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 los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos (lllparte)

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nadia hmaidi

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MensajeTema: los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos (lllparte)   Sáb 26 Jun 2010 - 3:10




El Profeta Adán
Cada historia empieza en un lugar y en un momento determinado y habitualmente el héroe es un ser humano. Se empieza generalmente con «Érase una vez...», «Antiguamente...» o «Hace miles de años...» pero lo que contaré a continuación es diferente, porque nuestra historia se inicia antes de la creación del ser humano. Al principio de esta historia no existían ni el tiempo ni el espacio.

Anterior al tiempo... Anterior al espacio...

Solamente existía Dios, que alabado sea, y no había nada más que Su Presencia. La paz y la magnificencia, la belleza y la grandeza infinitas sólo Le pertenecen a Dios. No existía ni la Tierra, ni la Luna y el Sol, ni las estrellas, sino solamente Su Luz Divina. La razón no tenía ningún poder ni ninguna capacidad para comprender dicha Luz. Es algo tan imposible como si un niño que está cavando un hoyo en la playa intentáse meter toda el agua del mar allí.

Como he dicho antes, anterior al tiempo... anterior al lugar...

Dios quiso crear la existencia, la Tierra, el Sol, la Luna y las estrellas... Adornar el mundo con mares azules y peces en sus aguas, con los vientos que corren, con flores de muchos colores y mariposas que juegan con ellas, con las aves que surcan los cielos...

Cuando Dios quiere algo Su orden es tan sólo «¡Sé!» y entonces se hace realidad.

Dios quiso que el Universo, el Mundo y todas sus criaturas fueran creados en seis días. De este modo se creó el Universo, aunque estos seis días son diferentes de los días humanos porque un día de la Tierra se completa con una vuelta de ésta alrededor de sí misma, claro que en estos tiempos no existían ni el mundo ni el Sol... entonces, el concepto de día era también diferente. Llamamos a estos días «los Días Divinos».

Estos días tienen peculiaridades propias. Quizás un día divino es igual a miles de años, miles de siglos terrenales. Nadie puede saberlo porque es una información oculta y está fuera de los límites de la inteligencia humana. Solamente se podría saber si Dios así lo quisiera.

Dios nos informa que ha creado los Cielos, la Tierra y todas las criaturas en seis días y es el Único Señor y Soberano del Universo. Además todas las criaturas reverencian Su poder magnífico. Se postran ante Su eterna excelencia y admiran Su belleza incomparable.

Todas las criaturas Le necesitan para sobrevivir pero Él no necesita a nadie ni a nada porque es el Dueño, el Señor de todo, Él es la riqueza infinita. Todas las criaturas en el Universo precisan Su generosidad. Dios creó a las criaturas de la luz en los Cielos, creó a los ángeles como soldados bajo sus órdenes. Ellos no saben ni comprenden el significado de la rebeldía, siempre obedecen Sus órdenes fielmente.

Más aún, Él creó a los genios procedentes del fuego, les hizo invisibles, les permitió habitar en el Cielo y en la Tierra. Algunos son malvados pero otros son buenos. Vivieron en el mundo también criaturas gigantes pero eran rebeldes y luchaban entre si sanguinariamente.

Más tarde, la Voluntad Divina quiso crear al ser humano. Les dijo a los ángeles:

— Crearé un ser que guíe la Tierra.

Los ángeles observaron el mundo y vieron que todas las criaturas eran malignas y rebeldes. Por el contrario ellos —los ángeles– siempre daban gracias a Dios y se postraban ante Su eterna Excelencia, adoraban Su belleza impecable y Le rezaban. Los ángeles Le preguntaron para mostrar su disposición a aprender:

— ¿Quieres crear a alguien que siembre el mal y derrame sangre, mientras nosotros Te alabamos, celebramos Tu grandeza y proclamamos Tu santidad?

Los ángeles eran criaturas puras. No pensaban sino en la bondad. Por eso, suponían que el objetivo de la creación era la adoración y dar gracias a Dios. No sabían nada más, pues este era el único objetivo de su existencia. Era obvio que no conocían los misterios de la creación de los diferentes seres. Dios respondió:

— Yo sé aquello que no sabéis. Sé por qué crearé a Adán[1]; hay tantas cosas que no conocéis.

Adán no sería como las criaturas sanguinarias del mundo ni tampoco sería como los ángeles. Era diferente, una nueva criatura. Fue creado para desvelar en la Tierra un gran secreto divino: la sabiduría de la ciencia.

Dios les dijo a los ángeles que crearía al ser humano del barro y le daría vida dotándole con una forma bella. Entonces los ángeles se postrarían ante él. No era adoración sino una muestra de respeto. El sumo creador tomó un puñado de tierra. En éste había varios colores: negro, blanco, amarillo, rojo, etc. Por eso los seres humanos tienen diferentes tonos de piel. Derramó agua sobre el puñado de tierra y elaboró barro, dotándole al final de forma humana y de alma.

Más tarde el cuerpo de Adán cobró vida y se movió. Empezó a respirar... Abrió los ojos... Miró a su alrededor... Y vio a los ángeles que se postraban, excepto uno, que permanecía de pie y no lo hacía. Adán no sabía de qué clase era esta criatura ni quién era. Aún no sabía cómo se llamaba.

Dios preguntó al que no obedeció la orden de postrarse:

— Iblis, ¿por qué no te has postrado ante aquel que he creado con Mis manos?

Iblis le respondió en voz baja:

— Yo soy superior a él; lo has creado del barro y a mí, del fuego.

— ¡Márchate de aquí! ¡Date por expulsado! ¡Te maldigo hasta el Día del Juicio Final!

Iblis fue expulsado de la misericordia de Dios pero siguió amenazando a Adán. Decía con insolencia que era superior a éste.

Adán se conmovía cuando veía lo que estaba pasando a su alrededor... El amor, el miedo y el horror... Amor hacia el único Creador que le había creado y le había ensalzado de entre todas las criaturas dando la orden de postrarse a los ángeles. Miedo ante el enfado divino, que excluyó a Iblis de la misericordia. Y por último, el horror hacia el tratamiento rencoroso de Iblis, lleno de un odio que anhelaba todo el mal para Adán.

Adán conoció a su enemigo en los primeros minutos de su vida. Cuando Dios dio la orden de postrarse, Iblis estaba entre los ángeles. Pero no era un ángel, sino un genio malvado.

Al desobedecer la orden de postrarse ante la existencia de Adán, fue excluido de la misericordia divina. Adán comprendió que Iblis era el símbolo de la maldad. Y que los ángeles son el símbolo de la bondad pero ¿y él? ¿Qué representaba él? No sabía nada de esto, ni tenía una opinión formada.

Por fin, Dios le reveló los secretos de su existencia y de su estructura, las razones de que sea superior a los demás. Adán escuchó a Dios y de este modo aprendió todos los nombres de la creación.

Enseñó a Adán la ciencia de nombrar las cosas, le enseñó los secretos para representar a las criaturas con símbolos: esto es un pájaro, una estrella, un árbol, una montaña, una manzana, etc. Adán aprendió los nombres de todas las criaturas. Aquí el nombre no es algo tan simple; significa la ciencia, la razón. El objetivo de la creación del ser humano, el misterio que hace a Adán superior al resto de las criaturas. Luego Dios se dirigió a los ángeles y dijo:

«¡Decidme los nombres de las criaturas!»

Los ángeles miraron a las cosas pero no pudieron pronunciar ni siquiera un solo nombre. Confesaron su ignorancia y pidiendo perdón dijeron:

«¡Oh, Sublime! ¡Gloria a Ti! No sabemos más que aquello que Tú nos has enseñado. Es obvio que eres el Omnisciente, el Sabio. Comprendimos una vez más que Tu sabiduría es eterna y hay miles de secretos escondidos en Tus actos».

