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 los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos ( vparte)

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nadia hmaidi

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MensajeTema: los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos ( vparte)   Sáb 26 Jun 2010 - 3:31




Los Profetas Jacob( Yakub). y José ( Yusuf. )
l Profeta Jacob no había olvidado el sueño de José. Los sueños de los Profetas son veraces. Dios enseñó a José el futuro en su sueño. Jacob sabía que José estaba vivo. Pero no podía hacer nada más que enseñar a la humanidad a tener paciencia ante la ausencia de un hijo.

El Profeta José[1] era el niño más hermoso y maravilloso del Mundo. Eran doce hermanos. Su padre era el Profeta Jacob[2], hijo del Profeta Isaac. El Profeta Jacob quería a su hijo José más que a los otros. Era muy guapo, tenía una conciencia limpia y era muy decente. Pero por tal motivo sus hermanos lo envidiaban, porque era el más amado de su padre. Un día convocaron una reunión conspiradora y decidieron acabar con él. Mientras sus hermanos hacían el plan, José estaba durmiendo. Soñaba que el Sol, la Luna y once estrellas se postraban ante él. Al despertarse, fue a hablar con su padre. Habló de su sueño y Jacob, como era un Profeta, conocía la interpretación de los sueños. Según él, el Sol y la Luna eran Jacob y su esposa, las once estrellas eran los hermanos de José. A los hermanos celosos no les agradó el sueño. El Profeta Jacob también había enseñado algunas ciencias ocultas a sus hijos. Le advirtió a su querido hijo:

— No hables de tu sueño con tus hermanos; si no, se servirán de ·una artimaña contra ti.

Sus hermanos hicieron el plan. Hablaron con su padre para llevar a cabo su plan:

— ¿Por qué no permites que José venga con nosotros para que paste el ganado? ¿No te fías de nosotros en lo tocante a José? ¡Cuidaremos de él, te lo prometemos! ¡Envíale mañana con nosotros para que juegue y se divierta!

El Profeta Jacob comprendió que pasaba algo malo. Les dijo a ellos:

— Si lo lleváis, su partida me entristecerá mucho. Temo que mientras estéis jugando, un lobo se lo coma.

— ¡Imposible! Somos once personas. ¿Cómo puede acercarse un lobo cuando estemos con él? ¡No te preocupes! Cuidaremos de él, te lo prometemos!

Se lo pidieron con tanta insistencia que el Profeta Jacob les permitió llevarlo con ellos. Se pusieron en camino. Tenían otros propósitos malignos en mente. Querían echarlo al fondo de un pozo y acabar con él para siempre. Arrojaron al pobre José al fondo de un pozo y por la noche, regresaron a casa y llevaron la camisa de José manchada de sangre de un cordero de su padre, el Profeta Jacob preguntó:

— ¿Dónde está mi querido hijo José?

— Mientras estábamos atareados, dejamos a José junto a nuestras cosas. Cuando regresamos, vimos que un lobo se lo había comido. Sabemos que, aunque decimos la verdad, no nos creerás.

El Profeta Jacob miró la camisa de José. La camisa estaba manchada de sangre pero no estaba rota. Dijo a sus hijos:

— ¡Que lobo tan extraño! ¿Cómo pudo comer a José sin tocar su camisa? Vuestros espíritus malignos os han inducido a cometer este delito. Desde ahora debo tener paciencia. ¡Dios es mi Auxiliador ante esta calamidad!

El Profeta Jacob no había olvidado el sueño de José. Los sueños de los Profetas son veraces. Dios enseñó a José el futuro en su sueño. Jacob sabía que José estaba vivo. Pero no podía hacer nada más que enseñar a la humanidad a tener paciencia ante la ausencia de un hijo.

José estaba esperando en el fondo oscuro del pozo. En ese momento, estaba pasando una caravana cerca de allí. El guía de la caravana mandó a sus sirvientes a coger agua del pozo. Cuando los sirvientes colgaron el cubo, José agarró la cuerda del cubo y salió del pozo. Los sirvientes vieron a José y gritaron:

— ¡Que muchacho tan guapo!

¿Qué podía hacer un muchacho tan guapo en el fondo de un pozo? Es obvio que habían intentado acabar con él. Sin embargo, no les importaba lo que le podía haber pasado porque podrían ganar dinero vendiendo al muchacho como esclavo. Lo ocultaron entre sus bienes y se pusieron en marcha, pues iban de camino a Egipto. Cuando se percataron de que era un niño decente, educado y de noble corazón, pensaron que José podría ser un príncipe. Su familia tenía que estar buscándole por lo que tenían que venderlo cuanto antes.

Lo llevaron al mercado de esclavos. En ese momento, el visir del Faraón estaba allí. Admiró la hermosura de José. Cuando el visir preguntó el precio de José, los hombres de la caravana fueron presas del pánico y vendieron el tesoro más valioso del mundo por cuatro escasas monedas de oro. Él tenía una fe incomparable en Dios. Sabía que Dios le protegería de todas las maldades. Él no había olvidado el sueño también.

