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 los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos ( lvparte)

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nadia hmaidi

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MensajeTema: los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos ( lvparte)   Sáb 26 Jun 2010 - 3:24



El Profeta Salomón «Suleyman».

Entre Dios y los corazones de los profetas no hay ningún velo. Ni el lugar ni el tiempo puede impedir que un profeta esté en contacto con Dios. Cuando el profeta levanta las manos para pedirle algo a Dios, Él acepta su súplica de inmediato. Cuando el corazón llega a una cierta claridad, entonces ya se supone que ha encontrado el camino que va hacia Dios.

Después del fallecimiento de David le sucedió Salomón[1]. David era un profeta pero al mismo tiempo rey, así como Salomón.

Un día Salomón se postró y rezó diciendo: «¡Señor Mío! Dame un reino que nadie pueda tener».

Salomón quería un reino que Dios no le hubiera dado a nadie hasta el Día del Juicio Final. Dios aceptó su petición y le dio un reino muy grande.

El cargo que lleva consigo la profecía es un puesto superior. Entre los profetas también existen categorías. Los más grandes de ellos se llaman «ulu'lazm». Entre ellos los siguientes: El profeta del diluvio, Noé; Abraham a quien Dios llamaba «amigo de Dios»; Jesús, quien resucitaba a los muertos con el permiso de Dios; Moisés, quien habló con Dios; y nuestro Profeta Muhammad, quien es el Amado de Dios.

Junto con las diferencias entre las categorías de los profetas, también los milagros que Dios les otorga son diferentes. A veces el milagro de un profeta es un diluvio como el de Noé. Otras veces es un libro cuya influencia dura para siempre, como el Corán revelado al Profeta Muhammad.

A pesar de esas diferencias entre los profetas aceptar su profecía es una de las condiciones imprescindibles para ser musulmán. Tenemos que querer a los profetas tanto como Dios los quiere.

Salomón fue el heredero de David, le pidió a Dios que le diera un reino sin par y Dios aceptó su petición. Salomón no había pedido tal soberanía debido a su característica terrenal ni mucho menos. No se podía imaginar algo así porque él era un profeta y ningún profeta lleva tales sentimientos dentro.

Salomón quería esa soberanía y el poder para luchar contra los poderes oscuros y llenar el mundo con la luz de Dios. Su padre le dio en herencia tres cosas: el Reino, la Profecía y la Sabiduría. La gente lo llamaba «Salomón el Sabio».

Él juzgaba con justicia, trataba muy bien a las personas, tenía compasión de ellos y solucionaba sus problemas. La sabiduría de Salomón no sólo abarcaba a los seres humanos sino a los pájaros y los demás animales. David podía entender lo que decían los pájaros, en cuanto a Salomón, él podía hablar con ellos y les encargaba diferentes tareas.

Salomón les daba órdenes a los animales salvajes, empleaba al viento cuando necesitaba de su ayuda. Su soberanía se había extendido tanto que no abarcaba sólo a los seres humanos sino a los animales y otros poderes de la naturaleza también.

Un día vinieron dos mujeres a verlo. Tenían un bebé en los brazos. Las dos decían que el bebé era suyo. Salomón sabía que una de las mujeres era la verdadera madre del bebé y la otra mentía. Pensó y decidió que la única manera de encontrar a la verdadera madre era examinar sus corazones. Les propuso algo:

— Las dos decís que sois la verdadera madre del bebé. Entonces la única solución es dividir en dos partes iguales al niño y os daremos una parte a cada uno.

La verdadera madre cuando escuchó esto gritó:

— No, por favor, no haga eso. Si lo divide, morirá. Yo consiento en que se lo deis a ella.

Al escuchar estas sinceras palabras Salomón le dio al niño a su madre verdadera y dijo:

— La verdadera madre del niño es esa mujer porque ninguna madre quiere que se le haga daño a su hijo.

Con el tiempo, el conocimiento y la sabiduría de Salomón aumentaron. Y también traspasó las fronteras de su país. Dios había aceptado su petición y no le dio a ningún profeta ni rey tal soberanía después de él. Dios dice lo siguiente cuando le menciona en el Corán: «No hay duda de que Nosotros otorgamos la ciencia a David y a Salomón. Por esa bendición nuestra ellos dijeron: “¡Alabado sea Dios, que nos ha preferido por encima de muchos de Sus siervos creyentes!”»

·Después del fallecimiento de David, Salomón heredó todo de su padre y dijo: «¡Oh gente! Se nos ha enseñado el lenguaje de los pájaros y se nos ha favorecido de todo. ¡Es un favor manifiesto!»

Salomón podía escuchar hasta el susurro de las hormigas; además les daba órdenes a las hormigas y ellas le obedecían. Las tropas de Salomón, compuestas de genios, de hombres y pájaros, fueron las tropas más variopintas del mundo.

Nosotros sabemos que los genios son seres creados por Dios. Estos seres no pueden ser vistos por los humanos. Sin embargo, Dios le dio a Salomón el poder de ver y utilizar los servicios de los genios. Él empleaba a los genios como soldados en las guerras y en los tiempos de paz les hacía trabajar en la construcción de nuevas ciudades. ¿Os podéis imaginar qué estremecedor debe de ser un ejército con soldados invisibles? ¿Cómo era posible luchar contra un ejército así?