Entonces Dios le dijo a Adán:

«¡Infórmales acerca de los nombres!»

Adán nombró cada cosa y dio información sobre las criaturas a los ángeles que le escuchaban con suma atención y admiración. Sí, él lo sabía, poseía la misteriosa capacidad del saber. Era la cualidad que le hacía superior a los demás: la capacidad de aprender y enseñar.

Entonces los ángeles comprendieron la razón de la orden de postrarse ante él. Más aún, comprendieron la razón del nombramiento de Adán como califa de Dios en la Tierra: era la información, la ciencia. Construiría civilizaciones y daría forma a la vida terrenal gracias a la ciencia.

A veces, Adán compartía lo que sabía con los ángeles. Pero, la mayor parte de su tiempo, los ángeles veneraban a Dios. De vez en cuando Adán se sentía solo. Un día, al despertarse, vio a una mujer. Estaba de pie y mirando a Adán con resplandecientes ojos. Adán le dijo:

— No estabas aquí antes de que me durmiera, ¿verdad?

— Sí.

— Entonces, ¿viniste cuando estaba durmiendo?

— Si, es cierto.

— ¿De dónde viniste?

— De ti, tú me originaste. Cuando estabas durmiendo Dios me creó de una de tus costillas.

— Y ¿por qué te creó Dios?

— Para que no te sientas solo y seamos felices.

— ¡Gracias a Dios! De verdad que empezaba a sentirme solo.

Los ángeles preguntaron a Adán el nombre de la mujer:

— Eva, les dijo.

— ¿Por qué Eva?—preguntaron los ángeles.

— Porque es carne de mi carne, es parte de mí. Eva significa la que está viva, el ser.

Dios ordenó a Adán y Eva habitar en el Paraíso. Entraron juntos en el paraíso y vivieron allí felices, con comodidades, de manera relajada. Aunque también tuvieron la más amarga experiencia de su vida.

La vida en el Paraíso fue como un dulce sueño.

A veces, cuando soñamos, distinguimos algunas cosas buenas y queremos que se hagan realidad: cuando las realizamos somos felices como pájaros surcando los cielos. En el Paraíso los sueños se realizan aunque estos sean imposibles. Lo que se desea se hace realidad de repente, basta con desearlo de corazón. Se realizan los sueños, la comida y bebidas se encuentra en abundancia, la comodidad, la tranquilidad y la felicidad... Los colores de las criaturas del Paraíso son transparentes y luminosos. Hay olores agradables en todos los lugares, paisajes mágicos.

Adán estaba rodeado por innumerables bendiciones y Eva había sido creada para completar su felicidad. Ya no se sentía solo. Daban paseos, se divertían juntos, compartían sus ideas y su felicidad. Escuchaban los cantos de los ruiseñores sobre las ramas de los árboles del Paraíso, los rezos de los ríos que seguían su curso, la mágica música del Universo ajenos a lo que significaban las penas y el dolor. Se conmovían y veneraban a Dios.

·Dios (alabado sea) les permitió disfrutar de todo lo que desearan, dónde y cuándo quisieran, a excepción de un árbol: «¡No os acerquéis a este árbol! ¡Si no, os causareis mucho mal, formareis parte de los injustos!». Es posible que éste fuera el árbol del mal, de las penas.

Adán y Eva sabían que no tenían que acercarse a este árbol prohibido. Pero Adán era humano[2]. Como las intenciones de Iblis eran perversas y sabía que Adán era un ser humano y, por ende débil, le susurraba sin parar al oído con gran rencor:

«¿Sabes por qué está prohibido acercarse a este árbol? Porque es el árbol de la inmortalidad. Cuando comáis de sus frutos seréis inmortales. Seréis ángeles hasta la eternidad».

El tiempo pasaba y cada día Iblis intentaba inculcar pensamientos malignos en la mente de Adán y Eva. Por fin, decidieron comer de los frutos del árbol prohibido. Se olvidaron de que Iblis era su mayor enemigo. Adán tomó una fruta de las ramas del árbol y se la dio a Eva. Eva la comió y luego Adán también.

Al comer la fruta del árbol prohibido empezó a dolerle el corazón a Adán. Sintió pena, tristeza y arrepentimiento. La mágica música que le emocionaba cesó y todo lo que había a su alrededor adquirió colores marchitos, como un día de luto. De repente se dio cuenta de que estaban desnudos. ¡Señor Mío! Se avergonzaron y recogieron hojas para taparse, para cubrir sus cuerpos.

Dios les ordeno abandonar el Paraíso, Adán y Eva descendieron al mundo y abandonaron la feliz condición en la que se encontraban. Ya no estaban en el Paraíso. Adán gemía de arrepentimiento, Eva lloraba de tristeza. Retornaron a la misericordia de Dios gracias a las Palabras reveladas por Él.

Como Dios es el Misericordioso, les perdonó pero a partir de ese momento vivirían en el mundo hasta el Día del Juicio Final.

Así empezó la vida terrenal, trabajos sin cesar en la Tierra, dificultades y cansancios interminables... Adán comprendió que salir del Paraíso había significado dejar atrás la comodidad, la tranquilidad y los beneficios sin esfuerzos.

Aquí, en el mundo, debían construir sus hogares. Debían sembrar y segar, cultivar la tierra en suma, para poder alimentarse. Se veían en la necesidad de coser ropas para taparse así como armarse para proteger a su familia de los animales salvajes.

Especialmente, no tenían que olvidar su lucha contra Iblis, el cual era la verdadera causa de la expulsión del Paraíso. Mas Iblis intentaba tentar a sus hijos también.

La lucha entre la bondad y la maldad duraría sin cesar. No hay miedo ni pena para aquel que confíe en Dios. Si hay pena y castigo para quien rechace las palabras reveladas y obedezca a Iblis, en ese caso juntos arderán en el fuego del infierno. Esta regla no cambia nunca.

Adán lo comprendió gracias a las dificultades de la vida y sufría por ello. A pesar de todo, haber venido al mundo como un rey le consolaba en su tristeza. Él era el Señor de la Tierra. Sembraría y segaría, levantaría civilizaciones, pueblos, ciudades, tendría hijos e hijas y daría forma a las cosas para que lo bello fuera aún más bello todavía.

La vida es una prueba y el mundo era el lugar en el que se desarrolla dicho examen. Adán y Eva tuvieron muchos hijos y nietos. Les instruían la obediencia a Dios y les advertían de las trampas de Iblis, ya que aprobar el examen de este mundo significaba vencer a Iblis.

Ambos empezaron a tener descendencia y cada vez nacían hermanos gemelos: una hija y un hijo. Adán emparejaba un hijo de un parto con una hija del otro. Pero Caín, uno de los hijos de Adán, quiso casarse con la hermana nacida del mismo parto y, según la norma de Adán, la chica joven tenía que casarse con Abel (el otro hijo de Adán). Caín insistió en casarse con la chica. Entonces, Adán les sugirió hacer una ofrenda a Dios para que aceptara a uno de ellos y de este modo se casaría con la joven. Abel ofreció su más querido y rollizo carnero pero Caín ofreció uno flaco. Dios aceptó la ofrenda de Abel.

Iblis inculcó en Caín rencor y odio, engañándole. Le gritó a su hermano Abel:

— ¡Te mataré!

Abel tenía una personalidad tranquila. Le respondió a Caín:

— Si tú me pones una mano encima para matarme, no responderé a tu afrenta pues temo a Dios, el Señor del Universo.

