forma real.

El Profeta siguió elevándose. Por fin, subió hasta la Presencia Divina.

Allí, ante la Presencia Divina escuchó la Palabra Divina directamente de Él. El Señor de los Universos le dijo:

— ¡Te saludan Dios y los ángeles!

El Profeta Muhammad se postró. Estaba llorando de alegría. En lugar de las penas que había en su corazón, sentía tranquilidad y serenidad inexplicable. Dios mandó que allí el Profeta de los profetas y su comunidad hicieran la oración prescrita. En ese lugar que había surgido fuera de todo tiempo y espacio Dios dispuso de esta manera: «¡Muhammad! Tú y tu comunidad rezaréis cinco veces al día».

Esta era sin duda una gracia sublime. La gente podría a partir de entonces acceder a la Presencia de Dios. Podrían hablar directamente con Dios sin mediador. La oración tenía un significado grandioso porque gracias a las palabras del Profeta la oración significaba la ascensión de los creyentes. El viaje tanto espiritual como físico que el Profeta de los profetas hizo más allá de los cielos, lo harían también los musulmanes con su alma cinco veces al día.

Allí el Mensajero de Dios vio, escuchó y presenció cosas que ni siquiera en sueños podría nadie imaginar. No hay palabras para explicar todo lo que vio. Allí Dios y su más Amado Profeta hablaron directamente, sin necesidad de mediador alguno.

Después de este grandioso encuentro el Mensajero de Dios montó en su yegua Buraq y descendió a la Tierra de nuevo. Ya en su habitación, su cama estaba todavía caliente. Cerró sus ojos y se sumió en un profundo sueño. Su corazón estaba lleno de un inexplicable amor¼En su alma había tanta tranquilidad como la que gozaba en el Paraíso.

Pasaron muchos años. Aisha, la bendita mujer del Mensaje de Dios, les habló de esta manera a los niños que jugaban a la puerta de su casa:

— ¡Hablad en voz baja, el Mensajero de Dios está enfermo!

Los niños se callaron. Miraron a Aisha con ojos asustados de preocupación. Era cierto que desde hacía ya unos días el Mensajero de Dios no participaba de sus juegos. Su cara, que brillaba como el Sol cuando sonreía, había empalidecido.

Al entrar en su cuarto, se podía percibir cómo aquella espalda que durante muchos años había soportado el peso de los problemas de tanta gente, estaba totalmente cansada. Él fue el único en aceptar la misión que los Cielos, la Tierra y las gigantescas montañas no tuvieron el valor de hacer. Ésta era transmitir las órdenes que había recibido de Dios, salvar a la razón de los pensamientos maliciosos y venerar a Dios el Único. A la cabecera de la cama se encontraban por un lado el hijo de su tío Abbas, Fazil, y por otro Ali. Estaba enfermo, su salud se encontraba totalmente mermada...

Su esposa Aisha, tras acostar al Mensajero, le puso su mano sobre la frente bendita. Sintió que ardía. Con lágrimas en los ojos le dijo al Mensajero:

— ¡Mensajero de Dios! ¿Sientes dolores?

Para tranquilizar a su esposa sonrió y comenzó a dormir.

Nuestro Profeta vivió una vida de sacrificio desde el principio hasta el final. Como cuando fue a la cueva de Hira, ¡qué miedo y qué alegría sintió aquel día! Después, todo cambió y una tormenta de odio lo invadió todo. Los vientos le lanzaron a la cara toda clase de calumnias e insultos.

·¡Qué almas tan cerradas vivían en aquellas personas! El Mensajero estaba sólo en medio de las colinas que se extendían por el desierto, en sus labios una sonrisa y en su corazón la paz. Después, su llamada repentina a la multitud que se le presentó enfrente:

— ¡Pueblo Mío! ¡Escuchadme! ¡No hay más deidad que Dios!

Una breve frase salió de su boca pero fue suficiente para asustar a todos los poderes oscuros del mundo. Todos los ídolos tanto los materiales como los espirituales que habían invadido la faz de la Tierra se armaron contra él. No importaba cuál fuera aquel poder oscuro: los líderes, las riquezas, los tesoros, el diablo y sus siervos, las caras hipócritas y todo aquello que se veía amenazado por su existencia se enfrentó a él. Aquellas breves palabras fueron lo suficientemente fuertes como para destruirlo todo:

– ¡No hay más deidad que Dios!

Nuestro Profeta estaba en su casa de La Meca la noche de la Hégira. Todo estaba oscuro. Cuarenta mercenarios apostados en los alrededores de su casa, esperaban para matarlo. El Profeta quiso que Ali se acostara aquella noche a su lado. Poco después, como si nada hubiera pasado, abrió la puerta y permaneció en la oscuridad. Los guerreros de la incredulidad se apoderaron de lugar. Cogió un puñado de arena y se les arrojó a los enemigos a la cara. Poco después todos estaban dormidos. El Mensajero de Dios logró salir tras vencer el cerco. ¿Quién podría enfrentarse a Dios?