Los pájaros eran soldados de Salomón y hacían averiguaciones concernientes al ejército del enemigo. No hay duda de que en las guerras el espionaje es algo vital. Sólo de esa manera se puede enterar uno de los planes, del número de soldados y la capacidad de armas de la oposición. Durante la guerra iban al frente de los ejércitos enemigos y después le llevaban información sobre ellos a Salomón.

Aparte de los genios y los pájaros Dios también puso al viento bajo las órdenes de Salomón. Él podía usar los vientos como quería, hasta podía volar montando en el viento con sus guerreros. Hoy en día, aprovechando el viento se pueden hacer volar a los aviones. En cambio a él se le había enseñado las técnicas de aprovechamiento del viento hacía muchísimo tiempo. De esa manera, los soldados de Salomón podían alcanzar el azul cielo en un tiempo en el que ninguna persona se podía imaginar volar.

Dios le había dado otro poder además de utilizar como soldados a los genios y los pájaros: el poder de dominar a los demonios. Nadie, incluso los genios buenos pueden controlar a los demonios. Sin embargo, Dios le había dado el poder y el conocimiento de controlarlos e incluso darles castigos cuando no le obedecían.

Las bendiciones dadas a Salomón le hacían rezar más. En nuestro Sagrado Libro Corán se le menciona así: «A David le ofrecimos Salomón. ¡Qué siervo tan agradable! Siempre se dirigía a Dios con todas sus palabras y comportamientos». En el Corán Dios lo llama «evvab» que significa persona que ama a Dios, siempre Lo conmemora y se dirige a Él.

Esa excelente persona antes de una de sus batallas estaba controlando y acariciando los corceles de pura raza que empleaban en las guerras; en este momento se dio cuenta de que se había retrasado en hacer la plegaria de la tarde y se postró inmediatamente, se arrepintió y le pidió perdón a Dios. Después ordenó que se los trajeran de nuevo. Muy pronto iba a haber una guerra y los caballos eran las armas de guerra más importantes en la misma. Además él sabía las enfermedades que tenían los corceles, hablaba con ellos, escuchaba sus problemas y encontraba soluciones para ellos. Y los caballos le obedecían ciegamente.

Una de las bendiciones que Dios le dio era fundir materiales duros como el cobre. Dios había suavizado el hierro y le había dado a David la habilidad de darle diferentes formas. Efectivamente, Salomón utilizó con asiduidad el cobre fundido tanto en las guerras como en los tiempos de paz. Mezclaba el cobre con el estaño y al final obtenía el bronce. Las mejores armas de aquellos tiempos eran espadas, puñales y lanzas hechas de bronce. En los tiempos de paz usaban el bronce en las construcciones de edificios e infraestructuras.

Es verdad que Dios le dio muchas bendiciones a Salomón pero también le puso a prueba como a los demás. Gracias a estas pruebas se entiende de qué está hecho el corazón de una persona. Al final de las pruebas divinas el resultado es que algunos tienen el alma como un diamante y los otros la tienen como el carbón. La prueba de las grandes personas es magna también. Dios le proveyó de una enfermedad muy grave.

Era una enfermedad tan grave que ni los médicos humanos ni los genios pudieron curarla. Los pájaros trajeron muchos tipos de hierbas medicinales de diferentes partes del mundo pero fue en vano... la vehemencia de su enfermedad aumentaba cada día; la gente creía que ya estaba muerto. Estaba cansado, exhausto y pálido. Padeció mucho tiempo esa enfermedad incurable. A pesar de su enfermedad tan grave nunca se olvidó de Dios porque sabía que la única fuente de la curación era Él. Por eso nunca ni en los tiempos más difíciles de su enfermedad dejó de recordarlo; siguió queriéndole con pasión y le pedía constantemente el perdón y la curación para su enfermedad.

Y un día acabó la prueba de Salomón. Dios curó todas sus enfermedades. Ya estaba tan sano como antes. Dios quiso darles una lección a todos los seres, tanto los humanos como los genios, ni los poderes más fuertes del mundo podían curar a alguien sin el permiso de Dios.

Después de aquel día Salomón decidió construir un templo sin par. Las personas de diferentes partes del mundo iban a visitarlo para venerar al Único Dios. El templo al mismo tiempo iba a ser una obra de arte sin igual.

Los golpes de martillo de los herreros se escuchaban por todas partes. Las máquinas que se usaban para fundir los metales funcionaban las veinticuatro horas. El cobre fundido corriendo por cien canales se mezclaba con la arena y los obreros le daban diferentes formas a la mezcla, como puertas, ventanas, y para adornar el camino que iba al templo colocaron estatuas de animales como el león, el tigre y el pájaro.·

En la construcción del templo trabajaban miles de obreros; aquellos que fundían los metales, los que daban forma y adornaban las rocas como los escultores, los que cortaban la madera como los carpinteros o aquellos que fundían el oro y lo empleaban en las paredes y los techos.