Iblis estaba jugando con la mente de Caín. La Tierra vería la discordia por primera vez de manos de Caín.

Hacía mucho calor. Abel estaba durmiendo bajo la sombra de un árbol. Caín estaba escondido, salió, portando el hueso de un animal muerto. Se acercó a Abel y le golpeó en la cabeza con el hueso. La inocencia de la cara de Abel estaba manchada de sangre, Abel murió. Este fue el primer asesinato en la Tierra. Había caído en el juego del demonio. Era una trampa de Iblis para toda la humanidad. Y sin embargo, ¡cuántas veces Adán les había advertido de él!

Cuando vio el cadáver de su hermano, Caín se despertó de una pesadilla. Allí, Abel yacía sin moverse. Le sacudió el hombro pero no sirvió de nada. Gritó de arrepentimiento. Era inevitable, le dio pánico pensar en dónde ocultar el cadáver. Más tarde, oyó el ruido de un cuervo. Caín vio que un cuervo negro horadaba la tierra al lado de otro cuervo muerto. Quizás había matado a su hermano también. Después, el cuervo llevó el cadáver de su hermano al agujero y lo enterró. Caín se dijo a sí mismo:

«¡Ay de mí! ¡No soy capaz de ser ni siquiera como este cuervo!»

Luego, hizo un agujero en la tierra, enterró a su hermano y se escapó lejos de allí; el asesino huyó después de esconder el cadáver.

El Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y le salve) estaba hablando con sus discípulos. Cuando recordó el primer asesinato en la tierra pronunció estas hermosas palabras: «A Caín se le responsabiliza con el mismo castigo por cada asesinato que se comete en la Tierra porque es el primer asesino en el mundo».





Cuando Adán se enteró del asesinato, se apenó. Aunque había advertido acerca de Iblis a sus hijos, uno de ellos fue engañado y no pasó la prueba terrenal. Ese era el significado de la aventura en el mundo: luchar contra Iblis hasta la eternidad para poder regresar al Paraíso perdido.

El tiempo avanza inexorablemente...

Los días siguieron a las semanas, las semanas a los meses, los meses a los años... Pasó el tiempo y una noche soplaba un fuerte viento... Temblaron las hojas de un árbol viejo que Adán había plantado con sus propias manos. Las ramas del árbol se inclinaron hacia la superficie del lago que se encontraba delante. Los frutos rozaban el agua. El árbol se alzó cuando el viento cesó. El agua se filtró entre las ramas, cayendo por éstas un sinfín de gotas: el árbol estaba llorando, inclinado hacia el lago...

El árbol estaba muy triste. Le temblaban las hojas y las ramas. Las estrellas centelleaban en el cielo también. La Luna estaba mirando al mundo con un semblante resplandeciente como la plata. Sentía que estaban ocurriendo cosas importantes pero no sabía qué eran. Entonces ordenó a los rayos de luz:

«¡Id al mundo e informadme!»

Los rayos de luz se elevaron y alcanzaron el mundo. Iluminaron las montañas, los ríos, los mares y los valles y se sobrecogieron pues todas las criaturas lloraban cabizbajas. Los rayos de luz de la Luna entraron en la habitación de Adán para conocer el misterio del luto que envolvía toda la Tierra. La luz alumbró la cara de Adán. Estaba pálida pero feliz. La Luna comprendió que el momento de su última exhalación estaba próximo... Y rompió a llorar.

La habitación de Adán era muy sencilla. Una cama elaborada de ramas y rosas, y sobre ésta un hombre inocente con barba blanca: Adán. Sus hijos le rodeaban, esperaban las palabras que iban a salir de su boca, su testamento.

Adán habló y se dirigió a todos sus descendientes.

— Tan solo hay una embarcación a la que poder aferrarse, para lograr la salvación de toda la humanidad. Únicamente tenemos un arma para luchar contra Iblis—dijo.

Esta embarcación es la fe y el arma es la Revelación Divina mediante los Profetas. En la lucha del ser humano contra Iblis, Dios ayudaría a los humanos. Les enviaría guías y profetas que los llevaran de vuelta al Paraíso. Quizás tuvieran diferentes nombres, hicieran diferentes milagros, con diferentes cualidades pero convergirían todos en un mismo punto: la obediencia a Dios, que es el Único.

Adán, aquél que fue el primer hombre y el primer Profeta, enunció su testamento. Cerró los ojos que ya le pesaban mucho. De repente vio a los ángeles que le rodeaban y le saludaban. Su vista se fijo en uno de ellos: el ángel de la muerte. Tenía un corazón lleno de serenidad¼ sonrió y su alma se llenó con los aromáticos y agradables olores del Paraíso.

[1] En el Corán es nombrado como «Adem».

[2] Humano: la palabra en lengua árabe para humano es «insan» y en dicha lengua «insan» procede de la etimología nisyan que significa «aquel que se olvida, el que tiene sentimientos complejos en corazón, aquel con un espíritu débil».


El Profeta Abraham«Ibrahim».


Las tinieblas se extendían por todo el mundo. Los hijos de Adán fueron engañados por Iblis una vez más y abandonaron la obediencia a Dios. Algunos adoraban a los ídolos hechos por sí mismos, otros adoraban a los árboles gigantes, a las estrellas, a la Luna y al Sol. La razón no reinaba allí, los corazones estaban entorpecidos y la conciencia encadenada.

En aquellos días surgió una nueva religión: la adoración de los reyes. El rey de Babilonia aseveraba que él era un dios. Algunos hombres que le rodeaban, unos guiados por la ignorancia, y otros por sus intereses, creían que era un dios. Los dignatarios de la sociedad, los adivinos de los templos, los ricos y los fuertes tiranizaban a la población y recaudaban abusivos impuestos esquilmando los bienes a los indefensos. Los llantos de los niños, los débiles, los miserables y los pobres siempre gemían de dolor y de hambre.

La gente se había equivocado. El bien y el mal, la luz y la oscuridad se habían confundido. Los caminos estaban mezclados. Los hijos de Adán necesitaban a un nuevo guía, a un Profeta que enseñara el camino recto y los secretos de la creación. Este Profeta tenía que ser lo suficientemente fuerte como para luchar contra todas las formas de negación del Señor del Universo. Entonces, Dios eligió a Abraham[1] como Profeta.

Abraham era un regalo de la Misericordia Divina a la humanidad. Cuando era todavía un niño, su padre murió y quedó huérfano, siendo criado por su tío. Abraham quería a su tío como si de su padre se tratase. Su tío era uno de los escultores de la ciudad y construía ídolos. La gente respetaba a este hombre que hacía sus ídolos, es decir, sus dioses. Su infancia discurrió en una familia así.

La Misericordia Divina llenó su mente y corazón con el amor, la compasión, la piedad y la sabiduría y le hizo puro. Él veía ídolos y estatuas extraños por toda la ciudad, en el mercado, en las casas, en los jardines. Su padre los hacía. Un día, le preguntó a su padre qué eran. Cuando su padre le dijo que eran dioses Abraham pensó en lo más profundo de su corazón que estas palabras no podían ser verdad.

Los ídolos eran como juguetes para él. Montaba en los grandes ídolos como si estuviera montando un asno y les pegaba. Un día, su padre adoptivo lo vio montando un ídolo que se llamaba Merduh, se enfadó con Abraham y regañándole duramente le dijo que no lo hiciera otra vez. Abraham le preguntó:

— ¿Cómo puede ser un dios? Tiene las orejas más grandes que las nuestras.