Todo el mundo estaba fascinado con la belleza de José. A la gente no le agradaba solamente la belleza de su rostro, también su dignidad eran un cúmulo de alabanzas. Tenía una conciencia limpia y al visir le gustaba también. Le dijo a su esposa:

— ¡Cuida de este chico! Quiero criarlo como si fuera nuestro hijo. Quizá nos sea útil en el futuro y lo adoptemos como hijo.

Empezó una nueva vida en el palacio del visir para José. Después de unos años, el señor del palacio comprendió que José era un regalo divino para él. No había visto nunca una persona tan decente, digna de confianza, generosa y valiente. Le concedió las responsabilidades del palacio y le trató como si fuera su hijo.

Pasaron los años. José creció y se hizo un joven maduro. Además, Dios le dio una claridad de juicio especial. Llegar a la madurez se tornaría en nuevas pruebas para José. Dios le enseñaría a todo el mundo las cualidades de un perfecto obediente gracias a su comportamiento. Las pruebas más difíciles eran para los Profetas y al final de las pruebas enseñaron a la humanidad la obediencia verdadera.

Su forma de ser, su carácter eran muy diferentes de los demás. Era tan noble que ningún miembro de las familias egipcias poseía su nobleza. Él era un Profeta, su padre Jacob y su abuelo Isaac también lo fueron. Él era nieto del Gran Profeta Abraham que era el Íntimo Amigo de Dios.

Pero un acontecimiento vendría a empañar la reputación de José. La esposa del visir estaba enamorada de él. Intentó seducirle por todos los medios. El Profeta José era el símbolo de la seguridad; nunca se rindió a las seducciones de la mujer. Se preocupaba por la honra de su señor y por la suya. Empezaron días de pena, días de la salvaguarda de su castidad en el palacio.

Un día, la esposa del visir se acicaló y mandó a José venir a su habitación. José era tan casto que no podía mirarla a su rostro. Actuar erróneamente era lo peor que le podía pasar a José. La mujer cerró todas las puertas y llamó a José para cometer una indecencia. El Profeta José se sobrecogió y dijo:

— ¡Me refugio en Dios que tantos beneficios me ha concedido! Tu marido me ha tratado bien también ¡No puedo traicionar ni a mi Señor ni a tu marido!

La mujer se acercó a José. José se precipitó hacia la puerta. La mujer le desgarró la camisa de José por detrás. Cuando José intentaba abrir la puerta, se encontró al visir y a uno de los íntimos amigos de la familia. José se avergonzó por haber estado allí. Él temblaba y la mujer se ruborizó. Antes de que el visir hablara la mujer le calumnió a José diciendo:

— ¿Cuál es el castigo de alguien que intenta hacer mal a tu mujer, el encarcelamiento o una tortura dolorosa?

Para proteger su castidad José dijo:

— ¡Soy inocente! ¡Me refugio del pecado en Dios!

El hombre que había sido testigo del suceso con el visir dijo:

— Si la camisa de José hubiese sido desgarrada por delante, entonces, ella diría la verdad y él mentiría; mientras que si la camisa ha sido desgarrada por detrás, ella miente y él dice la verdad.

Todos miraron a la camisa de José y vieron que la camisa había sido desgarrada por detrás. Lo declararon inocente. El visir reprendió a su mujer por la situación y le expresó a José que no hablara de esto con nadie. Indicó a todos que se comportasen normalmente como si no hubiese ocurrido nada.

Sin embargo, la noticia se extendió por todos los palacios de los otros visires poco después. Todo el mundo decía que la esposa del visir se había enamorado de un sirviente. Entonces, la esposa del visir ofreció un banquete e invitó a las mujeres de la alta sociedad para mostrarles el sirviente del cuál se había enamorado. Después de comer, como postre les ofreció frutas y un cuchillo para pelarlas.

Al empezar a pelar las manzanas, la mujer llamó a José para que saliera ante los ojos de las mujeres. Cuando José entró en la habitación, todas las mujeres abrieron los ojos como platos, fascinadas. «¡Qué bello era!» exclamaban al unísono. Se cortaron los dedos en lugar de pelar las manzanas. No veían la sangre ni sentían el dolor. Lo que veían solamente era la belleza de José. Estaban hipnotizadas ante su belleza. Una de las invitadas gritó:

— ¡No puede ser un ser humano!

Otra mujer apuntó:

— ¡Sí, puede ser un ángel!

José sintió vergüenza en su decencia y no podía mirar sus caras. La esposa del visir preparaba una intriga más contra él. Las mujeres entendieron todo lo ocurrido cuando la anfitriona les dio pañuelos para que se limpiaran las manos. La mujer del visir dijo:

— Me habíais condenado por estar enamorada de él. ¿Qué os parece?