En la construcción del templo también trabajaban los genios; hacían vasijas enormes para cocinar a todos los obreros y soldados que trabajaban. Las vasijas eran muy grandes y pesaban mucho, eran tan grandes que se parecían a grandes estanques. Mientras seguían estos trabajos intensos, Salomón se acercaba a los hombres, escuchaba sus problemas y les encontraba soluciones, pasaba revista a los pájaros y los demás animales de su ejército, miraba si todos estaban ahí y si no estaban entonces preguntaba a dónde y por qué se habían marchado.

Pero no sólo escuchaba los problemas de su ejército formado por humanos, animales y genios sino también podía oír el susurro de las hormigas y tenía mucho cuidado de no hacerles daño. Los reyes tan fuertes como él normalmente son muy orgullosos, en cambio, Salomón era muy modesto. Siempre caminaba con esa modestia porque sabía que el único dueño de esa soberanía era Dios; por eso siempre le presentaba sus agradecimientos.

Un día llegaron al Valle de las Hormigas y una hormiga dijo: «¡Hormigas! ¡Entrad en vuestras viviendas, no vaya a ser que Salomón y sus tropas os aplasten sin darse cuenta!»

Salomón sonrió al oír esas palabras; él era un profeta y su mensaje más importante era la piedad y la compasión. Él siempre andaba con mucho cuidado para no hacerles daño a los pequeños seres vivos.

Salomón le agradeció a Dios por la merced con la que le había favorecido, si no pudiera oír a las hormigas, mataría muchas de ellas sin darse cuenta y eso dejaría huellas imborrables en su alma frágil.

Salomón era el hombre más rico del mundo. Mandó hacer sus magníficos palacios con materiales traídos de diferentes partes del mundo. Algunos se habían hecho de excelente pino... En cuanto a su trono... ¡era imposible describir su belleza! Era en su totalidad una obra de arte hecha de oro puro y piedras preciosas.

Los palacios fastuosos le pertenecían a él. Vestía con trajes adornados con piedras preciosas como diamantes y rubíes, perlas y oro también. Pero a pesar de todo era muy modesto ante Dios y las personas. Cuando salía con sus vestidos brillantes frente de su pueblo, les decía: «El vestido de cualquier flor del jardín es mucho más bonito que los vestidos del rey Salomón».

¡Qué lecciones tan excelentes le daba a su pueblo! El que creaba las flores y les daba una forma y color era Dios. Sin embargo, el que hacía el vestido de una persona era un ser humano también, ¿no es el arte de Dios mil veces más perfecto que el de los humanos? ¡Qué magnifica es la belleza y la finura del arte de Dios! Los vestidos con los que se engalanaban los árboles eran más bellos que los de Salomón. Sí, el rey profeta Salomón, quien tendía las alas de modestia en el suelo, se postraba ante Dios después de hablar a su pueblo, de la misma manera que su padre David.

Y un día Salomón empezó a pasar revista a los soldados. Vio que todo era perfecto en los humanos; juntó a los comandantes y les dio sus órdenes pertinentes. Después, fue a ver a los genios y también dio algunas instrucciones más. Mientras tanto vio que un soldado se comportaba perezosamente y por eso lo mandó a la cárcel.

Después visitó a los animales. Les preguntó si tenían algún problema con las horas de comida o si podían comer bien y descansar. Después de ver que todo andaba bien entró en la enorme tienda en la que se encontraban los pájaros. Al entrar en la tienda echó un vistazo rápidamente y notó la ausencia de la abubilla. La abubilla tenía un lugar preciso y Salomón siempre la encontraba ahí. Pero ahora no estaba ahí y era evidente que se había ido sin permiso. De repente cambió la expresión de su cara y les preguntó a los que estaban a su alrededor:

— ¿Qué ocurre que no veo a la abubilla? ¿O acaso es que está ausente?

Todos los pájaros se callaron. Esperaron a que contestara su comandante. Salomón los miró a todos.

Notó por sus ojos que la abubilla no se encontraba ahí y ellos no sabían dónde estaba. Les preguntó:

— ¿No está aquí la abubilla?

Un gorrión le contestó con una voz temblorosa:

— ¡Señor mío! Ayer me dispuse a salir en un vuelo de reconocimiento. El responsable de la patrulla era ella. Pero como no apareció no pude ir.

Mientras decía esas palabras el pájaro estaba temblando de miedo. Cuando Salomón entendió que la abubilla se había ido sin avisar a nadie a dónde iba dijo con un tono muy duro:

— ¡La castigaré con un duro castigo o la degollaré a menos que venga con una excusa satisfactoria!

Al oír esas palabras los pájaros entendieron que Salomón se había enfadado mucho de verdad. Iba a castigarla severamente o degollarla. Para poder salvarla en esa situación sólo había un remedio: una buena excusa a su desaparición. Por ejemplo un vuelo en una misión importante.