— Es el dios más grande. Sus orejas grandes son símbolos de su sabiduría —dijo su tío. Abraham estaba a punto de reír porque las orejas de Merduh se parecían a las orejas de un asno. ¿Cómo podían los humanos adorar a un ídolo de orejas de asno?

Pasaron muchos años. Abraham creció odiando a los ídolos que su tío hacía; más aún, sentía aversión por ellos. Para él, era imposible aceptar la adoración a una estatua hecha por un humano, siendo así que no podían comer, beber, ni hablar. Si uno de ellos era empujado al suelo por alguien, no podría ponerse de pie.

La gente decía que toda la belleza y los beneficios habían sido creados por los ídolos; por eso, tenían que ofrecerles sacrificios y obedecerles sin rechistar con una obediencia ciega. Si no, caerían sobre ellos los castigos de los dioses. Al ver la situación Abraham se entristecía y se enfadaba. ¿Por qué nadie usaba el intelecto? Todo lo que adoraba esa gente era sólo una parte de la creación. No podían crear ni podían valerse por sí mismos. Los milagros del Cielo y de la Tierra, como las estrellas y las criaturas maravillosas, eran sólo señales del Creador del Universo. Tenía que contarles esta verdad.

Había un templo lleno de ídolos y en el centro del templo había un altar donde colocaban los ídolos grandes. Los dioses eran variados, de diferentes formas y clases. Sentía aversión por estos ídolos cuando los visitaba con su tío, cuando era un niño. Para él, lo horrible era la gente que adoraba a estos ídolos que habían construido. Hacían reverencia ante ellos y rezaban como si estas estatuas les oyeran, además les pedían deseos y les suplicaban.

Al principio, la situación de la gente ante los ídolos le era divertida pero, más tarde, comenzó a odiarlos. ¿No era horrible la ignorancia de los hombres siendo la verdad tan nitida? Por otro lado, su tío quería que terminara su educación y fuera adivino en el templo. Un día Abraham aclaró que estaba lleno de odio a los ídolos. Entonces, su tío le advirtió que respetara a los ídolos.

Un día Abraham y su tío estaban en el templo. Era la fiesta de los dioses. Cuando estaban en plena celebración, un adivino se postró ante el ídolo más grande y empezó a suplicarle respetuosamente. Lloraba y gemía para que su dios les diera abundante sustento y tuviera piedad de ellos. Abraham no pudo aguantar más. De repente, un grito hizo eco en las paredes del templo: «¡No puede oírte, mi señor! No puede oír a nadie tampoco, no supliques en vano, ¿no lo ves?»

Toda la gente buscó con los ojos al dueño de la voz. Era el valiente y osado Abraham. El adivino se enfadó con él. Su tío dijo que Abraham estaba enfermo y por eso no sabía qué decía y pidió perdón en su nombre. Abraham se rió con ironía. Él y su tío salieron del templo y fueron a casa sin dirigirse la palabra en el camino. Su tío lo dejó en su habitación y se fue.

En las tinieblas de la noche toda la ciudad dormía, excepto una persona: Abraham. Pensaba en cómo enseñar el camino recto de Dios a la gente. La impiedad era la fuente de todas las maldades y la fe era conocer a Dios, tener la conciencia limpia, la compasión y la piedad.

Abraham no pudo dormir nada. Pensaba que estaba en una cárcel. Salió de casa y se dirigió a la montaña en la oscura soledad de la noche, subiendo hasta la entrada de una cueva y se sentó allí. Miró hacia el cielo pues mirar hacia la Tierra le entristecía sobremanera.

Quería tranquilizarse observando las bellezas divinas en el cielo. En la Tierra, los humanos, que eran engañados por Iblis, adoraban a estatuas e ídolos. En ese momento, al ver la Luna y las estrellas que lucían en el azul cielo, recordó a los hombres que también los adoraban. ¡Qué extraña era la humanidad! En cuanto olvidaron la obediencia al Único Creador del Universo, adoraban a las criaturas en la Tierra y en el Cielo.

El pueblo de Abraham era de este modo. Adoraban a los ídolos terrenales y a los del cielo. Aquí, empezaba la responsabilidad de Abraham: tenía que enseñarles pruebas para convencerles del recto camino.

·Dios dio una cualidad a Abraham que no tenían los demás: la perspicacia profética. La inteligencia de los grandes sabios se quiebra ante la perspicacia profética. La perspicacia profética es la habilidad, la capacidad del saber y la comprensión que Dios proporcionó a todos sus Mensajeros. Abraham pensó en cómo enseñar a la gente que las estrellas en el cielo no podían ser un dios. Finalmente, decidió actuar como uno más de ellos para poder oponerse y refutar sus ideas erróneas. Sin perder tiempo empezó a trabajar.

Vio una estrella resplandeciendo en el cielo. Habló para sí: «¿Esta estrella brillante puede ser dios?»

La miró hasta que desapareció. «Ha desaparecido. Yo no amo cosas que desaparezcan. Dios no desaparece y vuelve a aparecer. Entonces, la estrella no es dios».

Al oír a estas palabras se produjo una convulsión en las mentes de los que adoraban a las estrellas. La Perspicacia Profética siguió su plan.

La Luna estaba en el cielo. Las montañas, los valles y los pueblos estaban iluminados por la luz de la Luna. Abraham pensó en voz alta: «¿La Luna puede ser dios?»

La miró hasta que desapareció. Pensó que si desaparecía no podía ser un dios porque un dios nunca desaparecería. Abraham hablaba como si se burlara de las mentes de los que adoraban a los planetas.

Por la mañana, salió el Sol en el horizonte como un ovillo de luz. Pensó de nuevo:

«El Sol es más grande que la Luna y las estrellas. ¿Puede ser dios?»

Abraham empezó a esperar pensando en esta pregunta. Mediodía, tarde y noche... Anocheció y el Sol se escondió en las tinieblas del horizonte, como la Luna y las estrellas. El Sol era un elemento mortal como todos los mortales que tienen un fin inevitable. Pero el verdadero dios era inmortal, eterno. Las criaturas mortales no podían saciar el deseo de inmortalidad del alma humana. El ser humano, que es el caminante a la eternidad, podía encontrar la verdadera felicidad y la tranquilidad espiritual en la obediencia a Dios. ¡Qué magnífica era la enseñanza de Abraham!

Nadie puede saber ni hacer nada si no es por Dios que es Todopoderoso. Estaba muy emocionado cuando pensaba en esto. Comprendió y enseñó el Poder Divino detrás del Sol, la Luna y las estrellas. Pensó que su pueblo estaba en las tinieblas debido a su ignorancia de Dios. Más tarde, sintió que su alma se llenó de la Luz Divina; su mente, su corazón y todo su cuerpo se llenó de luz. La Misericordia Divina apareció y el Creador del Universo estaba hablando con él:

— ¡Abraham!

— ¡Ordéname, Señor mío!

— ¡Obedéceme!

Abraham se postró y dijo llorando:

– ¡Obedezco al Señor del Universo!

El alma de Abraham estaba llena de bienestar, quietud y alegría. Se quedó allí hasta la medianoche. Más tarde, regresó a su casa. Ya era el Mensajero de su Señor. Era una nueva etapa en su vida. Quería enseñar el recto camino a la gente que adoraban a los ídolos del Cielo y de la Tierra.

Al día siguiente la voz de Abraham resonaba en las calles de Babilonia:

«¡Pueblo mío! ¡No hay más deidades que el verdadero y único Dios! ¡Obedeced a Dios!»

Era la hora de comunicar la palabra de Dios. Pero había un gran reino contra él, miles de personas... Gobernantes, científicos, literatos, etc. Tenía un cargo de mucha responsabilidad; más aún, era tan difícil como tocar el cielo con las manos pero Dios sabía a quién dar esa responsabilidad.