Todas las mujeres dijeron que tenía razón. Ella siguió hablando:

— Si no hace lo que yo le ordeno, será encarcelado y despreciado.

José veía que estaba rodeado de gente injusta por todas partes. Salió del salón, abrió las manos y pidió:

— ¡Señor mío! ¡Prefiero la cárcel a acceder a la indecencia que ellas me piden!

Empezaba una nueva prueba para el Profeta José. Todo el mundo había oído el suceso. La historia de las mujeres de la alta sociedad se extendió por todo el país y provocó un gran escándalo. Todo el mundo sabía que José era inocente. Los poderosos y los ricos lo encarcelaron para ocultar sus faltas.

El Profeta José era inocente, no conocía la maldad ni la indecencia; sin embargo, alzaban calumnias contra él. Estaba oprimido. No tenía más remedio que tener paciencia y aceptar su destino. En la cárcel, el Profeta José siguió predicando la palabra de Dios porque era tan importante como el agua o el aire lo es para los seres vivos. Él sabía que las oscuras mazmorras se convertían en un paraíso brillante para un alma creyente en Dios.

Poco después, la cárcel se convirtió en una escuela. El Profeta José empezó a hablar de la obediencia a Dios. Hablaba de la compasión divina que rodea a todas las criaturas y de la misericordia eterna de Dios. Hacía una pregunta a los que le escuchaban:

— ¡Amigos míos encarcelados! ¡Pensad! ¿Es razonable creer en muchos dioses o en Dios, el Único, que creó todo lo existente?

Dos jóvenes habían sido encarcelados con él. Uno era el cocinero y el otro era el escanciador del Faraón. Un día, el cocinero dijo que soñó que llevaba un pedazo de pan sobre la cabeza y un grupo de pájaros intentaban comer el pan. El escanciador dijo que soñó que servía vino al Faraón. Los jóvenes pidieron que José les interpretara los sueños.

José empezó a hablar en el nombre de Dios. Aprovechaba todas las oportunidades para predicar la palabra de Dios. Dijo:

— ¡Amigos prisioneros! Abandoné a una sociedad que no creía en Dios y en el día del Juicio Final.

Daba respuestas a sus preguntas antes de que preguntaran. ¿Qué hacía una persona tan buena en la cárcel? José siguió hablando:

— Si hubiera hecho lo que me habían mandado, sería como uno de ellos. Les abandoné a ellos y a su camino. Seguí la religión de mis antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Todas las virtudes que poseo, proceden de la creencia en Dios. Este es un favor que Dios nos hace, a nosotros y a toda la humanidad.

Todos los presos de la cárcel le escuchaban con mucha atención. Sus palabras eran tan suaves y significativas que tenían eco en todos los corazones, como si José fuera un profesor, los encarcelados estudiantes y la cárcel una escuela. El Profeta de buena voluntad siguió diciendo:

— ¡Mis amigos presos! ¿Qué es mejor: la adoración de los ídolos hechos de oro, de plata, de piedra o de cualquier metal u obedecer a Dios que ha adornado todo el Universo con miles de bellezas?

Después, el Profeta José interpretó los sueños de los jóvenes. Le dijo al cocinero que sería colgado y al escanciador que sería puesto en libertad y volvería al palacio de nuevo y añadió:

— Cuando te presentes ante el Faraón, háblale de mí. Dile que soy inocente.

Lo que dijo José se hizo realidad. Ejecutaron al cocinero colgándolo y el escanciador fue declarado inocente y regresó al palacio pero Satanás le había hecho olvidar hablar acerca de José con el Faraón. Por lo tanto, José permaneció unos años más en la cárcel. José pasó esos años sugiriendo el bien, rezando, pensando en las razones ocultas del universo y buscando soluciones a los problemas de la humanidad. En esos años José logró una profundidad diferente en el saber y en la obediencia a Dios.

El Faraón se acostó muy tarde, como siempre hacía. Se acostaba y se despertaba tarde. Esa mañana se despertó asustado, aún no había salido el sol y tenía la tez muy pálida. Había tenido un sueño muy raro. En el sueño, siete vacas gordas pacían en las orillas del Nilo. De repente aparecieron siete vacas flacas y se comieron a las otras. Además, aparecían siete espigas verdes y otras tantas secas.

Le intranquilizó mucho el sueño. Necesitaba saber su interpretación. Ordenó a los adivinos, los magos y los dignatarios que interpretaran el sueño. Ellos dijeron:

— Es un amasijo de sueños. ¡No piense demasiado en esas cosas insólitas!

En ese momento, el escanciador que servía vino al Faraón se acordó de José. Él había interpretado su sueño y sabía lo que pasaría después. Cuando habló de José, el Faraón le mandó a la cárcel a hablar con él. El escanciador dijo:

— ¡José, mi veraz amigo! ¡Acláranos el sueño! Quizá así sepan tu valor y pueda volver aquí con una buena noticia

José respondió así:

— Se vivirán siete años de abundancia en los que la tierra ofrecerá todo lo que tenga a la gente de Egipto. Luego, les sucederán siete años de carestía y sequía que agotarán lo que habían almacenado. Seguirán después tiempos de abundancia otra vez en los que la gente será favorecida. Por eso, los egipcios tienen que ser ahorrativos y previsores en los próximos siete años para que no se encuentren en una situación difícil cuando la escasez llegue.