La ira de Salomón era tan fuerte que hacía temblar a los corazones. Sin duda él era un hombre muy compasivo. Pero cuando se enfadaba¼ tenía el poder de llevar a cabo sus amenazas. El pobre gorrión estaba temblando ante la ira de Salomón. Al ver eso Salomón acarició la cabeza del pájaro y entonces se le fue todo el miedo. Y el pequeño pájaro se dijo: «¿Dónde estás abubilla? ¡Oh! Si pudieras oír lo que dice Salomón de ti».

Salomón salió de la tienda y se dirigió hacia su palacio. La ausencia de la abubilla le mantenía la mente ocupada. Ella era fundamental en la organización, ¿había salido en una misión especial o¼? Muy pronto la abubilla volvió al cuartel. Los pájaros empezaron a preguntarle:

— ¿Dónde estabas? ¿Dónde estabas?

La abubilla había venido de un largo camino por lo que estaba sin aliento. Les preguntó de manera excitada:

— ¿Qué ha pasado? ¿Por qué esa prisa? ¿Qué es lo que os produce esa tensión?

Los pájaros le dijeron:

— Tu día es más oscuro que las plumas de un cuervo. Nuestro señor Salomón hace un rato que estuvo aquí. Como no pudo verte se puso furioso y dijo que te castigaría o te degollaría.

La abubilla les dijo temblando de miedo:

— ¡Qué estáis diciendo!... ¿qué pensó nuestro señor, acaso que estaba jugando? ¡No! Me marche en una misión secreta.

Los pájaros le dijeron:

— Entonces ve a ver a nuestro señor enseguida para que no piense que te escapaste.

Al oír esas palabras la abubilla voló al palacio de Salomón para explicarle la situación. Se posó en un lugar cerca de la mesa y empezó a contar la historia sin darle a Salomón la oportunidad de preguntar nada. Así pretendía probar su inocencia. Empezó diciendo:

— ¡Señor mío! Me he enterado de algo que usted no sabe y le traigo una noticia del Reino de Saba que yo presencié con mis propios ojos.

La forma de hablar de la abubilla era insolente. ¡Cómo podía decir una pobre abubilla a Salomón que ella estaba informada de algo que él no sabía!

Sin embargo, Salomón esperó a que la abubilla terminara sus palabras y no la interrumpió. La abubilla siguió: «He descubierto que la reina del pueblo de Saba es una mujer, a quien se le ha proveído de todo y que posee un magnífico trono. He encontrado a ella y a su pueblo postrándose ante el Sol; el demonio les ha convencido y les ha desviado del camino, ya no pueden encontrar el camino recto. Adoran a algo creado por Dios como si fuera dios».

La abubilla se calló para respirar un poco. Salomón notó que ella escogía las palabras con mucha atención para ser persuasiva. Acabó sus palabras con las frases que siempre empleaba Salomón: «¿Por qué no se postran ante Dios que es Quien hace salir lo que está escondido en los Cielos y en la Tierra y sabe lo que ocultan y lo que muestran? ¡Sólo existe Dios, no hay dios excepto Él, es el Señor del Trono inmenso!»

La abubilla repitiendo las frases de Salomón intentaba convencerle de que le estaba diciendo la verdad. Salomón le dijo sonriendo: «Veremos si es verdad lo que dices o si eres de los que mienten».

La abubilla quería decirle que estaba diciendo la verdad pero al ver que Salomón se había callado no dijo nada para no hacerle enfadar. Salomón estaba pensando. Escribió una carta rápidamente y dandosela a la abubilla le dijo: «Lleva este escrito mío y déjalo caer en la habitación de esa reina. Luego retírate y espera su reacción. Después regresa aquí para contármelo todo».

La abubilla lo tenía en el pico y todavía no podía creerse el haberse salvado. Al cabo de unas horas regresó al palacio de Salomón y empezó a contarle todo lo que había visto y oído.

— Al llegar al Reino de Saba dejé su escrito en la habitación de la reina. Cuando ella lo leyó frunció el ceño y ordenó reunir el consejo de nobles. Cuando ellos se reunieron yo estaba escondida entre los adornos del techo donde nadie podía verme y los escuchaba. Me he enterado de que la reina se llama Belkis.

Belkis le dijo a sus visires:

— Me han enviado un distinguido escrito. Es de Salomón, empieza su carta en el nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo y nos exige que nos sometamos sin orgullo.

Ella siguió diciendo:

— ¡Consejo de nobles! Dadme un juicio sobre este asunto, no tomaré ninguna decisión hasta que no os pronunciéis.

Ellos dijeron:

— Nosotros tenemos la fuerza y un poderoso ataque, pero tuya es la decisión, estudia con atención pues lo que vas a ordenar.

Después de pensar un poco la reina dijo:

— No tengamos prisa. No es necesaria una guerra ahora. Además no sabemos la fuerza de Salomón. Cuando los reyes entran en una ciudad la arruinan por completo humillando a sus habitantes poderosos. Así es como actúan. Mandémosle un regalo para conocer su país y esperemos las noticias que nos traerán de vuelta los mensajeros. Entonces quizá podamos comparar entre nuestro poder y el suyo.