— ¡Pueblo mío! ¿Por qué adoras a los ídolos que no pueden daros beneficios ni pueden haceros daño?— preguntó Abraham.

— Es la religión de nuestros padres—dijeron los idólatras. No tenían ninguna otra respuesta más porque sabían que no era razonable. Abraham dijo:

— En verdad, estáis equivocados como vuestros padres.

No pudieron creerle porque hasta entonces no habían oído nada así. Siempre habían vivido como sus antepasados. La gente se conmovió con las palabras de Abraham. Le preguntaron:

— ¿Lo dices en serio o te burlas de nosotros?

Era un caso tan serio que no había posibilidad alguna de burla. Abraham dijo:

— Vuestro Señor es el Señor de los Cielos y de la Tierra. Es el Creador de todo lo existente. ¡Obedecedle a Él y hará llegar la salvación para los dos mundos!

Empezaron los días llenos de pesadumbre y pena. Quien se enojó mucho con Abraham fue su tío. Se enzarzaron en violentas discusiones. Sus creencias y valores eran diferentes. Uno creía en Dios y el otro era un idólatra. Su tío gritó:

— ¡Es una gran desilusión para mí verte en contra de nuestros dioses! ¡No esperaba que lo hicieras! Me perjudicas con tus actos tanto que no puedo presentarme así ante la sociedad y lo peor es que los adivinos y los gobernantes se han enojado conmigo.

Abraham deseaba que su tío fuera musulmán porque le quería mucho. Le habló dócilmente:

— ¡Tío mío! ¿Cómo puedes deber obediencia a los ídolos que no ven ni oyen ni pueden dar beneficios? Me han enseñado algo misterioso que tú no sabes. Si obedeces a Dios y me sigues te llevaré a un recto camino. ¡Querido tío! ¡No obedezcas a Iblis porque él se rebeló contra Dios! Temo que recibas un castigo doloroso. Temo que estés bajo la influencia de Iblis.

Su tío estaba temblando de enfado. Gritó furiosamente:

— ¿Cómo puedes insultar a los dioses? Si no dejas de insultarlos te echaré de mi casa. Si esto no sirve de nada, te mataré mediante lapidación. Es el castigo de rebelarse contra los dioses. ¡Vete allá dónde quieras! ¡No quiero verte más!

Echó a Abraham de casa. Abraham se entristeció con las palabras de su tío. Sin embargo, Abraham era lo más querido por Dios en la Tierra. Algunos de sus descendientes serían Profetas. Pero la ignorancia le impedía ver la verdad. Abraham respondió a su tío decentemente porque era un Profeta y los Profetas eran los representantes de la honestidad. La humanidad tiene que aprender la verdadera decencia de los Profetas. Dijo así: «Me tratas mal pero yo pido de mi Señor salvación para ti. No te haré daño sino que suplicaré a Dios para que te perdone».

Abraham abandonó la casa de su tío. Ya no tenía hogar pero toda la Tierra era su residencia. El cielo era el techo, las hierbas sus alfombras, el Sol la lámpara, las flores de muchos colores los adornos y las montañas, los ríos, los árboles el mobiliario de su casa. ¿Y su comida? La veneración a Dios era su alimento, la glorificación a Dios su bebida.

Ese día era la fiesta de la glorificación y de la ofrenda de sacrificios a los dioses. Las celebraciones se desarrollaban al otro lado del río y por eso toda la gente había abandonado la ciudad. Después de la ofrenda de sacrificios regresaron al templo y las ofrecieron a los dioses.

El viento gemía en las calles vacías de la ciudad. Más tarde, un joven apareció delante del templo. Sus ojos brillaban como los de un halcón. Llevaba una enorme hacha en la mano. Era innegable que hoy ocurrirían acontecimientos importantes. Abraham iba a iba a tener gran efecto en los corazones y las mentes de la gente. Entró en el templo silenciosamente y con mucho cuidado. El hacha brillaba en la atmósfera sombría del templo. Entró en el gran salón. Si los ídolos del templo tenían almas, se asustarían y huirían de las miradas horribles de Abraham.

Miró fijamente a los ídolos. Luego, miró a las ofrendas delante de los ídolos. Se acercó a uno de los ídolos y dijo: «La comida está fría, ¿por qué no comes?»

El ídolo no le respondió. Entonces Abraham preguntó a todos los ídolos en el salón del templo: «¿Por qué no coméis? ¡Comed!»

El grito hizo eco en las paredes del templo y fue como una bofetada en los rostros de los ídolos. Gritó otra vez: «¡Hablad! ¿Por qué no habláis?»

Levantó el hacha y golpeó la cabeza del ídolo que estaba delante de él. El ídolo cayó al suelo. Todos los ídolos se desmoronaron con los golpes del hacha de Abraham. El salón quedó reducido a las ruinas de los ídolos. Al ver al ídolo más grande en el altar, pensó dar el último golpe. Pero no le daría con el hacha, sino con la perspicacia profética.

Tras una sonrisa irónica, colgó el hacha del cuello del ídolo y salió del templo. Había jurado enseñarles a todos que estaban ciegamente engañados y ahora realizaba su promesa.

Tras las celebraciones, cuando todos regresaron a la ciudad, un hombre que entró en el templo, gritó pavorosamente. Llegaron todos al templo y cuando vieron a los ídolos, gimieron de dolor. Todos los ídolos habían quedado reducidos a añicos como si hubiera habido una guerra en el templo. Es obvio que los dioses perdieron la guerra. Solamente el ídolo más grande estaba de pie. ¿Quién podía haber cometido este crimen?

La primera persona que se les ocurrió era Abraham:

— Había un joven que insultaba a nuestros dioses. Es posible que él lo haya hecho. ·

Todos gritaron:

— ¡Detengámoslo e interroguémoslo! ·

Encontraron a Abraham y empezaron a preguntar sobre el crimen:

— ¿Has hecho tú esta barbaridad a nuestros dioses? ·

Abraham sonrió irónicamente y les señaló el ídolo con el hacha al cuello:

— Él lo ha hecho... Él es su líder, es el mayor de ellos. ¡Preguntadles a ellos para que os lo digan! ·

— ¿De quién hablas?— preguntaron los adivinos.

— ¡De vuestros dioses!

— Ya sabes que no pueden hablar. ·

— Entonces, ¿cómo podéis adorar a los que no pueden hablar? ¿No lo veis? ¿No pensáis? Mirad que cuando vuestros dioses fueron derrotados ante los ojos de vuestro gran dios, él tampoco pudo hacer nada sino mirarlos. Ellos no pudieron protegerse a si mismos; entonces, ¿cómo pueden protegeros o daros beneficios? ¿No pensáis acerca de ello? Cuando colgué el hacha de su cuello no ha hecho nada: ni habló, ni se resistió porque es una roca sin alma; no puede oír, no puede ver ni hablar. No puede dar beneficios ni puede hacer daño a nadie. ¿Una roca cómo puede ser dios? ¿Cómo podéis adorar a una roca? pensadlo bien—dijo Abraham.

Los adivinos se enfadaron mucho con él y querían manipular a la gente diciendo:

— ¡Aprehended a este hombre y metedlo en la cárcel! ¡Mostrad la obediencia a vuestros dioses! ·

Detuvieron a Abraham y lo metieron en la cárcel. Querían condenarlo antes de que fuera un gran problema en un tribunal bajo el mandato de Nimrod; tal vez, este problema podía extenderse por todo el reino. Nimrod aseveraba que era un dios y la gente le adoraba. Toda la gente se reunió en la plaza mayor de la ciudad para ver al tribunal. Nimrod quería despreciar a Abraham ante los ojos de la gente. También, quería realzar su nombre como el de un dios con tales pruebas.