Los días pasaban y su camino no llegaba a su fin. Los desiertos de la Península Arábiga quemaban como el fuego. Cuerpos cansados, labios resecos y dunas sin fin.

Los idólatras de La Meca les perseguían. Poco después, él y su buen amigo Abu Bakr se refugiaron en una cueva oscura. No tenían armas pero sí muchas sus enemigos. Los idólatras ya estaban a las puertas de la cueva. Si cualquiera de ellos hubiera asomado la cabeza, podría haberlos visto. Sin embargo, Dios mandó una paloma a la cueva que inmediatamente hizo allí su nido y se posó, haciendo un nido y colocando allí sus huevos. Una araña enseguida tejió su tela cubriendo la entrada. Estas eran las armas del Mensajero de Dios: una paloma y una araña.

Al ver los idólatras tanto el nido como la tela pensaron que nadie podría haber entra en la cueva desde hacía años y se volvieron. La frágil tela y los delicados huevos de paloma se habían convertido en espadas cortantes y armaduras de hierro. Así fue cómo se salvaron el Mensajero y su amigo.

El Profeta de los profetas entraba en Medina. Los Ayudantes los recibían con alegría y hospitalidad. En aquel momento en el que su familia y sus parientes lo habían abandonado el pueblo de La Meca lo acogía¼ Él era un Sol y ellos eran las estrellas que lo rodeaban como un halo. Ese día fue cuando el Islam empezó a establecer su civilización en Medina, antes se habían formado las personas que lo conseguirían encumbrar.

La obligación de armarse y luchar recaía sobre el Profeta de la Misericordia.¿Qué otra opción tenía si no ésta? El ejército de la oscuridad vino a Medina para destruir el luminoso mundo que había establecido el Mensajero de Dios. No había más alternativa que la ley del talión igual que, si ellos les hubieran ofrecido una rosa, los musulmanes les habrían puesto a sus pies una rosaleda.

Comenzaron las batallas entre ellos. El número de los soldados enemigos multiplicaba el de los musulmanes. Al comenzar la batalla se levantó una gran nube de polvo. El sudor y la sangre de los guerreros se mezclaron. Se dispararon flechas, chocaron las espadas. La muerte se llevó a muchos de los soldados de la batalla.

Por un momento pareció que los musulmanes se debilitaban. Cuando los idólatras pensaban que habían ganado, la voz del Mensajero de Dios retumbó en el campo de la batalla:

— ¡Soy el Mensajero de Dios, Muhammad! ¡Soy el nieto de Abdulmutalib!

El Gran Comandante reunió a sus tropas y así fue como el ejército musulmán venció a los enemigos. Para celebrar la victoria con los suyos, el Mensajero de Dios se sentó con ellos. Repartió el botín de guerra entre todos, excepto entre los Ayudantes. Entre los Ayudantes, algunos que acababan de convertirse al Islam y que todavía no habían alcanzado la madurez deseada, pensaron que el Mensajero de Dios se había olvidado de ellos.

Esto podría haber traído la discordia pero el Mensajero de Dios era perspicaz y solucionaba los problemas fácilmente. Reunió a los Ayudantes en un lugar apartado y les lanzó este discurso histórico:

— ¡Ayudantes! He oído que en vuestro fuero interno os sentís ofendidos por mí. Si les he dado a algunas personas una parte del botín, era para hacerles querer el Islam. La recompensa de la fe no se encuentra en el mundo terrenal. Mientras otros vuelven a casa con pagos terrenales como un camello o una oveja, ¿no os gustaría a vosotros regresar conmigo? Juro por Dios que si el resto de las personas fueran hacia un valle y los Ayudantes se dirigieran hacia otro distinto, yo, sin dudarlo ni un segundo, ira con los Ayudantes. Si no hubiera formado parte de los Emigrantes, no sabéis cuánto hubiera deseado ser uno de vosotros. ¡Que Dios proteja a los Ayudantes, sus hijos y sus descendientes!

Todos lloraron de emoción y exclamaban hasta que sus fuerzas lo permitían: «¡Dios y su Mensajero nos basta!».

El Profeta de los profetas entraba en La Meca tras el cansancio de la lucha. Había sido un día maravilloso. El ejército del Islam descendía por las montañas de La Meca hacia la ciudad como un diluvio imparable. Diez mil soldados armados iban a la ciudad. Aparte de los ojos el resto de los cuerpos iba cubierto por una armadura. Las espadas del ejército de la luz brillaban bajo el Sol. Las tropas iban en formación. Los arqueros, los soldados, los caballeros, los Ayudantes, los Emigrantes y a la cabeza de todos el Profeta de los profetas.

Volvía con un gran ejército a la ciudad que él había abandonado una noche junto a su gran amigo Abu Bakr. La Meca, en donde se había ordenado a un grupo de mercenarios para asesinarlo, era la que se entregaba ahora a sus pies. Era un Gran Comandante pero nunca se olvidó de que todas aquellas gracias venían de Dios. Entró humildemente en La Meca con la cabeza inclinada sobre la montura.