En cuanto la abubilla acabó sus palabras Salomón le dijo:

— Ya puedes irte a tu tienda.

En unos días llegó el regalo de Belkis. Lo había traído uno de sus visires. En el comité estaban los hombres más importantes del reino también. Su intención era saber el poder de Salomón. Él no necesitaba manifestar su fuerza ya que era obvia... por eso se comportaba de manera muy natural.

En vez de obedecerle le habían traído una bandeja de oro ¡pero él no necesitaba oro! ¡Ya lo tenía de sobra! Era tan rico que pavimentaba de oro los suelos de sus palacios. ¿Creían que podían engañarle con una bandeja de oro?

Salomón se levantó y les dijo a los mensajeros de Belkis que no aceptaría su regalo. O se hacían creyentes de la Única Deidad, Dios, dejando de adorar al Sol sin resistirse o tendrían que enfrentarse con un ejército muy poderoso.

Un día Salomón estaba sentado con sus visires. Les dijo:

— ¿Cuál de vosotros me traerá el trono de Belkis antes de que ella y su pueblo vengan a mí sometidos?

Uno de los genios, un ifrit, dijo:

— Yo te lo traeré antes de que te levantes de tu asiento, tengo fuerza para llevarlo a cabo y soy digno de confianza.

Salomón se iba a levantar en dos horas y el genio lo iba a traer en una hora. Salomón se quedó callado y esperó a que hablaran los demás. Y dijo el que tenía conocimiento del Libro, un sabio genio: «Yo te lo traeré en un abrir y cerrar de ojos».

Salomón cerró los párpados. En cuanto los abrió vio que el asiento estaba ahí. Él era consciente de esas bendiciones que Dios le daba. Sí, uno de sus hombres pudo traer el asiento de Yemen a Palestina. Su corazón se llenó de agradecimiento y les dijo a los que estaban a su alrededor:

— Sin duda todo esto es una bendición de Dios. Mi Señor me está probando para ver si estaré agradecido o seré ingrato con él. No hay duda de que Mi Señor no necesita nuestros agradecimientos sino que somos nosotros los que necesitamos su gracia.

Salomón mandó hacer algunos cambios en el trono de Belkis para ponerla a prueba. Y cuando ella llegó al palacio, le preguntaron:

— ¿Es así tu trono?

Ella se estremeció ante lo que veía. Se parecía a su trono pero no podía ser el mismo. ¿Sería posible que su trono llegara ahí desde Yemen antes que ella? Además era diferente, solamente esos cambios tardarían meses en realizarlos. ¿Cuándo había sucedido todo esto? Salomón pretendía mostrarle la senda que iba a Dios. Los habitantes del Reino de Saba se creían superiores a los demás en ciencia y tecnología. Y ahora veían cuan atrasados estaban.

Salomón hizo construir un palacio para recibir a Belkis. El suelo del palacio era de cristal transparente, y debajo corría el agua. Los que pasaban por ahí podían ver los peces y las plantas del mar. El cristal era tan brillante y transparente que era imposible percibirlo.

Al llegar a la puerta del palacio Belkis vio el agua pero no notó el cristal. Pensó que había entrado en el agua y para no mojar a su falda la subió un poco para arriba, se remangó el vestido. Entonces Salomón dijo:

— El suelo de este palacio es de cristal.

Belkis era una mujer lista. Se dio cuenta de que estaba frente al soberano más imponente y el profeta que Dios envió como mensajero y dijo:

— ¡Señor Mío! Sin duda yo hasta ahora he sido injusta conmigo misma pero me someto ahora, junto con Salomón, a Dios, el Señor del Universo.

Después de decir esas palabras Belkis se hizo una de los creyentes.

La vida de Salomón estaba llena de milagros; su fallecimiento también fue un milagro. Un día entró en su habitación para rezar. Se apoyó sobre su vara y empezó a hacer sus plegarias.

Por deseo de Dios se murió de esta manera. Durante un tiempo se quedó muerto de pie. Nadie se dio cuenta de su fallecimiento. Incluso los genios que siguieron trabajando pensaban que estaba vivo.

Y un día entró en la habitación de Salomón una hormiga que siempre roía la madera. Le pidió permiso para roer su vara; como tenía mucha hambre, aunque no recibió respuesta, empezó a roerla.

Entonces el cuerpo inanimado de Salomón perdió el equilibrio y se cayó al suelo. Los humanos creían que los genios sabían el futuro. Sin embargo, ellos ni siquiera pudieron notar el fallecimiento de Salomón, si no, habrían corrido de inmediato dejando el duro trabajo humillante que hacían, ya que cuando se dieron cuenta de que él había muerto se fueron dejándolo todo.

Salomón había muerto. Su última exhalación fue ante Dios. Los cielos lloraron por él; la Tierra, los humanos, los pájaros lloraron. Hasta esos pequeños insectos que son las hormigas lloraron por él...

[1] En el Corán es nombrado como «Suleyman».