Había demasiada gente en la plaza. El pueblo babilónico quería ver al hombre que se rebelaba contra los dioses.

Más tarde, vino un hombre con cadenas puestas en manos y pies, acompañado por un grupo de soldados. Era Abraham. Andaba con paso seguro. Estaba serio pero con la tranquilidad de alguien que no sabía lo que era el miedo. Llevaba la expresión de la obediencia a Dios.

En la plaza había un alto trono para Nimrod. A su alrededor estaban los adivinos, los visires, los soldados y los servidores. Toda la gente temía a Nimrod. Era muy cruel con ellos. Nimrod preguntó a Abraham:

— He oído que llamabas la gente a creer en un dios nuevo, ¿es verdad? ·

— No hay un dios nuevo o viejo. ¡No hay otra deidad que no sea Dios! —respondió Abraham tranquilamente. Nimrod dijo:

— A su vez yo soy un dios también; puedo hacer cualquier cosa que tu dios haga. ·

Nimrod era un rey muy altivo. La obediencia de la gente lo llenaba de orgullo. Realmente era una gran oportunidad para que Abraham venciera todas las supersticiones en Babilonia. Antes, había roto los ídolos inanimados y ahora era la hora de derribar a un ídolo vivo. Abraham dijo sin perder la tranquilidad:

— Mi Señor es Quien da la vida y da la muerte. ·

Nimrod respondió orgullosamente:

— ¡Yo también! ·

Abraham no hizo caso de las palabras de Nimrod porque sabía que mentía. ¿Quién podía dar y quitar la vida sino Dios? ¿No es el Creador de todas las criaturas? Cuando Nimrod comprendió que sus palabras no interesaban a Abraham, dijo:

— Puedo matar a un hombre de la calle o puedo dar la libertad a un prisionero condenado a muerte. Entonces, le doy la vida. Como ves, puedo dar o quitar la vida a la gente. ·

Abraham se rió de las palabras de este hombre que pensaba que era un dios y que no era más que un pobre desgraciado. Toda la gente se callaba y escuchaba a Nimrod y Abraham. Para mostrarle su incapacidad y sencillez a este pobre que pensaba que tenía un poder extraordinario, dijo Abraham:

— Dios hace al sol salir por el Este; si puedes, ¡hazlo tú salir por el Oeste! ·

Lo que dijo Abraham dejó a Nimrod absolutamente perplejo. No sabía qué decir. La gente mostró perplejidad también. Los adivinos, los visires y los soldados se confundieron al oír la frase. Abraham demostró que Nimrod era un mentiroso. Dios hacía al sol salir por el Este; si Nimrod era un verdadero dios, podía hacerlo salir por el Oeste. Hay leyes constantes de Dios que es el Todopoderoso y el Único Creador en el Universo. Nadie puede cambiarlas; si el Rey era un verdadero dios podía cambiar las Leyes Divinas.

Nimrod permaneció impotente, no sabía qué hacer; era incapaz de pensar en cómo actuar ahora. Miró a los adivinos con ojos suplicantes como si hubiera sido descubierto en flagrante delito. Pero nadie dijo nada. Estaba loco de ira. Era una vergüenza que alguien le tratara así ante el pueblo. Se levantó furiosamente y gritó:

— ¡Quemad a este hombre que desprecia a vuestros dioses! ¡Dejadlo reducido a cenizas y dejadlas al viento!

La gente se inclinaba por Abraham pero las palabras del Rey les hacían temer. Los soldados metieron al Profeta encadenado en la cárcel. Lo condenaron a muerte; pensaron quemarlo. Empezaron a preparar la hoguera donde lo quemarían sin perder tiempo.

Los soldados de Nimrod prepararon un hueco fuera de la ciudad, lo llenaron con leñas, maderas y rocas y encendieron fuego. Trajeron una catapulta de lanzamiento para echar a Abraham al fuego. Lo ataron a la catapulta para que no se cayera. Las llamas del fuego ascendían tanto que la gente podía divisarlo desde lejos.

Se apreciaba en el rostro de Abraham la tranquilidad de la obediencia a Dios. Sabía que Dios podía verlo todo. ¿Había alguien más amado que Dios para suplicar? Abraham seguía mostrando algo a la gente con su reacción ante el fuego. Para él, la muerte significaba llegar a Dios. Su alma ardía en el amor de Dios. Su cuerpo ardería también. No había un modo superior para sacrificarse en el camino hacia Dios.

En este momento apareció el ángel Gabriel al lado de Abraham y le dijo:

— ¡Abraham! ¿Quieres que yo haga algo por ti? ¡Si quieres traigo la lluvia y extingo el fuego! ¡Doy un golpe con el ala, arruino toda la ciudad y lo destruyo todo! ¡Solamente tienes que desearlo! ·

La respuesta de Abraham fue corta y clara:

— Dios puede verme y sabe cómo soy. ¡Él es suficiente para mí!

Todas las criaturas del Universo se callaron. Los habitantes del cielo y los ángeles sólo se fijaban en la Tierra. La multitud alrededor del fuego esperaba la orden de Nimrod. Él gritó:

— ¡Lanzad al rebelde al fuego!

La catapulta lanzó a Abraham dentro del fuego.

En este momento Dios mandó al fuego:

— ¡Oh fuego! ¡Enfríate y no dañes a Abraham!

El fuego obedeció la Orden Divina... Abraham no ardió en las llamas... Si Dios así no lo quería, nada ni nadie podría quemar a Abraham... Se volvió frío y seguro para él... No le hizo daño. Era la manifestación del Poder Divino. El fuego se convirtió en un vergel fresco. Las llamas quemaron solamente sus ataduras. Abraham estaba sentando dentro del fuego como si estuviera en una rosaleda y celebraba la Alabanza Divina: «¡Dios lo es todo para mi! ¡Qué compañero tan seguro!»

Abraham no tenía miedo de nada ni de nadie desde el principio. La verdad es que los que confían en Dios nunca tienen miedo porque saben que solamente Él es Todopoderoso y si Él no lo quiere, nadie puede hacer daño a nadie.

Cuando lanzaron a Abraham al fuego, los gritos de la gente hicieron eco en la plaza. Pero, más tarde, todos fueron apagados y se hizo un silencio sepulcral. Abrieron los ojos de miedo y no supieron cómo reaccionar cuando Abraham salió con vida del castigo. Le brillaba la cara porque había una aureola divina a su alrededor y sonreía. No había huellas del fuego ni del humo en sus ropas.

Al salir de dentro de las llamas parecía que salía del Edén. Entonces, los gritos de sobrecogimiento se alzaron en la plaza. Abraham no fue vencido porque tenía confianza en Dios.

Al ver a Abraham salir del fuego, Nimrod se asustó mucho y los adivinos se sobresaltaron. Así es como sus ídolos, dioses del Cielo y de la Tierra fueron vencidos. No tenían nada que decir y, ¿creyeron en Él? No, cuando la vanidad y la obstinación se ubican en un alma, entonces no hay salvación para ésta. Los adivinos dijeron a la gente que Abraham era un mago. Nimrod le dijo a Abraham que podría vivir en el país cuanto quisiera y no le haría daño.

La noticia del milagro de Abraham se extendió por toda la Tierra. Las montañas, los desiertos, los pueblos, y las ciudades. Vino mucha gente de diferentes ciudades del país para ver si era cierto o no. Todo el mundo decía que Abraham había sido salvado del fuego por Dios.