El mensajero del Faraón regresó al palacio y le contó lo que había dicho José. Al oír la interpretación del sueño el Faraón se puso muy contento y dispuso que dejaran a José libre y lo trajeran a palacio. Pero José no quiso salir de la cárcel antes de probar su inocencia. No quería salir de la cárcel, sin la prueba de su inocencia porque era un Profeta que predicaba la palabra de Dios. Que el pueblo le mirara con malos ojos sería un impedimento para llevar a cabo su misión. Saldría de la carcel con la condición de que todo el mundo creyera que era inocente. Dijo:

— Sin la confirmación de mi inocencia, no saldré de la cárcel. Marchate junto a tu señor y pídele que les pregunte a las mujeres que se habían cortado las manos en mi presencia. Mi Señor sabe que soy inocente y no tengo culpa. Sin embargo, quiero que todo el mundo lo sepa como el Faraón.

Entonces, el Faraón investigó el caso y vio que en verdad era inocente. Lo sacó de la cárcel y lo recibió con respeto. Al hablar con él, comprendió que tenía una inteligencia superior y era muy honrado. Tenía las cualidades de un buen visir. Quiso que fuera su visir y por su parte José quiso ser el visir responsable del tesoro y de los asuntos económicos porque después vendrían los siete años de carestía y solamente un Profeta podría administrar como se debía.

Empezó a almacenar víveres para los años de carestía como resultado de su sabiduría y ciencia. Él sabía lo que pasaría porque Dios se lo mostraba.

Los tiempos de abundancia pasaron y empezaron los años de carestía que afectaron tanto a las tierras de los alrededores como a las de Egipto. Los egipcios pidieron víveres al Faraón y él así lo ordenó a José. Entonces, José empezó a vender las provisiones que había almacenado antes. Así, aumentaron las arcas del Reino.

Un Profeta gobernaba el país. El Faraón había creído en la religión de José, la mayoría de los burócratas también. El Profeta José había enseñado cómo tenía que actuar un ser obediente gracias a sus virtudes. Era un hombre muy admirado porque representaba al Islam con sus palabras y actos.

Las tierras palestinas fueron golpeadas por la sequía también. El Profeta Jacob envió a sus hijos a comprar provisiones en Egipto. Cuando llegaron allí, José les reconoció pero no así sus hermanos.

Ellos eran los que lo habían arrojado al fondo de un pozo. El Profeta José les dio muchos suministros. No quiso nada a cambio de las provisiones. José preguntó cuántos hermanos eran. Dijeron que eran doce hermanos, uno de ellos había desaparecido y el otro se había quedado en casa con su padre. Cuando se dio cuenta de que su hermano más querido no estaba con ellos, dijo que tendrían que traerlo con ellos la próxima vez para que pudieran merecer más provisiones.

El Profeta Jacob era muy viejo. La añoranza y la tristeza por su hijo José en su alma habían esculpido arrugas en su rostro. Ningún hombre puede sentir la añoranza, la tristeza y la angustia como un Profeta porque Dios creó a los Profetas como los más sensibles de la humanidad. La caída de una hoja, la ruptura de una rama de un árbol, les hace llorar con amargura. No se puede comparar el sufrimiento de todas las madres del mundo al perder a uno de sus hijos con el de los Profetas cuando uno de sus seres queridos les deja. La pena de toda la humanidad es como una gota del mar ante la de un Profeta. Una mirada llorosa de un niño, una mirada triste de un huérfano es suficiente para que un Profeta se deshaga en lágrimas

El Profeta Jacob les dijo a sus hijos: «¿Cómo puedo fiarme de vosotros, tras la pérdida de José? ¿Cómo puedo dejarle ir con vosotros?»

Sin embargo, parece que la escasez de comida era insoportable. Jacob les dijo que no lo enviaría con ellos si no le prometían ante Dios traérselo sano y salvo. Se comprometieron y Jacob les dejó ir con Benjamín y les pidió que no entrasen por la misma puerta de la ciudad por donde la gente de Egipto suponía que los visitantes agrupados entrarían, ya que algunos eran de mala voluntad.

Regresaron ante José con su hermano pequeño Benjamín. No estaban enterados del plan del Profeta José. Había echado mucho de menos a su hermano y quería que él se quedara con él. Después de cargar las provisiones sobre los camellos, José mando a sus sirvientes que ocultaran un vaso de plata del Faraón dentro de la alforja de su hermano Benjamín. Justo a la hora de salir la caravana, el pregonero público dijo que habían robado el vaso de plata del Faraón y ninguna de las caravanas podría abandonar la ciudad sin ser cacheadas. Cuando la caravana de los hermanos partió, un subordinado de José les dijo:

— ¡Detened esa caravana! ¡Alto ladrones!