El Profeta David «Davut».
escrito por Nevzat Savas

Habían pasado años y años tras la muerte del Profeta Moisés y los israelitas se habían alejado de las órdenes transmitidas por él. La división se extendió entre ellos, se debilitaron, y entonces sus enemigos los atacaron y los vencieron. Tuvieron que marcharse de su patria pero lo que fue más desastroso fue perder el Arca de la Alianza en la que estaban las pertenencias de Moisés así como el Antiguo Testamento.

Un día fueron a ver al Profeta Samuel:

— ¿Tú no eres el Profeta de Dios?— le preguntaron.

Y él lo afirmo.

— ¿No nos obligaron a salir de nuestra patria?

— Sí...

— Entonces ¿por qué no pides a Dios que nos envié un rey que nos agrupe bajo el mismo estandarte? Nosotros queremos luchar por Dios y conquistar de nuevo nuestras tierras.

El Profeta que los conocía muy bien les preguntó:

— ¿Estáis seguros de que cuando se os pida que luchéis, lo vais a hacer sin titubeos?

— ¿Por qué no hemos de luchar por Dios? Nos echaron de nuestras tierras, nuestros hijos tuvieron que marcharse a diferentes partes del mundo. ¿Puede haber algo peor que eso?

Después de un rato el Profeta los llamó, diciendo:

— Dios os ha designado como rey a Talut (en la mayoria de las fuentes judeocristianas se nombra como Rey Saúl, el primer rey de los Israelitas).

Se asombraron:

— ¿Cómo puede corresponderle a él reinar sobre nosotros, si tenemos más derechos que él y ni siquiera le ha sido otorgada una gran riqueza?

Entonces el Profeta les dijo:

— La verdad es que Dios lo ha elegido a él de entre vosotros y le ha proveído de un gran conocimiento y de una constitución fuerte. Dios concede Su soberanía a quien desea.

— ¿Cómo podemos estar seguros de que es el Rey? ¡Queremos ver un milagro para creerte!

— La señal de su soberanía será que os traerá el Arca, llevada por los ángeles, en la que se encuentra la serenidad, la bonanza procedente de vuestro Señor y también una reliquia de la familia de Moisés y Aarón. Realmente, ahí tenéis un signo en caso de que seáis creyentes.

Al día siguiente la gente fue al templo para observar el milagro.

Y se realizó el milagro esperado ante sus ojos. Los ángeles bajaban el Arca sagrada del cielo. Al final, creyeron que era verdad lo que había dicho el Profeta. Otra vez tenían el Antiguo Testamento en sus manos.

Talút empezó a formar su propio ejército sin perder tiempo. Muy pronto el ejército estaba preparado. Iba a luchar contra un rey llamado Yalút— comúnmente conocido en la tradición judeocristiana como Goliat— . Éste era un hombre muy fuerte a quien nadie podía vencer, ni los guerreros más valientes se atrevían a luchar con él.

Talút se puso en marcha con su ejército. Cruzaron por vastos desiertos, enormes montañas, etc. Los soldados tenían mucha sed. El rey para ponerlos a prueba y diferenciar a los hipócritas de los fieles les dijo: «Poco después vamos a ver un río. Los que beban agua de este río que se marchen de aquí. Tan sólo quiero que se queden los que no beban o aquellos que solamente mojen sus labios».

Era una prueba muy difícil. Cuando llegaron al río la mayoría de los guerreros bebió agua y fueron expulsados del ejército. Talút se dijo a sí mismo: «Ahora sé quiénes son los cobardes; los valientes son los que se han quedado conmigo».

El número de los soldados se había reducido mucho, pero en un ejército lo importante no es el número de soldados o de sus armas sino la fe y el valor.

Ya había llegado el momento de enfrentarse para los ejércitos de Talút y Yalút. Talút tenía muy pocos combatientes, y en cuanto a Yalút poseía de un número superior de hombres y éstos eran muy fuertes. Algunos soldados de Talút tuvieron miedo al ver que el ejército enemigo era superior en numero que ellos. Y dijeron:

— ¿Cómo vamos a vencer a este gigantesco ejército?

Los soldados fieles les contestaron:

— Lo que da la fortaleza a un ejército es la fe y la valentía.

De repente apareció el corpulento Yalút con su armadura puesta. En una mano portaba una espada y en la otra una lanza. Expresó su intención de luchar con alguien del ejército de Talút.

Los soldados de Talút se asustaron al ver al imponente Yalút. Nadie se atrevía a luchar contra él. Los soldados se miraban para ver si salía de entre sus filas alguien, y justo en ese momento un joven llamado David[1] se adelantó. David se presentó ante Talút para pedirle permiso y luchar contra Yalút. El primer día el rey no aceptó su petición porque él no era soldado sino un pastor. No sabía nada sobre el arte de la guerra. Además no tenía una espada, su única arma era el bastón que usaba con sus rebaños. Pero David creía que la única fuente de poder en el mundo era Dios y si su corazón latía con fe entonces él era más fuerte que Yalút.

Al segundo día David se presentó de nuevo ante el rey y le dijo que quería luchar contra Yalút. Esta vez el rey le concedió el permiso y le dijo:

— Si consigues matar a Yalút te voy a nombrar el comandante de mi ejército y te casarás con mi hija.