La gente de La Meca, reunida esperaba que de su boca salieran castigos terribles. El Profeta de la Misericordia se les acercó y dijo: «Podéis iros, sois libres. Hoy no habrá venganzas. ¡Que Dios os perdone!»

El Profeta de los Profetas limpió la Kaba de estatuas de ídolos y le mandó hacer la llamada a la oración a Bilal. La Kaba volvía a ser la misma. A partir de entonces los musulmanes venerarían allí a Dios, el Único.

Tras ello el Mensajero cayó enfermo. El Profeta de los profetas se despertó con los silenciosos llantos de su esposa Aisha. Miró largo y tendido a su esposa. Le dolía mucho la cabeza pero intentó disimularlo apretando los dientes. Le miró a los ojos y le sonrió. Después otra vez cerró sus ojos.

El Mensajero de Dios abrió los ojos de nuevo y no encontró a nadie a su lado esta vez. La fiebre era alta. Su cuerpo era presa de los dolores. Llamó a Aisha y le pidió agua fría. Las esposas del Profeta empezaron a echar agua fría sobre él para bajarle la fiebre. ¿Habría algo todavía por decir a la gente?

Le había enseñado todo a su gente. Si ellos abrazaban el Corán y los dichos y hechos del Profeta de los profetas nunca se equivocarían.

El Profeta de nuevo cerró los ojos y comenzó a dormir.

El Mensajero decía las últimas palabras sobre Dios a sus más de cien mil Compañeros en la Peregrinación (Hayy) de Despedida. Les hacía sentir a esa congregación bendita que el momento despedirse de este mundo estaba cerca.

Enviaba a Muaz a Yemen para enseñar el Islam allí. El Mensajero de Dios, al tomar Muaz las riendas de su caballo, le dio el último consejo:

— Los que actúen como auténticos creyentes de Dios estarán conmigo en el otro mundo, así como los que Le amen y tengan temor de Él.

El Profeta Muhammad era el símbolo de la misericordia, la auténtica hermandad y la humildad para todas las personas. Fue el mayor líder visto nunca antes por nadie, pero vivió como uno de nosotros. Siempre, se dirigía a sus Compañeros de este modo:

— Soy el siervo de Dios, cuando habléis de mí decid «Muhammad, el siervo y Mensajero de Dios».

Sus Compañeros solían ponerse de pie cuando lo veían pero él les pedía que no lo hicieran y se sentaba donde hubiera lugar libre. Solía preocuparse por sus Compañeros e intentaba solucionar sus problemas. Jugaba con los niños y los sentaba en su regazo. No diferenciaba a ricos de pobres y aceptaba las invitaciones de todos. Si alguien estaba enfermo iba a verlo aunque estuviera al otro lado de Medina.

Cuando se encontraba con alguien él era el primero en saludarlo. Si mientras rezaba, alguien venía a consultarle algo, paraba la oración y, después de resolver el problema, volvía a retomarla. De toda su gente él era el más sonriente, el de mejor corazón y el más generoso.

Hacía sus tareas él mismo y ayudaba a sus mujeres en las tareas de la casa. Lavaba sus ropas, cosía las roturas de sus vestidos. Ordeñaba las ovejas y reparaba sus sandalias. Era muy humilde; comía con los siervos, ayudaba a los pobres y necesitados. Cuando rezaba, sus nietos se le subían a los hombros y él les permitía jugar allí.

Era tan generoso que no sólo pensaba en los humanos sino también en los animales y los árboles. Abría la puerta de su casa a los animales que tuvieran frío. Alimentaba a los animales, los cepillaba y curaba sus heridas. Protegía a los árboles. Advertía a los ejércitos musulmanes que iban a la batalla así:

— ¡No matéis a los niños, a los viejos, a las mujeres ni a las personas religiosas! ¡No derribéis las casas! ¡No cortéis los árboles!

Repartía toda su riqueza por Dios. Aunque él tuviera hambre alimentaba a los niños, a las mujeres pobres y viudas. No acumulaba nada para el futuro ni el día de su muerte, aunque gobernaba toda la Península Arábiga, su armadura estaba empeñada a un judío a cambio de una comida para su familia.

El Profeta de los Profetas abrió los ojos. Gabriel le estaba mirando en la cabecera de la cama. Gabriel le dijo:

— ¡Mensajero de Dios! ¡Saludos! El ángel de la muerte pide permiso para salir ante ti. Él nunca ha pedido permiso a nadie y nunca lo pedirá después de ti tampoco. Dios te ofrece dos opciones: vivir bajo los placeres mundanos o unirse a Él. Puedes elegir lo que quieras.

El Profeta Muhammad, el Profeta de los Profetas, dijo:

— ¡A Rafiq al-A'la! (¡Al Amigo Más Alto!)

Gabriel dejo paso a Azrail, el ángel de la muerte. Cuando Azrail entraba en el cuarto del Mensajero de Dios, sus alas tocaban al cielo. Y le saludó con una reverencia.



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