Ellos regresaron y dijeron:

— ¿Qué ocurre, de qué nos acusáis?

Uno de los encargados de José dijo:

— Echamos en falta la copa de plata del Faraón. ¡Ofrezco una recompensa de una carga de camello! ¡Yo respondo por ello!

Los hijos de Jacob dijeron:

— Prometemos por Dios que no estamos aquí para delinquir y no somos ladrones, como sabéis muy bien.

— ¿Y si mentís? ¿Cuál será el castigo?

— Tomad como esclavo al dueño de la alforja donde encontréis lo que estáis buscando.

José mandó que cachearan las alforjas de los otros antes de la de Benjamín. Luego, encontraron la copa del Faraón en la carga de Benjamín.

Dios le enseñó a José una treta para que pudiera retener a su hermano Benjamín, pues no podía retener a su hermano según la ley del Faraón, sino como Dios quisiera. Ellos dijeron:

— Si él ha robado, un hermano suyo ya era un ladrón antes.

José se entristeció al oír esas palabras pero lo guardó en secreto y no lo aclaró. Se dijo: «Los que sí estáis perdidos sois vosotros y el castigo que Dios os impondrá será el justo» y les dijo:

— Entonces, vuestro hermano se quedará aquí como mi esclavo.

Entonces, los hermanos dijeron:

— ¡Señor! ¡Pedimos perdón! Él tiene un padre muy viejo. Si no lo ve entre nosotros al regresar, se pondrá muy triste ¡Retennos a uno de nosotros en su lugar!

José dijo:

– ¡No, es imposible! Detendremos al que robó la copa. El culpable será castigado. Castigar a otro sería una crueldad. ¡Qué Dios nos libre de la crueldad!

Regresaron llorando los hermanos de José a su país. Contaron todo lo que había sucedido y dijeron:

— Si no nos crees, pregúntaselo a la caravana junto a la que estábamos.

El Profeta Jacob les dijo que le habían jugado una mala pasada a Benjamín como habían hecho con José. Su tristeza aumentaba cada día. Empezaron los días de pena para Jacob. Los días y las noches no veían más que sus lágrimas. Tanto lloró que un día se quedó ciego. Llamó a sus hijos y les dijo:

— ¡Id a Egipto y encontrad a José y a Benjamín!

Jacob era un Profeta que podía comprender los secretos ocultos de las cosas. Los sucesos ocurridos después del sueño de José no habían sido una casualidad porque no hay coincidencias en el Universo. La sabiduría divina tejía la vida como un encaje. No hay errores en la creación y todas las criaturas tienen un sentido. El Gran Profeta lo había comprendido gracias a la perspicacia profética.

Los hijos del Profeta Jacob llegaron a Egipto y fueron al palacio de José. Le dijeron:

— ¡Señor! Venimos de las tierras de escasez. Nuestros hijos tienen hambre y no tenemos mucho dinero. Confiamos en su generosidad. Además, rogamos que libere a nuestro hermano para llevárselo a su viejo padre.

José se quedó mirándoles fijamente. Luego, les respondió en la lengua de los hermanos:

— ¿Recordáis lo que hace años vuestra envidia y odio le hicieron a José?

Los hermanos se quedaron mirándole sorprendidos y fue en ese momento cuando reconocieron a su hermano José. Temieron mucho su venganza. Olvidaron que era un Profeta y que los Profetas eran los representantes de la misericordia eterna en la tierra. José les perdonó, les dio su camisa para que se la llevaran a su padre y la aplicaran sobre su rostro. Así, su padre podría ver de nuevo. Además, quiso que trajeran a sus padres a Egipto.

Cuando la caravana donde viajaban sus hijos iba hacia Palestina, el Profeta Jacob dijo a los que estaban a su lado: «¡Juro por Dios que percibo el olor de José!»

Ellos se compadecieron. La tristeza le hacía decir cosas imposibles.

Por fin, la caravana llegó a Palestina. Los portadores de buenas nuevas le trajeron la camisa de José y la aplicaron a su rostro. El Profeta Jacob apretó la camisa contra su pecho. La besó y la olió. En verdad que era el olor de José... El olor de José que no había olvidado. Se deshizo en lágrimas. Lo aplicó a su rostro muchas veces y el milagro se hizo realidad. Dios así lo quiso y Jacob volvía a ver. Se prepararon y se pusieron en camino hacia Egipto. Llegaron allí y toda la familia se postró ante José con mucho respeto.

El sueño de su niñez era realidad ahora. El Sol, la Luna y las once estrellas se habían postrado. José se acordó de toda una vida llena de tristeza y pena. Pensó en los beneficios que le había dado Dios y él también se postró ante Dios.

[1] En el Corán es nombrado como Yusuf.