David se adelantó con el cayado en su mano, unas piedras y una honda. En cuanto a Yalút, se asemejaba a un gigante de hierro. Cuando éste vio a David lo menospreció, se burló de él al ver su arma y su vestimenta. Justo entonces David puso una piedra bastante grande en su honda y la lanzó a la cara de su enemigo. La piedra golpeó la frente de Yalút y éste cayó ipso facto, muerto al suelo. David se acercó a su enemigo, cogió su espada y dio un grito de victoria. La guerra había acabado ya.

A partir de entonces David se convirtió en la persona más famosa del Reino. El rey cumplió su palabra, le hizo comandante de su ejército y lo casó con su hija. Sin embargo, nada de esto le era suficiente a David para estar contento porque nunca había deseado ser famoso ni gobernar a la gente. Él quería sólo a Dios, lo que deseaba era conmemorar a Dios.

Se pasaba el día rezando, le daba las gracias a Dios, le demostraba su admiración y agradecimiento. Dios le dio numerosas bendiciones a David y lo nombró Profeta. La mayor bendición otorgada a él fue un Salmo. Este libro era tan sagrado como el Antiguo Testamento. David leía día y noche este libro y recordaba a Dios.

Un día, cuando leía el libro con su voz fascinante, escuchó que todos los árboles y las montañas le acompañaban. Lo que oía no era el eco de su voz, porque el eco es la repetición del sonido. Pero en ese momento todo era diferente. Las montañas completaban los versículos que leía. Incluso cuando a veces él se quedaba callado, las montañas seguían recitando los versículos.

Pero no solamente las montañas participaban en la recitación sino que los pájaros también se unían a esa música divina. Cuando David empezaba a leer el Libro Sagrado, muchos pájaros y animales se reunían a su alrededor y todos juntos recordaban a Dios.

El milagro de David fue ese. Como él era el símbolo de la veracidad, las piedras y los pájaros que volaban en el cielo participaban en sus recitaciones. La hermosura de su voz y la sinceridad de sus oraciones despertaba un sentimiento irresistible en ellos, por eso salían de su silencio y servían de instrumento con su voz.

Claro que no fue ese el único milagro de David. Aparte de eso Dios le había dado el talento de entender la lengua de los pájaros y de otros animales. Un día, escuchó que dos pájaros hablaban entre sí. ¡Los entendía!, entendía lo que decían los pájaros. Gracias a la luz que Dios le infundió en el corazón podía entender la lengua de todos los animales.

David era muy compasivo con los animales, los quería y los trataba muy bien. Les daba comida cuando tenían hambre, y los curaba cuando estaban heridos. Todos los animales lo amaban muchísimo y cuando tenían algún problema iban a verlo para que les ayudara a resolverlo.

Dios le enseñó la sabiduría. Cuanto más le concedía milagros y bendiciones, tanto más aumentaba su amor por Dios. Para poder agradecerle todas las bendiciones que Dios le daba, un día comía y el otro ayunaba. Esto es conocido como «el ayuno de David».

Dios estaba satisfecho con David y por eso le concedió un reino. En aquellos tiempos había muchas guerras. Las armaduras que se ponían los guerreros en las contiendas pesaban mucho y esto les hacía difícil el movimiento. Un día David pensaba acerca de esto. Tenía un trozo de hierro y de repente se dio cuenta de que el hierro se curvaba... Dios había ablandado el hierro.

Se levantó inmediatamente, dividió en muchos trozos el metal y los juntó. Cuando acabó el trabajo tenía una nueva armadura de hierro en sus manos, una cota de malla. ¡Era una maravilla! El guerrero que la usara iba a moverse con mucha facilidad y también iba a ser protegido de los golpes de espada, hacha o puñal. Dios le hizo fabricar la mejor armadura de su época. David se postró ante Dios para agradecérselo.

A partir de aquel día empezó a hacer nuevas armaduras y las repartió entre los guerreros. Los ejércitos enemigos, cuando se enfrentaban con el ejército de David, se daban cuenta de que sus espadas no servían para nada ante las armaduras de los soldados de David; aunque las suyas pesaban mucho y eran muy gruesas no podían evitar los golpes.

David ganaba todas las guerras. Nunca había sido vencido por nadie. Pero él sabía que el verdadero dueño de las victorias era Dios y por tal motivo, para darle las gracias a Dios, rezaba mucho más que antes.

Si Dios quiere a un profeta o un siervo suyo, le hace ser querido por las demás personas también. Muy pronto, después de las montañas, los pájaros y los otros animales, la gente también empezó a quererlo mucho. Así David se convirtió en la persona más amada por todo el mundo. Por eso, el rey le tenía envidia y quiso hacerle daño preparando un gran ejército para luchar contra él.