Entretanto, Satanás y sus servidores no se quedaban cruzados de brazos. Gracias a los dignatarios de la sociedad, los adivinos, los ricos y los que tenían poder, empezaron a circular rumores de que Abraham era un hábil mago por todo el país y amenazaban de muerte a los que pensaban obedecer a Dios según los dictados de Abraham. En realidad, la gente parecía no pensar en cambiar la creencia de sus padres.

Abraham empezó a dar sermones noche y día a lo largo y ancho del país. Mostró miles de pruebas de la existencia de Dios. Contó las maravillas de Dios de puerta en puerta pero no pudo convencerles. En realidad no quisieron creerle. Respondieron a sus palabras llenas de compasión con un odio irracional. En el Reino de Babilonia nadie le creyó, tan sólo una mujer y un joven así lo hicieron.

La mujer se llamaba Sara. Más tarde, se casaría con Abraham. El joven era Lot y fue un Profeta también.

Abraham decidió emigrar al comprender que nadie de su pueblo le creería. Antes de abandonar la ciudad llamó a su padre al recto camino de Dios. Pero él era un enemigo de Dios y era bastante obvio que no creería nunca. Lo dejaron y se fueron.

En las historias de los Profetas observamos un aspecto que se ha repetido en dos ocasiones. En la historia de Noé, uno de sus hijos no había creído a su padre y en la historia de Abraham, el padre no creyó a su hijo. En ambas historias, los Profetas anunciaron que no tenían ninguna relación con aquellos parientes que se habían mostrado hostiles a Dios. Quizás, gracias a estas historias, Dios quiere contarnos algo. La única relación que une a las personas es la Fe en Dios. ·

Abraham abandonó Babilonia y empezó a predicar la palabra de Dios por todas las ciudades. Fue a las ciudades de Or y Harran. Después viajaron él, su esposa Sara y Lot a Palestina y a Egipto. En todos los lugares adonde llegaron, llamaban a la gente a la obediencia a Dios, ayudaban a los pobres e indigentes dándoles buenos consejos y mostrándoles el recto camino de Dios.

Se sucedieron los años y Abraham había envejecido así como su esposa Sara. Había sacrificado su vida llamando a la gente al camino de la obediencia a Dios. Pero desgraciadamente, Sara era estéril y no pudo darle un hijo a Abraham. El Faraón de Egipto le regaló una sirviente a Sara, de nombre Hayar. Sara casó a Abraham con Hayar. Hayar tuvo un hijo y le pusieron de nombre Ismael.

Dios tomó a Abraham como amigo y lo nombró Jalil, ya que Abraham sólo quería venerar a Dios. Se oían por las noches sus sollozos cuando rezaba y proclamaba Su Santidad. Siempre buscaba los caminos que le hicieran acercarse a Dios. Sus actos eran admirados por los ángeles cuando contaba a la gente las maravillas de Dios y les llamaba al recto camino.

Dios daba a Abraham lo que quería porque lo amaba. Abraham sabía que los seres humanos no dejaban de existir cuando morían. En el Día de la Resurrección, todos los seres humanos resucitarán y serán juzgados. Pero tenía ganas de saber cómo resucitarían y quería verlo personalmente.

Un día abrió las manos y suplicó a Dios:

— ¡Señor Mío! ¿Me mostrarías cómo resucitarán los seres humanos?

Dios le preguntó:

— ¡Abraham! ¿No me crees?

— Sí, Te creo y Te obedezco con todo mi corazón. Pero quiero ser testigo de este milagro, reforzar mi fe en Ti y llenar mi alma con la Sabiduría Divina.

Era un deseo de un corazón lleno de amor a Dios. No había ninguna sombra de duda sobre su obediencia. Era un grito del alma de un caminante del recto camino que quería saber más acerca de Dios.

Dios le mandó sacrificar cuatro pájaros, llevar los pedazos de carne a diferentes montañas y llamarlos a su presencia. Abraham obedeció la orden de Dios y vio el milagro divino. ¡Era un acontecimiento magnífico y milagroso! Todos los pedazos de los pájaros se reunieron y volaron hacia Abraham.

Un día, por la mañana, Abraham le pidió a su esposa Hayar que se preparase para un viaje. Unos días después él, Hayar y su hijo Ismael se encontraban viajando.

Según fuentes no contrastadas, la primera esposa de Abraham, Sara, envidiaba a Hayar porque ella no había podido darle un hijo a su marido y quiso que Abraham se llevara a Hayar a las afueras.

Esto no era cierto sino que fue en realidad una calumnia contra Abraham y Sara porque Sara creyó en Dios y en su Mensajero Abraham cuando nadie le creía. Abandonó su patria y viajó a diferentes países para expandir la religión de Dios; por eso, envidiar a alguien no puede ser una cualidad de una persona como ella. Además Sara había casado a Hayar con Abraham. ¿Cómo podía envidiar a la mujer que ella misma había casado con su marido para que le diera un hijo? ¿Quién podía obligar a Abraham a llevarse a Hayar a las afueras? Él no temía a nadie y no obedecía ninguna orden de nadie sino de Dios.

En realidad, Dios había mandado a Abraham que llevara a Hayar y su hijo Ismael a la Península Arábiga. Era una orden misteriosa: Dios quería que Ismael fuera un Profeta allí. En el futuro, Abraham y su hijo Ismael construirían la Casa Sagrada, la Kaba. Por encima de todo, el Poder Divino quiso que el Profeta Muhammad fuera un descendiente de Ismael. El Profeta Muhammad, que sería el Señor del Universo, el Último Profeta, nacería en La Meca y Dios preparaba el terreno enviando a Ismael allí.

Pasaron por verdes jardines llenos de árboles con muchas frutas. Cruzaron desiertos, valles y montañas. Al final, llegaron a un árido valle del desierto en el que no había ningún árbol ni agua ni hierba. No había ninguna señal de vida en el valle. Se bajaron del caballo y Abraham les dio un poco de comida y agua que serían tan sólo suficientes para unos días. Después, se marchó sin mirar atrás. Hayar corrió detrás de Abraham y le preguntó llorando:

— ¡Abraham! ¿Nos abandonarás aquí en el desierto? ¿A dónde vas?

Abraham no le respondió ni miró atrás. Andaba sin cesar. Hayar le preguntó otra vez pero Él no le respondió tampoco. Entonces, Hayar comprendió que era un orden de Dios porque Abraham nunca podía tratarla así. Hayar le preguntó:

— ¿Es una orden de Dios?

— Sí...

Hayar, que tenía un corazón lleno de fe en Dios, dijo:

— Si es una orden de Dios, sé que Él está con nosotros. Puedes irte tranquilo. ¡Dios nos protegerá aquí!

Abraham anduvo hasta desaparecer. Cuando llegó a un lugar en el que su familia no podía verlo, abrió las manos y suplicó a Dios: «¡Señor Mío! ¡Alabado seas! ¡Ves y oyes todo en el Universo! He dejado a mi familia en un valle árido en el que no hay ni una hoja verde, cerca de Tu Casa Sagrada. ¡Seguro que Tú serás Aquél que les protegerá!»

En aquel entonces, la Kaba no había sido construida todavía; entendemos que había algo secreto en la orden de dejarlos en el desierto. Ismael, que era solamente un niño, un día construiría la Kaba con su padre. La Sabiduría Divina quiso que se instaurara la civilización y la Kaba en este valle y que los fieles se tornaran hacia la Kaba en los rezos diarios.