[2] En el Corán es nombrado como Yakub.



El Profeta Aarón«Harun».
Los años oscuros de Egipto quedaron atrás, en la otra orilla del Mar Rojo. Empezaba una nueva etapa en la vida del Profeta Moisés, de su hermano Aarón y de los israelíes.
Moisés iba al frente, a su lado su fiel hermano Aarón[1] y detrás miles de israelíes, cruzando el desierto Sinaí. El objetivo era conquistar las tierras sagradas. O sea, los territorios englobados hoy en día dentro de los limites de países como Palestina, Siria y Jordania. En estas tierras los profetas nacieron, crecieron y le transmitieron a la gente el mensaje divino. Noé vivió en aquella zona también. Es la patria de Hud, Salih, Suayb, José y de muchos más profetas. Jacob, el padre de los israelíes, está enterrado en Palestina. Moisés llevaba a los israelíes por ello a las tierras sagradas.

Las arenas pegadas a los talones de los israelíes al pasar el Mar Rojo todavía estaban mojadas. En el camino se encontraron con una tribu que adoraba a los ídolos. Su gente enseguida llegó a Moisés y le dijo:

— ¡Oh Moisés, haznos un dios parecido al de esa gente!

Moisés se puso furioso. ¿Tantos milagros no han podido quitarles este sentimiento de idolatría y materialidad? ¿No se dividió ayer mismo el mar en dos delante de sus ojos? El altísimo Profeta les dijo:

— Vosotros sois tan ignorantes... Los actos de esa gente son infundados, y los lleva a la destrucción. ¿Queréis a otra deidad además de Dios? ¿Os habéis olvidado de que Él os ha hecho superiores a los demás? ¿No fue Él quien os salvó de la crueldad del Faraón?

Las palabras de Moisés impactaron terriblemente en los israelíes. El pueblo de Egipto era idólatra y los israelíes todavía no tenían una fe muy asentada. El desierto Sinaí se alargaba ante sus ojos, parecía no tener fin. No había ninguna señal de vida; ni agua, ni árboles ni nada verde en el desierto. Los israelíes, que morían de sed, corrieron junto a Moisés, su salvador y Profeta. Dios le ordenó a Moisés dar un golpe en una roca grande con su vara. Mucha gente iba con Moisés para presenciar un gran milagro. Moisés levantó su vara, dio un golpe en la gigantesca roca y de repente surgieron doce manantiales. El agua era de un tono plateado, clara y dulce. Los israelíes se componían de doce tribus o ramas de descendientes. A cada rama se le asignó un manantial. Dios continuaba dándoles bendiciones a los israelíes. Poco después el cielo se llenó de miles de codornices. Los israelíes empezaron a cazarlas y las comieron. La carne de estos animales enviados desde las Alturas era deliciosa.

Un día fueron a ver a Moisés y le dijeron:

— ¡Oh Moisés! Ya estamos hartos de comer estas comidas. Pídele a Dios que nos mande alimentos como cebollas, ajos, lentejas y aluvias.

Moisés estaba sorprendido. Dios les mandaba alimentos del Cielo pero ellos querían cebollas y ajos. Durante todo el tiempo que vivieron en Egipto habían vivido en plena miseria comiendo estos alimentos. Pero esa gente se había degenerado y la esclavitud se había apropiado de ellos. Moisés se enfadó y les dijo:

— ¡Oh, pueblo mío!, ¿Queréis dejar esas ricas comidas por alimentos tan simples? Entonces, volved a Egipto donde podréis encontrar lo que buscáis.

Habían pasado meses y meses. Se habían acercado a las tierras sagradas. La ciudad de Jerusalén ya aparecía en el horizonte. Sin embargo, entonces la ciudad la dominaba un pueblo idólatra. Para conquistarla había que luchar. Moisés dirigió un discurso a su pueblo:

— ¡Oh, mi gente! Recordad las bendiciones de Dios que os salvó de la esclavitud y la crueldad y os hizo superiores a los demás. Os mandó profetas de vuestro propio pueblo. Ahora ahí tenéis la ciudad sagrada. Entrad en ella...

La alocución de Moisés fue impresionante, tanto que las montañas que lo escuchaban temblaron. Pero los israelíes no decían ni una palabra. No querían luchar ni morir. A ellos no les importaba en qué condiciones vivían, lo importante era vivir. A pesar de su población numerosa no se habían opuesto al Faraón. Su principio fundamental fue vivir, aunque fuera en la miseria. Le dijeron a Moisés:

— ¡Oh Moisés!, ahí hay gente muy fuerte, no podemos entrar en la ciudad sin que ellos salgan. No podemos luchar contra ellos.

Aarón y algunos creyentes que había junto a él dijeron:

— Vosotros sois más numerosos que ellos. Para conquistar la ciudad es suficiente que entréis por las puertas. La victoria será vuestra, sólo es necesario que tengáis confianza en Dios.