Cuando David se dio cuenta de que el rey estaba celoso no quiso luchar contra él. Una noche, mientras dormía el rey en su cama, David entró en su habitación, cogió la espada del rey, justo al lado de la cama y cortó un trocito de su vestido. Después lo despertó y le dijo: «¡Estimado rey!, pretendiste matarme, en cambio yo no tengo intención de hacerte el más mínimo daño. Si quisiera matarte, podría hacerlo mientras dormías. Corté un trozo de tu vestido y si hubiese querido en lugar de eso podría haber cortado tu cabeza. Yo no quiero hacer el daño a nadie porque el mensaje que yo transmito a la humanidad no es el odio sino el amor».

El rey reconoció su error y le pidió perdón. Después de perdonarlo David salió de su cuarto. Pasaron muchos días y el rey murió en una guerra en la cual David no había participado. Lo cierto es que el rey no había dejado de tenerle envidia y por eso rechazó la ayuda de David.

Después de aquel día David empezó a gobernar el país. La gente lo quería mucho por todo lo que había hecho por ellos, por eso lo hicieron rey. Él era profeta y al mismo tiempo el rey del país. David sabía que todo esto era la bendición de Dios y estas bendiciones hacían agradecérselo aún más a Dios.

Dios siempre permaneció al lado de David y le ayudó en todas las guerras haciéndole obtener nada más que victorias. Además, Dios le dio la facultad de la sabiduría y el arte de la retórica. Al mismo tiempo que los honores de ser profeta y rey le concedió el conocimiento de distinguir lo bueno y lo malo.

Cuando David tuvo un hijo le dio el nombre de Salomón. Salomón era un niño muy inteligente. Cuando sucedió lo que os voy a contar ahora, Salomón tenía sólo once años.

David estaba sentado en su trono como siempre encontrando soluciones a los problemas de la gente. Dos hombres se le presentaron. Uno de ellos tenía un viñedo y se lo reclamaba a otro hombre. El dueño del campo dijo:

— ¡Señor! Las ovejas de este hombre entraron en mi viñedo por la noche y comieron todas las uvas. He venido para que me indemnice por el daño que me hizo.

David le preguntó al dueño de las ovejas:

— ¿Es verdad que tus ovejas se han comido todas las uvas de este hombre?

— Sí, señor.

Entonces David dijo:

— Por todo el daño que causaste al dueño del viñedo quiero que le des las ovejas en recompensa.

Mientras tanto Salomón participó en la conversación. Dios le había dado sabiduría a él también. Además había aprendido muchas cosas de su padre.

— Padre mío, tengo una idea que pienso que es mejor ¿me permitiría exponerla?

— Dinos lo que tú piensas, te escuchamos.

— Dejemos que el dueño de las ovejas coja el viñedo, y que lo siembre de nuevo y cuando las uvas estén maduras, se lo devuelva a su dueño verdadero. En cuanto a las ovejas, que las tome el dueño del viñedo y disfrute su lana y leche. Y en cuanto tenga el viñedo otra vez se las devuelve a su dueño.

David se puso muy contento ante ese veredicto y le dijo a su hijo:

— ¡Es una solución excelente! Gracias a Dios que te enseñó la sabiduría. Tú eres una persona realmente sabia.

Dios quería a David y todos los días le enseñaba cosas nuevas. Un día, le enseñó a no juzgar en un proceso sin escuchar a las dos partes. Aquél día David, después de acabar sus tareas, se retiró a su cuarto para hacer las plegarias y rezar en un lugar especial que había establecido. En aquellos momentos les ordenaba a los guardianes que nadie le molestara.

Pero aquel día cuando entró en su habitación había dos hombres en su cuarto. Al principio se sorprendió y tuvo algo de miedo. Aunque les había ordenado que no dejaran entrar a nadie estaban ahí y a lo mejor llevaban malas intenciones. Les preguntó inmediatamente:

— ¿Quiénes son ustedes?

— No se preocupe señor, tenemos un problema entre los dos y hemos venido para arreglarlo con usted.

— Bien, entonces decidme cuál es el problema.

El primer hombre empezó a hablar:

— Este es mi hermano. Él tiene noventa y nueve corderos, en cuanto a mí, yo sólo tengo un cordero. Mi hermano usurpó mi cordero y no me lo devuelve.

David juzgó antes de escuchar la defensa del otro hombre y les dijo:

— Es una tiranía que tu hermano ponga los ojos en tu cordero a pesar de que él tenga tantos. Tu hermano fue injusto contigo. Ya que los socios son injustos unos con los otros. Pero los creyentes nunca se comportan así.

Aún no había acabado sus palabras y de repente los hombres desaparecieron como una nube de polvo. David entendió que estos dos hombres eran ángeles. Dios los había enviado para enseñarle algo: en un caso no debía juzgar sin escuchar a las dos partes. A lo mejor el dueño de los noventa y nueve corderos tenía razón, ¿quién sabe? Después de eso David se postró inmediatamente y empezó a pedirle perdón a Dios. A partir de aquel día no juzgó a nadie antes de escucharlo.

David pasó el resto de su vida rezando a Dios. Nunca le faltó el nombre de Dios. Cuando entregó su alma a Dios, estaba muy contento por llegar al final de su vida junto a su Amado. Después le sucedió su hijo Salomón.

[1] En el Corán es nombrado como «Davut».
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los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos ( lvparte)

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