Abraham había dejado a su esposa Hayar y su hijo Ismael en un valle árido del desierto y regresó a su ciudad para llamar a la gente al recto camino otra vez. Hayar le dio el pecho a Ismael, hacía un calor agobiante y tenían mucha sed.

Dos días más tarde, el agua se había terminado. Hayar no pudo amamantar a su hijo. Se morían por conseguir una gota de agua y la comida se había terminado también. Ismael empezó a llorar por la sed. Entonces, Hayar le dejó y empezó a buscar agua en los alrededores. Anduvo hasta llegar a la duna de Safa.

Subió a la duna y miró en todas direcciones para ver si había un pozo, una caravana de personas o un ser humano. Pero eso no le valió de nada. El horizonte estaba lleno de un silencio agobiante y hacía un calor abrasador.

Sin perder tiempo, bajó a la duna de Safa y empezó a correr por el valle como si estuviera agotada ya en el límite de sus fuerzas. Quería llegar a la duna de Marwa que estaba frente a la duna de Safa. Allí miró sobre la duna al horizonte pero no pudo ver nada sino el vacío... Se quedó allí sin encontrar remedio y regresó al lugar en el que había dejado a Ismael; cuando lo encontró llorando de sed y hambre, una desazón angustiante le sobrevino a la agotada madre. Entonces, empezó a correr hacia la duna de Safa otra vez; miró hacia el horizonte. Bajó de Safa y subió a Marwa de nuevo. Miró a los alrededores otra vez...

Fue y regresó siete veces desde la duna de Safa hasta la de Marwa. Entretanto, las dos dunas observaban las idas y venidas de Hayar entre las abrasadoras arenas del desierto. Es por este motivo que desde entonces las siete idas y venidas de Hayar entre Safa y Marwa quedaron establecidas como un rito en la peregrinación a La Meca para que recordaran a Hayar y a su hijo, el Profeta Ismael.

Hayar estaba muy cansada y exhausta; se quedó sin recursos a los que acogerse y regresó con Ismael. Cayó desplomada al lado de su hijo.

Es obvio que la Misericordia Divina que rodea a todas las criaturas no permitiría que murieran. Nadie puede soportar una situación así, ¿cómo podía soportarla Dios? Nuestro Señor es El que hace posible todos los imposibles.

Ismael dio un golpe a la tierra y de repente empezó a brotar agua... Salía agua desde lo más profundo de las arenas... Manaba la vida desde el interior de la tierra muerta. Era el agua de Zamzam. Fue suficiente para la madre y su hijo, y bebieron agua hasta saciarse. Las arenas se saciaron de agua también. Hayar bebía grandes sorbos de agua y hacía a Ismael beber y daba gracias a Dios el Misericordioso, el Compasivo y el Todopoderoso que no les había dejado solos en el desierto. Gracias al agua empezó una nueva vida en el desierto porque allí el agua era sinónimo de vida. Vino mucha gente y se asentó en los alrededores del oasis que había creado el agua. Así, se puso allí la primera piedra de una nueva civilización. Entretanto, Ismael crecía en esta sociedad y Dios lo preparaba para ser un Profeta. Le enseñaba la dignidad profética. Tras muchos años, Abraham les visitó. Abraham quería mucho a su hijo pero para él su amor hacia éste sería una prueba. Una noche, soñó que sacrificaba a su querido hijo Ismael por Dios.

A veces, la revelación divina ocurría en los sueños. Y los sueños de los Profetas eran veraces. Abraham comprendió la orden: sacrificaría a su hijo, su ser más querido. Habló con Ismael:

— ¡Hijo mío! Soñé que intentaba matarte, ¿qué piensas acerca de este sueño? ·

Ismael le respondió tranquilamente:

— ¡Padre mío! ¡Haz lo que te ordene Dios! Y yo soportaré todo por el amor de Dios. ·

Así es. El hijo obedeció a su padre y el padre obedeció a su Señor; era una prueba muy difícil.

Fueron al lugar en el que Abraham ofrecería a su hijo en sacrificio. Se sometieron a la orden de Dios. Cuando Abraham le puso contra el suelo, Dios le ordenó que no sacrifique a su hijo y Gabriel le llevó un carnero para que lo sacrificara en lugar de Ismael. El regalo de Dios conmovió al padre y a su hijo. La tristeza se convirtió en alegría. Habían sido de los creyentes más entregados y su obediencia fue retribuida; Dios había tenido piedad de ellos, habían manifestado su obediencia total al Todopoderoso. Aquel día tan aciago fue designado como la Fiesta del Sacrificio (Id Al-Adha) para los musulmanes. Este día, los musulmanes sacrificarían corderos y carneros recordando la historia inolvidable del gran Profeta Abraham y su hijo Ismael que fueron un ejemplo para la humanidad en la obediencia a Dios.

En estos tiempos, no había mezquitas en el Mundo. Había algunos templos pero allí la gente no rezaba a Dios sino a los ídolos. Los templos de los idólatras eran ostentosos pero no tenían espiritualidad. Por eso, Abraham pensaba construir una mezquita en la que la gente venerara a Dios.

Por fin, Dios les ordenó a Abraham y a Ismael que construyeran la Kaba, la Casa Sagrada, que sería el santo lugar al que todos los musulmanes volverían sus rostros cuando rezaran. Padre e hijo empezaron a trabajar: llevaron rocas de las montañas y prepararon adobes para los muros.

Pasaron los días y los meses mientras levantaban los cimientos de la Kaba. Era la primera mezquita del mundo para toda la humanidad. Era el más honrado y sagrado lugar de la Tierra. Abraham pensó señalar un punto como el principio de la peregrinación; podía ser una señal en forma de roca pero sería diferente de las demás rocas usadas en la construcción.

Entonces los ángeles le llevaron una roca negra que se llama Hayar al-Aswad. Abraham besó la roca con respeto y la puso en uno de los muros exteriores.

Por fin, terminaron la Kaba, la Casa Sagrada. Entonces, Dios mandó que todos los musulmanes peregrinaran a la Kaba, dieran vueltas su alrededor y suplicaran por la Misericordia Divina. Además, dispuso que los rezos en la Kaba fueran cien mil veces superiores a los rezos en cualquier mezquita.

Mientras Abraham y su hijo Ismael construían la Kaba, rezaban así: «¡Señor Nuestro! ¡Acéptalo de nuestra parte! ¡Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe! ¡Señor Nuestro! ¡Haznos pertenecer a aquellos que se someten a Ti y haz de nuestros descendientes una comunidad musulmana que igualmente se someta! Nuestro Señor aceptó su súplica y Abraham fue la primera persona que nos llamó a sus descendientes, a nosotros, musulmanes.

El Profeta Abraham murió dejando dos hijos como descendientes: dos Profetas, Ismael e Isaac. Nuestro Querido Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y le salve) es un descendiente del Profeta Ismael. Hay muchos Profetas de la descendencia de Isaac también. El hijo de Isaac, el Profeta Jacob; el hijo del Profeta Jacob, el Profeta José; y después el Profeta Moisés, el Profeta Zacarías, el Profeta Juan, el Profeta Jesús, y el resto de Profetas. Por eso, la historia le otorgó el santo calificativo de Padre de los Profetas. Otro nombre era Jalilu'r-Rahman, es decir, el auténtico e íntimo amigo de Dios. Dios lo quiso mucho. Todos los creyentes de las religiones celestiales lo quisieron también. El amor del Señor de los señores, del Profeta Muhammad (que Dios le bendiga y salve) hacia Abraham era muy diferente. Muchas veces pensaba que él se parecía a Abraham y tenía el honor de ser uno de sus descendientes.

[1] En el Corán es nombrado como «Ibrahim».
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los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos (lllparte)

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