Ellos le dijeron a Moisés con insolencia:

— ¡Oh Moisés! Nosotros no vamos a ir. Si tanto quieres luchar, hazlo tú con tu Dios, no vamos a movernos de aquí.

Moisés se puso muy triste. Se sentía apenado ante Dios. Estaba enfadado con su gente. Levantó las manos y empezó a rezar:

— ¡Oh Señor Mío! Sólo estamos mi hermano Aarón y yo. Apártanos de este pueblo impío

Por eso, Dios les prohibió a los israelíes entrar en Jerusalén durante cuarenta años. Tenían que vivir exiliados cuarenta años en el Desierto del Sinaí. El castigo divino fue establecido así. Las bendiciones de Dios no les habían llevado al camino recto, ¿servirían sus castigos para que aprendieran?

Habían llegado al Monte de Tur. Dios le ordenó a Moisés subir a la montaña. Le iba a revelar el Antiguo Testamento. Moisés se acercó a Aarón y le dijo:

— Sustitúyeme, sé un buen reformador y no sigas a los conspiradores.

Después, Moisés se dirigió hacia la montaña, se acordó de la noche en la que había recibido la revelación por primera vez. Estaba en el mismo lugar. Moisés se quedó cuarenta días en el Monte de Tur. Ahí se le reveló el Antiguo Testamento y diez mandamientos en los que Dios les ordenaba venerarle solamente a Él, santificar las fiestas, no jurar en vano, respetar a los padres, no matar, no robar, no levantar falsos testimonios, no pretender la mujer del otro ni desear los bienes ajenos.

Moisés fue al Monte de Tur con unos sentimientos muy bellos, era imposible explicarlos. Durante los cuarenta días ayunó, rezó y habló con Dios. Todo fue maravilloso. Sin embargo lo que oyó después de bajar de la montaña no le complació nada. Dios le avisó de que su gente había empezado a adorar a un ídolo hecho por ellos mismos.

Los israelíes eran aficionados al oro. En su huída Egipto, se habían llevado el oro de los ricos de ahí. Sin embargo, Aarón dijo que ese oro no les pertenecía a ellos y por eso lo enterró en un lugar oculto. Entre los israelíes había un hombre hipócrita llamado Samiri. Este hombre era un escultor muy hábil que podía darle cualquier forma al oro. Samiri quería sustituir a Moisés. Éste había visto a Aarón enterrar el oro y, aprovechando la ausencia del Profeta Moisés, hizo un cervato parecido a un ídolo de los egipcios. En el centro de la figura había un hueco. Por eso, cuando soplaba el viento, salía un sonido parecido a un mugido.

Samiri después de colocar el vellocino en una colina, llamó a los israelíes y les mostró la escultura de oro. Los israelíes preguntaron:

— ¿Qué es esto Samiri?

Él dijo:··

— Éste es vuestro dios y el de Moisés también.

— Sí pero Moisés había ido al monte para hablar con su Señor ¿no?

— No, ya se le ha olvidado, en realidad su dios está aquí.

De repente sopló viento y en cuanto el viento pasó por el hueco del vellocino de oro una voz salió de ahí. Al oír esto los israelíes se postraron. Fue exactamente eso lo que querían hacer ellos ya que antes le habían exigido a Moisés que les hiciera un ídolo para adorarle. Aarón estaba ahí y cuando vio que la gente empezaba a adorar a la escultura les dijo:

— ¡Parad! Esta es la discordia, Samiri os está engañando. Vuestro Señor es Dios, ¡obedecedme!·

Pero no lo escucharon y la mayoría empezó a postrarse ante el ídolo. Además de eso muchos de ellos intentaron matar a Aarón. Entonces Aarón decidió esperar la vuelta de Moisés para que la disensión no creciera más. Al cabo de cuarenta días...

Apareció Moisés con el Antiguo Testamento en sus manos. El Gran Profeta estaba furioso. Había un silencio sepulcral. El Profeta Moisés rompió el silencio diciendo:

— Es muy grave lo que habéis hecho a mis espaldas.

Nadie dijo nada. Todo el mundo estaba temblando ante la grandeza y la majestuosidad del Profeta. Moisés se dirigió hacia Aarón, lo cogió de sus ropas y le gritó:

— ¿Por qué no lo impediste cuando viste que se salían del camino recto? ¿Por qué no obedeciste mis órdenes?

Aarón le contestó:

— ¡Hermano mío! No me maltrates. La culpa no es mía; hice todo lo que podía para impedirlo. Pero ellos me vieron débil e intentaron matarme. ¡Hermano mío! Por favor no me deshonres ante nuestros enemigos.

Esta vez el Profeta Moisés se dirigió hacía su gente y les regañó diciendo:

— ¡Oh gente mía! ¿Por qué no habéis cumplido la palabra que me disteis? ¿Cuál es vuestra intención? ¿Recibir el castigo divino? Los que adoran el ídolo serán castigados y vivirán en la miseria durante toda su vida.

Todo el mundo reconoció su culpa. Rebelarse después de recibir tantas bendiciones de Dios y adorar a un ídolo era algo horrible. El Profeta Moisés se dirigió a Samiri y le dijo:

— Lárgate de aquí. A partir de ahora tu castigo será decirles a todas las personas que veas: «No me toques». Mira al ídolo que hiciste para adorar; lo voy a quemar y tiraré su ceniza al mar.

Poco después el cuerpo de Samiri se cubrió con heridas. La gente empezó a huir de él. Ya no podía salir a la calle. Sufría mucho por las heridas; cuando alguien le tocaba las heridas le dolían mucho y por eso le decía a la gente que no le tocaran.

El Profeta Moisés tiró el ídolo al fuego delante de los ojos de todo el mundo; después tomó las cenizas y las tiró al mar. Luego les gritó las palabras que todos los profetas habían dicho antes:

— Vuestro deidad es Dios. No hay más dios que Él y Su conocimiento abarca todo.

Moisés les ordenó a los israelíes arrepentirse sinceramente y jurar no repetir lo que habían hecho. Moisés ya estaba calmado. Entonces empezó a leerles fragmentos del Antiguo Testamento. Pero aún así los israelíes no se enmendaban. Le dijeron que los mandamientos les parecían muy difíciles de practicar. Entonces el Profeta les encomendó a Dios. Después vino el Arcángel Gabriel, arrancó el Monte de Tur de su sitio y lo colocó encima de los israelíes. La espléndida montaña iba a caer encima de ellos y los iba a matar. Los israelíes estaban horrorizados y no sabían qué hacer. Cuando el fondo de la montaña les tocó la cabeza se inclinaron al suelo. Por un lado estaban observando la montaña y por otro se arrepentían. Entonces Moisés le pidió a Dios que los perdonara y Dios aceptó su petición.

El Profeta Moisés reunió a los israelíes y les dijo que formaran una comisión de setenta personas selectas. Los iba a llevar al Monte de Tur y ahí éstos le iban a presentar a Dios su arrepentimiento. Al final llegaron al Monte, Moisés entró en una nube que estaba en la cima y desde ahí empezó a hablar con Dios. Setenta personas habían presenciado un milagro. Sin embargo, le dijeron a Moisés:

— No te vamos a creer hasta ver a Dios con nuestros propios ojos.

¡Dios Mío! ¿Esa gente no era la más selecta y pura de aquellos israelíes? ¿Cómo podrían decir algo así? Poco después la montaña empezó a temblar y hubo un terremoto horrible. Los setenta hombres murieron allí mismo. Al ver esto Moisés se postró y dijo:

— ¡Señor mío! Tú eres capaz de destruirnos a todos nosotros. ¡Oh Dios! No nos destruyas por culpa de unos ignorantes. Perdónanos, ten compasión de nosotros. Tu mar de misericordia es ilimitada.

Dios una vez más aceptó la petición de Moisés y resucitó a los setenta hombres. Y ellos después de volver a su pueblo les contaron a su gente todo lo que habían visto y oído.

Un día el Profeta Moisés le dijo a Dios:

— ¡Señor Mío! En el Antiguo Testamento veo una comunidad que vendrá en el futuro. Ellos van a ordenar lo bueno y evitarán lo malo. ¡Señor mío! Quiero que ellos sean mi gente.

Dios le contestó:

— Ellos son la gente de Muhammad.·

Dios señalaba a Muhammad en el Antiguo Testamento pero después los sacerdotes judíos borraron estos versículos o los cambiaron.

Nuestro Profeta Muhammad un día estaba sentado con parte de su gente. Cuando mencionaron al Profeta Moisés dijo:

— ¡Que la paz sea con él! Su gente le afligió mucho pero él tuvo paciencia con ellos.

Aarón falleció antes que Moisés. Él era el símbolo de la fidelidad.

Moisés no pudo ver la conquista de Jerusalén. Sin embargo, durante los cuarenta años que vivió en el desierto, educó a una nueva generación. Cuando llegó a las puertas de Jerusalén con un ejército muy potente, había envejecido mucho. Pero estaba seguro de que conquistarían la ciudad. Pasó muchas penas en su vida y había vivido con la esperanza de entrar en las tierras sagradas. Pero ya había llegado la hora de despedirse de este mundo. Dios deseaba demostrarle su victoria en el otro mundo. Cuando Moisés se dio cuenta de que vivía los últimos momentos de su vida, levantó las manos hacia el cielo y le pidió a Dios que le dejara morir cerca de las tierras sagradas.

Deseaba ver cómo luchaban los jóvenes a quienes él mismo había educado. Se sentía muy bien al entregar su alma a Dios; porque su trabajo lo había hecho de la manera más adecuada.

[1] En el Corán es nombrado como «Harun».
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los profetas que la paz de ALLAH y bendiciones estes con ellos ( vparte)

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